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viernes, 25 de mayo de 2012

Relato 5 de Sebastián Chilla


Adelante
Sebastián Chilla

Lolo echó un vistazo a su alrededor y se montó en aquel tren. Entró en el vagón número uno y, a paso ligero, fue en busca de la plaza que le correspondía. Su asiento era uno de los últimos, allí colocó su maleta y se sentó. Recogió la cortina y miró al campo, el tren ya había partido hacia su destino. Se dio la vuelta y fijó su mirada en su compañía, una joven chica, se observaron durante cinco minutos.
- ¿La conozco? – dijo Lolo.
- No lo sé, no lo creo – dijo ella. 
- ¿De verdad?- dijo Lolo.
- Más o menos – dijo ella.
- Bueno… - concluyó él.
Lolo volvió a mirar por la ventana, sonrió. Abrió su mochila y sacó una botella de agua, bebió y se secó los labios con su mano. Se giró de nuevo.
- Hola – saludó Lolo a la chica.
- Hola…  - contestó ella. 
Lolo sonrió otra vez y empezó a pegar pequeños golpes contra una de las ventanas del vagón.
- Me gusta la música – afirmó Lolo.
- Y a mí, mucho… - dijo ella.
Ambos miraron por la ventana y Lolo volvió a sonreír.
- ¿Qué está usted mirando? – preguntó Lolo.
- Lo mismo que usted – respondió ella.
- Estoy buscando a alguien – dijo él.
- Me parece bien – dijo ella. 
El tren se paró, un par de pasajeros bajaron de su vagón. Los golpes eran cada vez más fuertes.
- ¿Qué? – preguntó Lolo.
- Usted, usted… - comentó ella, sin continuar.
- ¿Usted? – rió Lolo.
El vagón temblaba, los pasajeros les miraban.
- ¿Le gusta sonreír? – dijo Lolo, esta vez sin respuesta.
Lolo sonrió otra vez.
- Usted no está sonriendo, ¿por qué? – comentó Lolo.
Lolo sonrió otra vez y la chica sonrió por fin.
- Usted ha sonreído, ¿por qué? – dijo Lolo.
- Nunca me había pasado esto – dijo ella.
- ¿Qué le ha pasado? – dijo Lolo.
- Usted – dijo ella.
- ¿Yo? – dijo sorprendido Lolo.
- La situación es cómica, y algo incómoda – dijo ella.
- ¿Le parece cómica e incómoda? – dijo Lolo.
- Sí… - apartó su mirada.
La chica se levantó.
- ¿Se va a ir? – preguntó Lolo.
- ¿Y usted? – respondió ella.
- Es posible – dijo él.
Ella cogió sus pertenencias y fue al baño, volvió en cinco minutos.
- Hola – dijo ella.
- Hola… - dijo él.
Lolo rió.
- ¿Dónde vamos? – preguntó Lolo.
- Sus preguntas son muy curiosas – afirmó ella.
- ¿Cómo se llama? – preguntó Lolo.
- Soledad, me llamo Soledad – sonrió.
- Encantado, Soledad. Yo me llamo Lolo – sonrió también.
Lolo guardó la botella de agua en la mochila. 
- ¿De dónde procede? – preguntó él.
- De… - la chica pensó.
- ¿De? – rió Lolo.
- De Málaga – dijo.
- Bien – dijo él.
Lolo cogió un papel e hizo varias cruces.
- ¿Y usted? – preguntó Soledad.
- Se me olvidó decirle, ¿necesita que le suba la maleta? – preguntó Lolo. - Lleva pendiente de ella todo el camino, creo que estaría mejor arriba – añadió.
- Sí, por favor, gracias. Es usted muy amable – dijo ella.  
Lolo subió la maleta de Soledad y volvió a sentarse.
- ¿Cree que soy amable? ¿De verdad? – preguntó él.
- Sí, la gente no suele ser muy agradable y menos en los tiempos que corren – afirmó.
Lolo asintió y sonrió. La observó durante cinco minutos, apuntó algo en el papel.
- Usted es muy guapa – dijo.
Soledad se sonrojó y apartó la mirada.
- Lo digo de verdad, Soledad, usted es muy guapa. ¿No piensa usted lo mismo? – dijo Lolo.
- No, bueno, tampoco es que sea muy fea, pero no soy guapa, para nada, ¿no? – dudó. – No, no lo soy, ¿no? – añadió.
Lolo sonrió otra vez, una cruz más.
- ¿Le incomodan tantas preguntas? – dijo Lolo.
- Un poco, en realidad no, usted me cae bien. La situación es un poco extraña, no sé muy bien qué pensar – dijo ella.
- ¿Suele pensar mucho? – dijo él.
- Sí, bueno, tengo muchas cosas en la cabeza – dijo ella.
Lolo cogió su mochila otra vez.
- ¿Se considera una chica normal? – dijo él.
- Sí, una estudiante normal – dijo ella.
- Ah, estudiante, mejor – dijo él.
- ¿Mejor? – dijo ella.
- Mucho mejor, ¿es usted atrevida? – dijo él.
- No lo sé, depende.
Lolo le señaló a través del cristal una torre y un campanario. 
- Once torres, ¿le gusta Écija? – dijo Lolo.
- Sólo he estado una vez, hace mucho calor – dijo ella.
Lolo sonrió, tomó su papel y marcó otra cruz.
- Mire, ya sé lo suficiente, usted tiene el perfil que buscamos. En primer lugar, no la conozco. Además, es sincera, aunque algo insegura, por no decir muy insegura. Esto último debería mejorarlo, pero es también agradecida, guapa y humilde. ¿Qué más podría pedir?
Lolo señaló el cartel de próxima parada.
- Sé además su nombre, Soledad, sé que estudia y es de Málaga. ¡Perfecto! Es joven, una chica simpática e inteligente. Sin olvidar que es inconformista y cree que la sociedad está en deuda con usted.
Soledad bajó la cabeza.
- No tenga miedo, mire – dijo él.
- ¿Qué es esta tarjeta? – dijo ella.
- Lea, lea – dijo él.
- ¿Qué insinúa usted? – dijo ella.
- Sonría y no deje pasar por alto esta oportunidad – dijo él.
El tren paró, Lolo sonrió.
- Adelante.

Relato 4 de Sebastián Chilla


Pase lo que pase
Sebastián Chilla

Eran las siete de la tarde, Encarni tendía la ropa al tiempo que tarareaba una copla de Lola Flores, una de sus cantantes favoritas. 
- ¡Qué caló, por dió! – gritó exhausta. - La cosa está fatá, er trabajo, la economía, y ahora eso der cambio climático, parece mentira, no salimo de una pa entrá en otra – se inclinó un poco más al patio y saludó a Chari, una de las vecinas, que llevaba tiempo sin ver.
- ¡Encarni! ¿Cómo tá, to bien? – sonrió con unas pinzas de tender en la mano y mirando su reloj de pulsera, tenía prisa. - ¡No vea la flama que hace!
- Regulá, regulá, pa que mentirte. A mi Juan lo van a echá der trabajo, y encima a mi niño le quieren quitá la beca – dio la vuelta a una de las camisetas que tendía. - Mira, mira cómo está esto, con bujeros y todo, si es que no podemos pagarnos ná, Chari, ná de ná – añadió, haciendo un gesto de desesperación y un amago de preguntar.
- ¡Ya veo, ya veo! Ay, hija mía, me tengo que i ya, tengo que recogé los baños, que se me echa la hora encima, lo siento – se disculpó. A Chari le solía incomodar la multitud de problemas que Encarni le contaba y, a causa de ello, decidió excusarse.
- No te preocupe, de verdá, yo voy a seguí tendiendo, que tenga un buen día – sonrió Encarni, que se guardó unas enormes ganas de charla.
- Lo mismo digo, con Dió – se marchó Chari.
Encarni tensó las cuerdas del tendedero y puso varias pinzas más en el mismo, sabía que la colada era más grande de lo normal.
- ¡Qué de ropa, joé! – dobló una de las prendas.
- ¡¿Cómo está er Juan?! – se sorprendió Luisa, vecina del 1ºB.
- Tirando, Luisa, tirando – movió la cabeza de un lado hacia otro. - Mal pero tirando, hay que tirá – se cayó una de las camisetas. - ¡Pero no la ropa!
- ¿Ya está en el paro? – preguntó antecediéndose a la situación, conocía de cerca los problemas de la familia.
- Casi, hoy mismo se reunía el comité de la empresa – agachó la cabeza. – A ve, a ve qué pasa, por Dió, que la cosa sarga bien. 
- La cosa está fatá Encarni, tú lo sabe, mejó que te haga er cuerpo ar disgusto – asintió, entendiendo el problema.
- No me diga eso Luisa, no me diga eso, ahora en un rato vendrá er Juan, y mi hijo… - tartamudeó, – mi hijo que el pobre tendrá que dejá la universidá si no hay otro remedio…
- Mucha mierda Encarni, nunca mejor dicho – sonrió, – hay que verle el lado positivo a las cosas, siempre. 
- Guapa, tú lo tiene mu fácil con la pensión – le reprochó haciendo un gesto de dinero con los dedos. Pensó que la actitud de Luisa no era la más adecuada y decidió tender el resto de la ropa rápidamente.
- Bueno, ya veo que tiene prisa, po lo dicho, mucha mierda – se marchó Luisa. La gente va de víctima y Encarni, más, pensó.


Juan cerró la puerta de casa, y colgó su sombrero en el perchero. Se sentía triste y cansado, no tenía ganas de comer, y sólo le apetecía tomarse una cerveza, imaginó que eso levantaría sus ánimos.
- Dame una der fondo – señaló la nevera. 
- Toma, ¿trae mala noticia, gordo? – entrecerró los ojos, se lamentó de su problema de vista, cada vez iba a peor.
- ¿Mala? Se la llevan a Chisinosequé, a Mordavia, me cago en tó sus muerto - abrió y bebió media lata, sentía el frescor en toda su boca, contrastando con el calor que le recorría.
- ¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasá? Ay por dió, ay por dió…. Esto no pue sé, no, no… - las lágrimas comenzaron a caerle por las mejillas.
- Ar carajo, ar carajo tó. Mañana vamo a quemarles la puta fábrica, se acabó, se van a lleva a Chisisusmuertos un carajo, un carajo pa ellos – gritó y tiró la lata que ya se había bebido. Notó un sentimiento de ira que le recorría todo el cuerpo, abrió la nevera y no soportó verla vacía.
- ¡¿Pero qué dice?! ¡No me venga con locura, eso no soluciona ná! – se secó las lágrimas, sentía miedo, temor hacia su marido.
- ¡Ahí está er niño! ¡¿Qué te ha pasao, picha?! – se asustó Juan.
- ¡Mi niño, mi niño! ¡Ay, ay, ay! ¡¿Qué te has hecho Manué?!  – las lágrimas corrían por el rostro de Encarni.
- No pasa ná, no pasa ná. Sólo es un esguince, un esguince de tobillo, me caí en la manifestación – sonrió, creyendo que así restaría importancia al asunto, y sus padres no se preocuparían tanto.
- ¡¿Manifestación?! – gritó Encarni asustada. - ¿Qué manifestación? Yo no sabía que había manifestación hoy, ¿no hubo ya la semana pasá cuando te quedaste encerrao allí, en la universidá? – pensó que su hijo le ocultaba cosas.
- Yo sabía que había una, Encarni, si esto cada día está peó – ayudó a su hijo a incorporarse a una de las sillas de la cocina.
- Me han dicho que en unos mese tendremo que pagá hasta estas muleta, imagina lo que costará tu operación de la vista, Mamá – dijo Manuel indignado, pegando golpes con las mismas, imaginando que le rompía la cabeza a más de un político con ellas.
- ¡Quillo! ¿Y esto cardenale, qué? ¿Tú te cree que yo soy tonto? A ti te han dao de palos lo que no está en los escrito – destapó a su hijo la pantorrilla y el hombro. Recordó cuando tenía veinte años y estuvo retenido un día entero en comisaría, eran otros tiempos, pensó, no es normal que ahora ocurran estas cosas.
- Bueno, más o menos, alguna carga hubo, la verdá – minimizando el drama. Se echó a los brazos de su madre, entristecido por la mala fortuna que le había tocado ese día.
- ¡Qué te quiero! ¡No te meta má en eso lío, por favó, no quiero má disgusto! – miró de cerca a su hijo, sentía que era lo más importante de su vida, desde que era una criatura y lo mimaba con sus caricias, hasta ahora, todo un hombre, hecho y derecho. 
- Mamá, el curso va a acabá ya y no voy a tené beca, otra vé como este año – apartó la mirada. – Necesito sacar notazas en todo, y con esta presión, no puedo… yo no puedo.
- Manué, estoy en er paro – Juan se echó las manos a la cabeza.
- No me lo puedo cree… - Manuel empezó a comerse las uñas. Entendió lo perdido que estaba todo, sus recursos eran mínimos, pensó otra vez en buscar desesperadamente trabajo. ¿Trabajo? No, no era posible, se había llevado el pasado verano buscando trabajo, no lo iba a encontrar, pensó.
- Nos quieren ahogá, esta situación sólo lleva al caos, ¿qué vamo a hacé nosotro ahora? – miró a su alrededor. -  No es normá, no vamo a podé seguí pagando esto, tendremos que irno – se enfadó. -  Y esos cabrones, esos cabrones de ahí arriba, con mansiones, en la playa, y a tutiplén. ¡Hijos de puta!
- Tranquilo Papá, tranquilo por favor… - se acercó Manuel, sabía que su padre se enfurecía por nada.
- ¿Tranquilo? Encima te meten hostias, por defendé tus derecho. Esto sólo conduce a violencia, a malestá generá, a problema sociale, hasta familiare… - refunfuñó. - ¿Dónde mierda iremo? Esto se nos va de las mano, cada día tenemos má problema – se lamentó. – Ni tú ni yo, Manué, estamos en condicione cada día. ¡Se suceden con má frecuencia las discusione! – otra cerveza para calmar sus ánimos, sabía que bebía más desde que empezaron a surgir todos estos problemas, pero no podía evitarlo. – No podemo, no podemo venirno abajo, perdonadme, vamo a seguí adelante.
- ¡Mi Manué, mi Juan…! – dijo Encarni, sin fuerzas, no entendía el mal que se tornaba contra ellos. Rememoró situaciones difíciles e intentó animarse, sabía que ella siempre lo hacía, pero no pudo, aquel era un día totalmente desgraciado, y se sucedía en unas semanas llenas de incertidumbre.
Juan se secó con un pañuelo el sudor de la frente y se acercó a ellos, los abrazó.
- Somo una familia unía, pase lo que pase.

Relato 3 de Sebastián Chilla


Una mañana cualquiera
Sebastián Chilla

Alfonso saluda al camarero de la Cafetería San Fernando, donde acudía a desayunar cada mañana de universidad. 
- ¡Lo de siempre! Un cortao y una entera con aceite – busca una mesa libre para sentarse y poner sus apuntes.
El camarero hace un gesto de aprobación y continúa sirviendo a los clientes que esperan en la barra. Alfonso aprovecha para echar un vistazo a sus apuntes.
- ¡Qué desorden! Historia antigua no, historia no debería estar aquí. Lo que importa ahora es antropología, no sé qué hacen mezclados – ríe. – Migué, aligera ese cortao que no me espabilo, ¡estoy dormido aún!
- Ojú, niño, ya voy  – le responde. – Te voy a llevar un cortao que ni pa qué, fuertecito, pa que estudies y te dejes de tonterías.
- Muchas gracias, lo necesito.
Alfonso agudiza su olfato, absorto ante el olor a café recién hecho. Observa cómo caen las últimas gotas en su taza, desprendiendo un sinfín de sensaciones en él. Cierra los ojos y piensa en la cantidad de cafés que había tomado en su vida, la multitud de ocasiones que había sentido algo similar y, como, sin embargo, no dejaba de maravillarle. 
- Quillo, tu cafelito, ¡que te duermes! – ríe Miguel.
- ¡Gracias!  Que me duermo, sí, pocas horas he dormido hoy – Alfonso cuenta las horas con los dedos de las manos. Para él dormir cinco horas era lo normal, aunque no era lo mismo dormir cinco horas descansando cinco horas que dormir cinco horas descansando una y media.
- Por cierto, no te vayas a creer como ayer que todos los días te vamos a dejar fiao el desayuno – ríe a carcajadas Miguel. - ¡Que se me van a echar todos los clientes encima!
- ¡No, Migué! Ya sabes que soy un despistao y que suelo olvidar las cosas – se pone la mano sobre los pantalones y en un arrebato de desesperación se da ininterrumpidos golpes en los bolsillos, y después a la mesa. - ¡Vaya tela! – grita.
Los apuntes salieron volando, la mayoría caen al suelo.
- ¡Niño! ¿Qué haces? Anda, aquí tienes tu tostada. – Pone el plato sobre la mesa. – No veas lo estresao que estás con los exámenes, ¿eh?
- ¡Uf! Sí, Migué, y ahora a ordenar todos los papeles estos – recoge los apuntes del suelo, tocándose de nuevo los bolsillos, en busca de su desaparecida cartera.  – Ahora aún más desordenados, vaya lío, ¡soy un desastre!
Alfonso se sienta de nuevo y simula que estaba centrado en ordenar el pesado montón de apuntes que tenía entre las manos. Otra vez, otra vez más le había ocurrido, se le olvidó la maldita cartera. Piensa en la vergüenza que le daría decirle otra vez al camarero que le invitara, o se lo dejara fiao, más después de habérselo comentado él mismo otra vez. ¡Y dos días seguidos! Alfonso sólo tiene ganas de café y tostadas.
- ¡Qué buena! – pega un bocado a la tostada, crujiente y empapada en aceite de oliva virgen extra, con un poco de azúcar, al gusto. Ligeros tonos de oliva, sabor del campo andaluz, piensa.
Recuerda cuando era pequeño y se ponía hasta arriba de manjares como éste, su madre le preparaba el desayuno, si no era aceite con azúcar, era con sal, deliciosa manera de empezar el día. Vuelve a sus apuntes, sonríe al verlos, podría ordenarlos más tarde, podían esperar. Aquello era indescriptible, entiende que no había mejor remedio que un manjar como ese para calmar todas sus preocupaciones en esos momentos. 
- El café está de puta madre – toma de un trago su taza. Alfonso está en pleno estado de éxtasis, no necesita nada más que eso, lo que venga después será problema luego, no ahora, piensa. Entiende que tampoco supondría un gran problema no volver a pagar otra vez, Miguel era buena persona, no pensaría mal de él, simplemente se reiría, y se cagaría en sus… no, no se sabe, por qué iba a ser así, tampoco era para tanto, o tal vez sí.
Alfonso se pone nervioso y vuelve a coger otro montón de apuntes que llena de aceite con sus dedos. No puede entenderlos, son ilegibles, no los ve; piensa que una densa nube de incertidumbre, angustia y sueño está deambulando por su cansada vista. Si Miguel le soltara un improperio sería horrible, es viernes y hasta la semana que viene no podría volver a la universidad, todo el fin de semana pensando lo irresponsable que es. Hace un tiempo se prometió ser más atento y competente, no causar problemas como siempre hace. Él no cree que suponga un verdadero problema para un hostelero que tiene decenas de clientes cada día, no pagar dos míseros desayunos, pero sí  para su credibilidad, su simpatía y su confianza. No iba a ser lo mismo si otra vez le dice lo de ayer, quedaría como un payaso. Suelta los apuntes y pega otro bocado.
- ¡Qué bien sienta! – saborea la tostada; la miga y la corteza del mollete se fusionan con los tonos de café que le quedan en el paladar, como si se tratara de un concierto. Ahora vienen las tubas, se suceden los trombones, ¡qué fuerza!
Faltan apenas diez minutos para que lleguen las nueve, y el comienzo de las clases para Alfonso. Mira su reloj y como puede reagrupa sus apuntes en una carpeta que rápidamente introduce en su mochila.
- ¡Nueve minutos! – pega un último bocado a la tostada. – Joder, ¡qué rica está! - Ahora vuelven todos sus problemas, y no sabe qué hacer.
Pensó que tiene que asumir con las consecuencias y echarle cara al asunto. No puede ser tan cobarde, no va a pasar nada si se lo explica con una sonrisa y prometiéndole pagar los dos desayunos la próxima vez, confesando lo idiota qué es. No hay otra salida, y eso es lo que hará. Alfonso se levantará de la silla, llevará el plato y el vaso de café a la barra, y hablará con Miguel. En primer lugar, le dirá que le ha pasado más veces, que él es un buen chico y que el próximo lunes le devolverá los dos desayunos. Miguel se reirá, le dirá que es algo normal y él le agradecerá su simpatía, como siempre. Después, Alfonso se despedirá y le deseará un buen fin de semana a Miguel, que le dará las gracias y le deseará un buen día. Alfonso entrará en la universidad, buscará su clase y se sentará.  
- Suerte en el examen, Alfonso – dice el profesor. - Seguro que has estudiado mucho. - Todos están en silencio esperando las preguntas de la prueba. Alfonso se echa las manos a la cabeza y se pregunta por qué es tan desgraciado.

viernes, 4 de mayo de 2012

Relato 2 de Sebastián Chilla


La juventud del miedo
Sebastián Chilla


Antonio se terminó el café y, tras un gesto de indignación y desaprobación hacia lo que le rodeaba, se marchó. No quería perderle de vista y a pesar de las dificultades, le seguí. Aquel día de tormenta, primero de mayo, no era un buen día para nosotros y menos para él. Como líder de la asociación estudiantil de la facultad, la noticia que nos aconteció no le fue para nada indiferente. En aquellas reuniones de asamblea, Antonio siempre nos contaba qué era para él la universidad, y lo que suponía la responsabilidad de un cargo como el que ejercía. A su juicio, un universitario debía ir más allá de lo que concierne a su carrera, más allá de los contenidos de una materia o de lo que un examen debía exigir. Un día, dijo que el hecho de ser universitarios nos debería acercar a ser mejores ciudadanos, a conocer las realidades políticas y sociales, a vincularnos al complejo entramado que supone nuestra actual sociedad. Creía que era imprescindible, y recalcaba el término <<cultura>> como si una palabra tabú fuera. Decían muchos por la facultad que Antonio corría el peligro de estar entre ceja y ceja de algunos profesores, que Antonio estaba al límite, cerca de ser sancionado por incumplir algunos de los estatutos universitarios. Aquella tarde de primero de mayo, el nombre de Antonio iba de boca en boca por todos los estudiantes de nuestra universidad. Como cada año, encabezaba la preparación de los actos de reivindicación de una educación pública y de calidad, y en la misma cafetería se enteró de que iba a ser imposible conseguir financiación y permisos para los actos de ese año. Continué tras él, que caminaba a paso de gigante por los pasillos de nuestra facultad, enfadado y vengativo, aquel viernes de protesta.

Presencié cómo Antonio le cantó las cuarentas al decano de nuestra facultad, soltando una sarta de improperios y descalificaciones de tal calibre que el mismo decano se quedó sin palabras, y eso que no se callaba nunca. El decano intentó en varias ocasiones parar a Antonio, pero él continuaba en sus trece, hecho que no daba crédito a un decano tan experimentado como él, que en lugar de irse y tomar nota de todo lo que estaba pasando, se sentó en el banco más cercano de aquel largo pasillo y escuchó, escuchó palabra por palabra todo lo que Antonio le reprochaba. Cada frase de Antonio contenía una reivindicación estudiantil en alguna de las numerosas asambleas que precedieron a este día, y cada palabra de su discurso era una puñalada más al sistema educativo que se desmoronaba en su ponencia. Y digo ponencia por no decir ensayo, aquello constituía un concienzudo y estudiado contenido de quejas y sugerencias al estilo del más crítico de los buzones de opinión que se pudiera encontrar en una institución. Habló de tantas y tantas cosas: aumento de tasas universitarias, becas y ayudas al estudiante, dedicación y preparación del profesorado, servicios universitarios, contenidos de las diversas materias, desorganización académica, y un largo etcétera que no podría recordar por la amplitud de todos los conceptos.

Cuatro horas, cuatro horas y trece minutos exactamente duró aquello, el monólogo de Antonio Fernández, de la asamblea estudiantil de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. Su discurso empezó como una reivindicación estudiantil a ámbito personal, y finalizó como un baño de masas ante decenas de estudiantes de la facultad, que increpaban al decano a abucheos, gritos y quejas. La cosa viene de lejos, comentó uno de los compañeros más activos en las asambleas, Pedro, y razón no le faltaba. Antonio nos recordó, a la vez que seguía increpando al decano, cuando era un niño y todos hablaban del famoso 15M por la televisión. Su hermano mayor participó en algunas de las asambleas y en aquellas manifestaciones en contra del olvidado Plan Bolonia, que muchos no sabíamos qué era o de qué trataba exactamente, Antonio lo explicó todo. Aquello no sirvió de mucho nos hizo saber, “Nuestra generación es la mayor víctima de esta degradación del estado del bienestar, de la clase media y de la cultura al alcance de todos los ciudadanos de este país”. A priori, y una vez rebajado el tono del discurso de Antonio, todos creían que la discusión iba a acabar muy mal, y que el decano podría tomar carta en todo este asunto. Y es que tras decir mi compañero Antonio, “creo que puedo poner punto final a todo esto”, el decano aplaudió, y aplaudió más que cualquiera de todos los estudiantes que presenciaban con expectación el acto.

Aquel día terminó de una manera muy especial, pues afianzó la esperanza de muchísimos estudiantes, que veían que su voz por fin iba a ser escuchada y aceptada por un atento y receptivo decano. En primer lugar, nos dijo que el espectacular discurso de Antonio iba a ser tomado en cuenta, al igual que todas las reivindicaciones que propuso, con sus correspondientes sugerencias. Más tarde, hizo hincapié en la importancia del alumnado participativo, que constituía uno de los pilares básicos de una buena universidad. Y por último, y no menos importante, según recalcó, tomaría en cuenta todos los nombres de los estudiantes que sugerían mejoras al sistema educativo y a la organización de la universidad, que llevaría personalmente a cuestionar con el rector y en la próxima cumbre de rectores de todas las universidades españolas. Esto último dijo que era muy importante, y señaló el símbolo de la Universidad de Sevilla, al grito de un “¡Os escuchamos!”, porque la voz de los estudiantes de la Universidad de Sevilla tenía que ser escuchada más que nunca, por todas las reivindicaciones que se habían dado en los últimos años y por la magnificencia y sorpresa de aquel acto poco casual que había acontecido ese primero de mayo, aquella “primavera universitaria”, según citó. Recuerdo la enorme alegría de todos los estudiantes, y en esos momentos me acerqué aun más a Antonio, que sonreía con gesto de incredulidad y desconfianza hacia un decano demasiado contento.

Antonio quedó como el gran héroe aquella noche, eran las diez y la mayoría de universitarios iban a tomar el camino a sus casas. El decano se despidió y recordó su vinculación al movimiento. Antonio ilusionado agradeció a todos los estudiantes que habían colaborado durante los últimos meses en aquellas reivindicaciones. Sus tiendas de campaña llevaban allí varias semanas, y según opinaba Antonio, por fin todo esto parecía dar, al menos de lejos, una mínima esperanza de cambio, una variación en el rumbo de las negociaciones con la universidad y un guiño a todo el trabajo realizado. Nos recordó que esta vez no iba a ser desalojada aquella acampada por la fuerza, y que este mayo podría cambiar un poco el rumbo de todos los mayos anteriores en Sevilla. Todos sabíamos que Antonio no había conseguido algo a nivel nacional, ni siquiera regional, pero sí a nivel local y que en el órgano de administración de la universidad algo podría cambiar, atisbos de esperanza para cientos de universitarios indignados, sin recursos y con préstamos bancarios que no podrán pagar en años, sin medios y sin oportunidades para seguir un curso más en la carrera que desean. Aquello era un canto a la esperanza, un canto al ilusionante proyecto de unos estudiantes ignorados, unos universitarios con muchas ganas de reivindicar sus derechos, y liderados por mi compañero y amigo Antonio.

Y lo cierto es que allí se quedó todo aquello, en aquel mayo sevillano. Otro mayo más, y tampoco iba a ser como aquel mayo francés del que hablaban nuestros abuelos, esta vez no íbamos a ser los beneficiados, ni se nos iba a callar con algún beneficio particular. Durante las semanas siguientes, fui con Antonio y unos compañeros más a todas las reuniones con el decano, el rector y diversas personalidades de la universidad para negociar todo lo que se habló aquel día, que en primero de mayo nació y en primero de mayo murió, si es que algún día llego a nacer. La presencia policial en las asambleas se incrementó de forma exponencial.

Un mes después, en junio, algunos de los ayudantes, menos mal que no me tocó a mí, dejaron de acudir a las clases y de presentarse a los exámenes del segundo cuatrimestre. Antonio hizo todo lo posible por aclarar y anunciar públicamente la situación de estos compañeros imprescindibles en nuestra lucha, pero el intento no sirvió de nada. Algunos habían recibido cartas del Ministerio comunicándoles la cancelación de sus matrículas por sus respectivos bancos, que por causas no muy claras y resumidas en “Incumplimiento de cláusulas por parte del alumno contratante”, perecerían en el olvido. El resto eran víctimas del miedo. Antonio luchó, y no dejó de luchar por estos estudiantes que por movilizarse habían perdido sin explicaciones el derecho a estudiar, pero no pudo hacer mucho más. Aquel junio, al igual que mayo, no iba a ser un junio cualquiera, todo quedó muy claro. Tras la lucha, y tras alguno de los exámenes, nuestros bancos y la universidad establecieron una investigación sobre nosotros, y en especial sobre Antonio, que ese mismo verano tuvo que abandonar la universidad. Era el llamado “shock” que todos habíamos escuchado alguna vez, y que habíamos visto reflejado en realidades políticas y sociales ajenas a nosotros. Ahora era nuestro turno, íbamos a ser las víctimas, lideradas por el vencido Antonio; camino a ser el ejemplo del miedo y del fracaso para una multitud de estudiantes desesperados e indignados. No podíamos hacer nada, vigilados y avisados una y otra vez, entre la espada y la pared. Por aquellas fechas y en adelante el temor se apoderó de la universidad y de sus estudiantes, temor que continuó durante años y años, miedo y más miedo.

Aquel decano, nuestro decano, acabó rector y hoy día, ante el recuerdo de todo ello, ya nadie puede protestar. Antonio está inhabilitado y condenado a un fracaso anunciado a viva voz, porque a una serie de personas, él siempre decía “los de la doctrina del shock”, tuvieron esa brillante idea. Aquel año fue su ruina, o quizás la ruina de todos. Hoy nos vemos las caras, ahí está él, irreconocible, en busca de una entrevista de trabajo temporal para conseguir lo que sea, lo que sea para salir de esta brecha económica. Él es un moroso, un mal ciudadano que no pudo saldar sus deudas con el Estado y la Banca, por los estudios no terminados que realizó; pero él no es el único, ni va a ser el último. Antonio me mira con cara de tristeza, sus ojos no brillan como antaño, la primavera ya pasó, y ahora en sus miradas sólo puede reflejarse un crudo invierno, el invierno de la cultura, el ocaso de una juventud sin recursos y al borde del abismo.

jueves, 19 de abril de 2012

Relato 1 de Sebastián Chilla

Fruto del delirio
Sebastián Chilla

Querido Pepe:

Te escribo esta carta desde el balcón de mi nuevo hogar. Aquí me hallo, en el cielo de Nueva York, y con las mismas compañías de siempre. Sí, sí, ya sé lo que piensas, nunca cambiaré. Es cierto que debería dejar de beber pero no puedo renunciar a este hermoso brandy que acabo de catar, los médicos dicen que una copa al día es beneficiosa para la salud. Sé que te enfadarás, pero peor habría sido ocultártelo, no quiero secretos entre nosotros, nunca los tuvimos.

Pepe, te echo mucho de menos, cada minuto pienso en ti, ni un solo segundo me libro de tus recuerdos. Y bueno, aun sufriendo tu ausencia tengo que confesarte que aquí todo va bien, y que por el momento no hay posibilidad de que vuelva. Sabes de sobra que eres imprescindible para mí, tu compañía es esencial para que yo pueda seguir adelante, ¿recuerdas aquello? Sí, sí, aquello de “Eres como mis ojos, no podría seguir sin ti”, qué recuerdos, ¿verdad? Hoy me pongo a contemplar los rascacielos de esta gran ciudad y estoy seguro de que te habría encantado pasear conmigo por ella. Los edificios tocan el cielo, algunas nubes chocan contra ellos, ¡es como si uno estuviera en otro mundo! Estoy seguro de que te gustaría, sí, sí, de verdad, tan seguro como que dudas de ello, ¡nunca cambiarás Pepe!

Pepe, Pepito, Pepón, sé lo que estás pensando y no, no me he servido otra copa. Si te soy sincero estoy cambiando, hoy mismo he intentado dar un largo paseo a solas. Fui a comprar lo necesario para el día, y como no me quise complicar me traje una pizza y algo de fruta fresca. La comida rápida no es de mi agrado, pero no había otra, ¿Qué puedo hacer yo sin todas las fuerzas que tú me dabas, mi querido Pepe? A veces pienso que me tomo muy a pecho nuestra amistad, pero en estos tiempos tan difíciles, ¿Cómo no iba a ser así?

La casa está vacía, y en un intento desesperado de ahogar el silencio puse un poco de música, pero tú y yo sabemos que nada es comparable a nuestras discusiones a altas horas de la madrugada, ¿recuerdas? Y los constantes problemas con los vecinos, ¡no nos permitían charlar y charlar!  Son unos idiotas, ellos no podían entender nuestra amistad. Sí, ya me he alterado. No debería echarme otra copa, ¿verdad? Bueno, por una más no pasa nada, si no, no terminaré de escribirte, estoy seguro de ello.  ¡A veces no sé de qué estoy más ciego!

Pensé en la posibilidad de preguntarte cómo iban las cosas por allí, pero sé que no podrás responderme, en ocasiones eres de pocas palabras y te limitarás a asentir. Me criticarás, pero bien que hablábamos y discutíamos sobre todo tipo de cuestiones cuando iban varias copas, ¡no me lo puedes negar!

A fin de cuentas y dejando a un lado toda mi palabrería, no sé si sabes por qué te escribo. Las cosas se están poniendo difíciles Pepe, pasan los días y sigo sin encontrar las fuerzas que tanto necesito. Este refugio que es mi nueva ciudad a veces se me queda pequeño, ¡Chicago pequeño, qué loco estoy! Con sucesos así, uno descubre que nada puede tener tanta dimensión como la pérdida de un amigo. Esto es muy difícil, Pepe, esto es muy difícil.

Por no poder, ya no puedo ni llorar, Pepe. Cuando todo se acabó y tuve que venir aquí, lloré como nunca, ya no hay lágrimas, ya no hay nada, no tienes ni idea. Aquel día fue mi muerte, no sé si lo sabías Pepe, pero me da mucho miedo esa palabra y no sé por qué acabo de escribirla. He pausado la escritura y he pensado seriamente en borrarla, pero me es tan difícil como leerla, ¿no es acaso la verdad lo que más duele y al mismo tiempo lo que es más complicado de ocultar? A menudo escucho hablar de las heridas, pero no de la muerte. La he mencionado otra vez, si fueran heridas tal vez podrían ser sanadas, ¿verdad?

Puedo ver de nuevo los altos edificios de esta gran ciudad, me gusta, me gusta Tokio. Las estrellas brillan más que nunca en Frankfurt, lo sé, y desearía que estuvieras aquí para verlo, otra vez. Me gusta, me gusta el whisky, y podría echarle un poco de limón, va muy bien con el vodka. ¡Te echo de menos Pepe! Desearía que pudieras estar aquí y tomar un poco de este Manhattan, es una delicia.

Pepe, tu ausencia se hace eterna, y no sé por qué he escrito esta palabra. ¿Eterna? Estoy atemorizado, el corazón me palpita ahora más deprisa y una nueva lágrima vuelve a caer por mi rostro. Pepe, sólo quiero que leas esta carta y que sigas siendo feliz dónde estés. ¿Sabré poner la dirección para que te llegue esto? San Pedro, si llega a tus manos esta carta busca a Pepe y entrégasela, gracias.

En ocasiones tengo muchas dudas, ¿Quién se fue de casa? ¿Tú o yo? Ya no hay más copas, debería dejar de escribirte Pepe, mi imaginación no da para más. ¡Menos mal que no puedo verte, nunca pude! No ladres mucho allí donde estés, sé bueno y obedece a tu nuevo amo, guíalo por buenos caminos. Por favor, haz que no se pierda como yo me pierdo por esta ciudad que ya no sé ni cuál es, ahogado en alcohol y fruto del delirio.


Descansa en paz, Pepe.
Tu amo, “el ciego”…