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jueves, 19 de abril de 2012

Relato 1 de Sebastián Chilla

Fruto del delirio
Sebastián Chilla

Querido Pepe:

Te escribo esta carta desde el balcón de mi nuevo hogar. Aquí me hallo, en el cielo de Nueva York, y con las mismas compañías de siempre. Sí, sí, ya sé lo que piensas, nunca cambiaré. Es cierto que debería dejar de beber pero no puedo renunciar a este hermoso brandy que acabo de catar, los médicos dicen que una copa al día es beneficiosa para la salud. Sé que te enfadarás, pero peor habría sido ocultártelo, no quiero secretos entre nosotros, nunca los tuvimos.

Pepe, te echo mucho de menos, cada minuto pienso en ti, ni un solo segundo me libro de tus recuerdos. Y bueno, aun sufriendo tu ausencia tengo que confesarte que aquí todo va bien, y que por el momento no hay posibilidad de que vuelva. Sabes de sobra que eres imprescindible para mí, tu compañía es esencial para que yo pueda seguir adelante, ¿recuerdas aquello? Sí, sí, aquello de “Eres como mis ojos, no podría seguir sin ti”, qué recuerdos, ¿verdad? Hoy me pongo a contemplar los rascacielos de esta gran ciudad y estoy seguro de que te habría encantado pasear conmigo por ella. Los edificios tocan el cielo, algunas nubes chocan contra ellos, ¡es como si uno estuviera en otro mundo! Estoy seguro de que te gustaría, sí, sí, de verdad, tan seguro como que dudas de ello, ¡nunca cambiarás Pepe!

Pepe, Pepito, Pepón, sé lo que estás pensando y no, no me he servido otra copa. Si te soy sincero estoy cambiando, hoy mismo he intentado dar un largo paseo a solas. Fui a comprar lo necesario para el día, y como no me quise complicar me traje una pizza y algo de fruta fresca. La comida rápida no es de mi agrado, pero no había otra, ¿Qué puedo hacer yo sin todas las fuerzas que tú me dabas, mi querido Pepe? A veces pienso que me tomo muy a pecho nuestra amistad, pero en estos tiempos tan difíciles, ¿Cómo no iba a ser así?

La casa está vacía, y en un intento desesperado de ahogar el silencio puse un poco de música, pero tú y yo sabemos que nada es comparable a nuestras discusiones a altas horas de la madrugada, ¿recuerdas? Y los constantes problemas con los vecinos, ¡no nos permitían charlar y charlar!  Son unos idiotas, ellos no podían entender nuestra amistad. Sí, ya me he alterado. No debería echarme otra copa, ¿verdad? Bueno, por una más no pasa nada, si no, no terminaré de escribirte, estoy seguro de ello.  ¡A veces no sé de qué estoy más ciego!

Pensé en la posibilidad de preguntarte cómo iban las cosas por allí, pero sé que no podrás responderme, en ocasiones eres de pocas palabras y te limitarás a asentir. Me criticarás, pero bien que hablábamos y discutíamos sobre todo tipo de cuestiones cuando iban varias copas, ¡no me lo puedes negar!

A fin de cuentas y dejando a un lado toda mi palabrería, no sé si sabes por qué te escribo. Las cosas se están poniendo difíciles Pepe, pasan los días y sigo sin encontrar las fuerzas que tanto necesito. Este refugio que es mi nueva ciudad a veces se me queda pequeño, ¡Chicago pequeño, qué loco estoy! Con sucesos así, uno descubre que nada puede tener tanta dimensión como la pérdida de un amigo. Esto es muy difícil, Pepe, esto es muy difícil.

Por no poder, ya no puedo ni llorar, Pepe. Cuando todo se acabó y tuve que venir aquí, lloré como nunca, ya no hay lágrimas, ya no hay nada, no tienes ni idea. Aquel día fue mi muerte, no sé si lo sabías Pepe, pero me da mucho miedo esa palabra y no sé por qué acabo de escribirla. He pausado la escritura y he pensado seriamente en borrarla, pero me es tan difícil como leerla, ¿no es acaso la verdad lo que más duele y al mismo tiempo lo que es más complicado de ocultar? A menudo escucho hablar de las heridas, pero no de la muerte. La he mencionado otra vez, si fueran heridas tal vez podrían ser sanadas, ¿verdad?

Puedo ver de nuevo los altos edificios de esta gran ciudad, me gusta, me gusta Tokio. Las estrellas brillan más que nunca en Frankfurt, lo sé, y desearía que estuvieras aquí para verlo, otra vez. Me gusta, me gusta el whisky, y podría echarle un poco de limón, va muy bien con el vodka. ¡Te echo de menos Pepe! Desearía que pudieras estar aquí y tomar un poco de este Manhattan, es una delicia.

Pepe, tu ausencia se hace eterna, y no sé por qué he escrito esta palabra. ¿Eterna? Estoy atemorizado, el corazón me palpita ahora más deprisa y una nueva lágrima vuelve a caer por mi rostro. Pepe, sólo quiero que leas esta carta y que sigas siendo feliz dónde estés. ¿Sabré poner la dirección para que te llegue esto? San Pedro, si llega a tus manos esta carta busca a Pepe y entrégasela, gracias.

En ocasiones tengo muchas dudas, ¿Quién se fue de casa? ¿Tú o yo? Ya no hay más copas, debería dejar de escribirte Pepe, mi imaginación no da para más. ¡Menos mal que no puedo verte, nunca pude! No ladres mucho allí donde estés, sé bueno y obedece a tu nuevo amo, guíalo por buenos caminos. Por favor, haz que no se pierda como yo me pierdo por esta ciudad que ya no sé ni cuál es, ahogado en alcohol y fruto del delirio.


Descansa en paz, Pepe.
Tu amo, “el ciego”…

miércoles, 18 de abril de 2012

Relato 1 de Lidia Esteban

Martes de Carnaval

Amada madre mía, ya conoce usted mi devoción a Cristo y al Santísimo Sacramento, y le agradezco desde el fondo de mi corazón que siempre me haya considerado un ejemplo de perfección e integridad dentro de la vida monástica, pero la locura ha trastornado mis sentidos y, aunque a lo largo de mi vida he sido proclive a ciertos excesos místicos, los hechos que voy a referirle superan con creces el ardor religioso de una joven novicia. Han sido los besos, madre, y no hay exorcismo ni ciencia médica posibles que puedan purificar mi espíritu atormentado.

La víspera del Miércoles de Ceniza, hace aproximadamente tres meses,  me fue robado un beso mientras dormía. Perdóneme, madre, pero todavía hoy saboreo con lascivia las huellas de esos labios en mi boca. Que el Señor se apiade de mi alma pecadora. Desde ese primer beso, en un audaz intento por hallar dentro de la abadía al responsable de tan amoroso tormento, me entrego con devoción a la práctica diaria de buscar labios a los que besar. Me paso el día besando, madre, y mi boca ha iniciado un insensato periplo que no respeta jerarquías ni condiciones.

He llegado a tal maestría en el arte de besar que nuestra madre superiora, mis queridas hermanas, el párroco y hasta Gabriel, el jardinero, parecen haberse contagiado de las bondades de mi boca: son mis besos los que han hecho de las tediosas homilías de nuestro amado don Francisco de la Quintana, pláticas colmadas de un fervor místico que parece otorgado por la gracia divina; son mis besos, madre, los que han transformado los desafinados salmos de mis amantísimas hermanas en cantos celestiales. ¿Y qué decirle del jardín, madre? Son mis besos los que han guiado esas manos rudas y ennegrecidas por la tierra para que broten, primorosos, jacintos y azucenas.

En la congregación comienza a correr el rumor de que mis besos lo curan todo y, cuando tocan a maitines, acuden en peregrinación a la puerta de mi celda esperando el milagro de mis labios, un milagro reencarnado en carne y besos. ¡Imagínese con cuánto afecto convivo, madre! Mas no hallo consuelo. Beso los relicarios, beso a la gozosa Inmaculada y a los ángeles que la rodean, beso al niño Jesús vestidito de turco y al mismísimo Cristo de la Misericordia beso. Pero de aquel primer beso, ni rastro.

Abandono el convento, madre, y dejo atrás mi corazón y mi castidad. He jurado ante Dios Nuestro Señor que moveré cielo y tierra hasta encontrar a aquellos labios culpables y dulcísimos, aunque tenga para ello que besar hasta la última alma humana.