Alguno de vosotros (no muy ducho, por lo que se ve) entró en nuestro blog por blogger y lo ha asociado a su cuenta que es marcantmafe@gmail.com

Ahora mismo hay que meter como nombre de la cuenta ese correo y como clave la misma que os di en clase.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Relato 3 de Nunila Rabadán


Lucía no para quieta en su silla. No puede trabajar. Es incapaz de concentrarse. Mira el reloj de la pantalla. Todavía no es la hora. Abre su correo de nuevo para hacer tiempo. Nada. Mira hacia atrás por si se acerca alguien. Nadie. Se decide a mirar sus páginas favoritas, pero parece que ninguna de las blogueras ha escrito nada nuevo, ni de moda ni de maquillaje. Revisa su Facebook pero no tiene ningún mensaje nuevo. Busca entre las actualizaciones de sus amigos alguna novedad interesante, pero no encuentra nada. Acaba pulsando a “me  gusta” en un par de ellas, más por hacer algo, que porque verdaderamente le guste. Mira de nuevo el reloj de la pantalla. “¿Cómo es posible que tan sólo hayan pasado tres minutos?” Comprueba la hora en el móvil. La misma. No puede esperar más. “No pasa nada por llegar un poco antes ¿verdad?” se dice así misma.

Se levanta y se dirige al ascensor. Al llegar abajo espera en el vestíbulo, pero no sabe que hacer. Empieza a sentirse observada por la gente que entra y sale del edificio. “Ojala fumara. Si fumase podría salir y esperar tranquilamente. Incluso transmitiría cierto glamour. ¿Por qué hizo caso a sus padres y no aceptó un cigarrillo de sus compañeras? Mirándolo con perspectiva fue una decisión realmente estúpida. Maldita naturaleza obediente.”  Ve a Inma a lo lejos y se adelanta hacia ella.

¾    Es la hora
¾    Sí, vamos.
Comienzan a caminar.
¾    ¿Sabes qué? No tengo hambre. Mejor lo dejamos.
¾    ¿Qué?
¾    Que no tengo hambre.
¾    Así, de repente.
¾    ¿Qué pasa? ¿No se me puede quitar el hambre?
¾    Por supuesto, es lo que te ha pasado en los últimos dos intentos.
¾    ¿Has visto? Será algo crónico. Lo mejor será dejarlo para otro día e ir hoy al médico.
¾    No creo que la hipocondría sea curable.
¾    Tal vez lo sea. Vayamos a mi despacho y lo miramos en el ordenador. De camino podemos comprar unos bocadillos y comer allí.
¾    No me he hecho media hora de viaje en un autobús lleno de críos gritones para comer en un despacho. Vamos a entrar en el restaurante. No puedes traerme tantas veces a la puerta y no dejarme entrar. Me está empezando a obsesionar como será por dentro el sitio.
¾    Yo te lo describo si quieres.
¾    Quiero entrar y no hay más que hablar.
¾    Está bien entramos, comemos rápido y nos vamos.
¾    No pienso comer rápido. Podría atragantarme.
¾    Bueno comeremos a una velocidad media y entonces nos largamos.
¾    Claro. Después de que hables con él.
¾    Lo siento, eso no está programado. Habrá que dejarlo para otro día.
¾    Claro que está programado. Es el único asunto programado. Incluso podríamos entrar, hablar con él chico del sueter amarillo e irnos y cumpliríamos nuestra misión.
¾    Es que no puedo. No puedo hacerlo.
¾    Claro que sí.
¾    Argh. –Grita Lucía llevándose las manos a la cabeza.
¾    ¿Argh? Gran argumento.
¾    Pero…es que yo…me trabaré y… buff.
¾    Con esta elocuencia ni tendrás ningún problema en hablar.
¾    Claro como no estoy nerviosa, encima métete conmigo.
¾    Camina.

Ambas caminan hacia el restaurante de la esquina. Le duele el estómago. Los nervios. Malditos nervios. Suelen comparar esta sensación con mariposas en el estómago. Es imposible que sean mariposas. Se parece más a la sensación de tener cocodrilos. Cocodrilos que juegan a los bolos y hacen picnics en su esófago.

Ya han llegado. ¿Qué? ¿Cómo es posible? ¿Si miras el ordenador el tiempo decide estancarse, pero si piensas en cocodrilos con cestitas de mimbre y sombreritos blancos acelera? 

Tal vez si se da la vuelta rápido pueda despistar a Inma. Ella es más bajita y rápida. Claro que conociéndola, se tropezará y caerá al suelo, con lo que no solo tendrá que entrar sino que lo hará con un aspecto espantoso.

Al fin entran. Las manos de Lucía tiemblan, o por lo menos eso le parece. Agarra el bolso fuertemente con ambas manos intentando disimularlo.

¾    Mira, ahí está.
¾    Pero disimula que te puede ver.
¾    Claro, eso es lo que pretendemos, que te vea.
¾    Pero así no. Podría pensar que estoy acosándolo.
¾    Es que un poquito si estás haciéndolo. Pero no te preocupes hace setenta años era así como se ligaba. Mi abuelo esperó durante días a la puerta de la casa de mis bisabuelos para ver a la que sería su mujer. Y todavía hay quien piensa que eso es romántico.
¾    ¿Y esa es la historia que le explicarás cuando saque el móvil para llamar a la policía?
¾    Anda. Vamos a sentarnos.
¾    ¿A dónde vas?
¾    A que les preguntes si podemos sentarnos con ellos.
¾    Esa no era la idea.
¾    Ahora lo es.
Inma se dirige a una mesa donde hay sentados un grupo de oficinistas.
¾    Vuelve aquí –susurra Lucía.
Su amiga finge no oírla. La distancia se hace más grande. Siente que allí parada en medio del restaurante parece una idiota y da dos zancadas y la alcanza. Su amiga la empuja para que hable. Los de la mesa levantan la vista hacia ellas dos y el tiempo comienza de nuevo a pasar lentamente.
¾    Perdonad. ¿Podemos sentarnos con vosotros?

Lucía desea desaparecer ¿Cómo ha podido preguntarles eso? Los chicos se miran. Seguro que se están preguntando como librarse de esas locas, piensa. Ellos sonríen.

¾    Claro, sentaos.

No es una gran victoria. No es un hecho que pasará a la historia, y ni siquiera es relevante. Pero Inma sabe que para una chica tímida como su amiga supone un gran triunfo y lo va a recordar.


Relato 5 de Nunila Rabadán


Recambios

En la tienda todo está tranquilo. Es una sucursal igual a las demás. La pared es de cristal, convirtiéndola así por completo en el escaparate. La puerta, a la que se accede por una pequeña rampa, también es de cristal. El mostrador está pegado a la pared dejando un pequeño espacio para la dependienta. El espacio es tan pequeño que debe estar todo el tiempo de pie. En el resto de la tienda no hay nada. Las paredes son blancas y no contienen ningún adorno. Únicamente en una de ellas hay dibujado en negro el logotipo de la empresa.

Las horas muertas se interrumpen cuando la puerta se abre y entra un hombre corriente. Viene mirando un papel y mira a todos lados. Se dirige a la señorita de detrás del mostrador, quien está hablando por unos auriculares al móvil mientras masca un chicle.

¾    Buenos días.
¾    Buenos días ¿qué deseaba?
¾    Buscaba un corazón nuevo.
¾    Bien. ¿Qué modelo quería?
¾    ¿Perdone?
¾    El modelo. Debe decirme el modelo que busca.
¾    Pues la verdad, no sabría decirle. Es la primera vez que lo cambio. Hasta hace unos meses conservaba el original en su propio embalaje. Incluso le había dejado ese plastiquito transparente y fino que traen, como el de los relojes y las pantallas de los móviles. Un amigo me dijo que debía quitárselo de una vez. Que así no podía salir a la calle. Así que lo desenvolví. Al principio todo fue muy bien. Tenía un brillo mayor al que le había visto nunca. Pero al poco me preocupé cuando vi que tenía un pequeño arañazo en su superficie. Esto empezó a obsesionarme pero cuando lo conté se rieron.
¾    Es lógico todos un pequeño arañazo no le hace perder funcionabilidad.
¾    Exacto, así que despreocupé. Con el paso de los días fue haciéndose otros golpes pero ya no les prestaba atención. Para serle sincero, no sé de donde han salido la mayoría de los arañazos. Sé que me hice uno cuando compraba el pan y otro en mi viaje a Valencia el verano pasado. Pero hace cosa de un mes se me calló al suelo y se hizo un gran rallón en medio que impedía ver lo que había dentro.
¾    Ya veo. Enséñemelo, pero por lo que dice, no tiene solución. Le saldrá más caro cambiarle la pantalla que comprarse uno nuevo.
¾    Por eso mismo lo he tirado al rio.
¾    No es así como deben reciclarse los corazones. Se está hablando de aprobar una ley municipal que multe a quien haga eso. Ha habido varías intoxicaciones. Los corazones le sientan mal a los peces. Les producen un hipo horroroso.
¾    No sabía que fuesen tan contaminantes.
¾    Más que las pilas. Y más difíciles de reciclar. Bueno a lo que íbamos ¿no tiene ningún dato sobre el modelo que podría ser?
¾    Tal vez si viera una foto… ¿no tiene por ahí ningún catalogo?
¾    Por supuesto, pero en el catálogo hay más de 200 tipos y ni siquiera están todos. Además, vienen recogidos por modelo, tamaño, y año de fabricación. No por fotos.
¾    No sabía que fuese tan difícil.
¾    Por supuesto, es más complicado que remplazar la aguja de un tocadiscos.
¾    Ya veo.  Entonces creo que intentaré recuperarlo.


La señorita no contesta, de nuevo ha centrado su atención en el móvil, y el hombre sale por la puerta con aire apesadumbrado.
Mientras camina por la calle, ve un cartel casero que alguien a pegado en la pared “Se liberan corazones. Podemos proporcionarle todo tipo de corazones. Llámenos”. El hombre coge una de las tiras del cartel que contienen el número de teléfono del dueño del cartel, se lo guarda en el bolsillo y prosigue su camino. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Relato 8 de Nunila Rabadán


El terciopelo y la seda no combinan bien
            
Realmente hacía un día estupendo. ¡Un maldito día perfecto de primavera! Resultaba odioso que hasta aquello le saliese mal. Incluso el clima estaba en contra suya. La gente estaba feliz, paseaban con sus hijos, reían...

¾     Como vea a alguien cantar juro que le golpeo -murmuró para sí misma.

Torció varias veces hasta encontrar una serie de callejuelas. A pesar de estar limpias, las estrechas calles poseían un continuo aspecto de suciedad, como si el espíritu de siglos enteros en los cuales se arrojaban desperdicios por las ventanas se hubiese impregnado en ellas y estas lo hubiesen asumido.
Al ver una pequeña taberna paró en seco. Ya estaba lo suficientemente cerca. No había necesidad de regodearse en aquello. Lo mejor sería esperar allí mismo tomando algo. Para asegurarse decidió preguntar al camarero.

¾    Disculpe ¿desde aquí se oyen las campanadas de la iglesia?
¾    ¿Por qué? ¿Le molestan?
¾    No. Simplemente quiero saber si se oyen.
¾    ¡Ah! Menos mal porque a nosotros nos encanta que suenen. Así me ahorro el dinero en relojes. Pero el lado malo es que el jefe siempre puede saber si uno llega tarde…


Por primera vez en su vida no tenía ganas de charlar, así que dejó que el camarero continuase la conversación él solo hasta que se hartase.
¡Vaya! Diez minutos y seguía hablando. ¿Qué estaba diciendo ahora? “…distancia…dudosa…caballos…nervios…Los Diez Mandamientos…” No podía concentrarse en la conversación de este hombre, su tono monocorde le aburría, y su plan de dejarle hablar hasta que se hartase tenía una laguna. No había contado con que el odioso camarero era una de esas personas que no exigía necesariamente un interlocutor para una conversación. Ahora comenzaba a comprender a sus amigos y sus instintos homicidas cuando ella no paraba de hablar.


¾     …Por lo que se están extinguiendo.
¾     El Tráigame una cerveza negra. –interrumpió de manera cortante. El camarero la miro unos instantes sin comprender a que se refería, como si de repente la taberna no fuese una taberna sino que a lo largo de la conversación se hubiese transformado en el salón de su casa y ella en su prima la del pueblo a la que hacia meses que no veía. Tardó unos instantes en recuperarse, pero al fin se marchó.

¿Quien en su sano juicio hacia caso a una vidente? Era ridículo. Ella era una escéptica convencida desde niña, no creía en rituales ni en el destino. Pero claro, cuando aquella mujer se giró hacia ella tras la consulta de su amiga…

¾    El pozo en el que te encuentras es hondo. Pero no te preocupes una parte de tu pasado te está localizando.
¾    ¿Qué dice? ¿Me está amenazando? Ya le he dicho que no lo he roto queriendo. Pero una “vidente” debe suponer que si pone un objeto delicado al lado de una ventana, hay muchas posibilidades de que alguien lo tire cuando la vaya a abrir.  
¾    No es eso. Te está haciendo una predicción.
¾    Pues no le pienso pagar para que me diga esas cosas. Parece que habla un GPS.
¾    Debes dejar de intentar tener el control. Cuando aceptes el destino, al oír sus campanadas, es posible que el pasado que te ha estado esperando pueda por fin alcanzarte.

No había entendido nada, pero después de darle muchas vueltas su amiga dedujo que debía ir a la iglesia y ver por ella misma como se casaba aquella maldita rata. Ella no lo veía claro, así que lo reinterpretó. En verdad tan sólo debía oír las campanas, así que no hacia falta que fuese hasta allí. Era trampa y lo sabía, pero llevaba toda la vida haciéndose trampa a ella misma y este hecho no iba a cambiar ahora. Además, fue él quien le enseñó a encontrar el ardid adecuado para cada situación.


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Tenía demasiadas cosas en la cabeza. Los negocios no iban bien últimamente, y sabía que el único culpable de ello era él mismo. Era demasiada la presión que tenía en ese momento y los preparativos de la boda no es que ayudasen demasiado. Su novia era encantadora, pero cada vez más a menudo parecía que en medio de sus conversaciones él empezará a hablar en otro idioma. Ella sonreía de esa forma que parecía decir “voy por un bozal para que no muerdas las paredes que las acaban de pintar”. Pero hoy terminaría todo. Tendría que aguantar a la familia y demás, pero al final del día todo habría terminado y podría volver a la normalidad. O por lo menos eso esperaba.

Maldita cría. Todo era culpa suya. Se había largado sin decir nada.  Simplemente había desaparecido, y un tiempo después se había enterado de que había transferido su parte del negocio a su socio convirtiendo así a este, en el mayor accionista. No es que la relación con su socio hubiese cambiado en absoluto, pero no le gustaba sentirse bajo el yugo de nadie. Atado. Tener que someterse a otras voluntades. En la práctica seguía siendo él quien decidía cuando, como y qué vender, pero... saber que existía la más mínima posibilidad de que le dijeran que no a algo que él había decidido, le había impedido durante meses poder concentrarse. Por qué era eso ¿verdad? ¿No había otro motivo? No. Debía ser eso.
Curiosamente para no gustarle sentirse atado, en menos de una hora iba a estarlo de por vida. Otra vez ese nudo en la boca. Necesitaba beber algo.

No tenía ganas de ver en ese momento a nadie, por lo que decidió ir por la parte del servicio del hotel. Paso la puerta blanca que había medio oculta al final del pasillo de los huéspedes, y comenzó a andar. El problema era que por allí era difícil encontrar el camino hasta el bar. Continuó caminando y pasó por delante de una puerta abierta que daba a un gran salón. Al oír voces retrocedió.
¾    Me debes pasta.
¾    Todavía no se ha casado. La apuesta termina cuando el viejo les suelte el sermón.
¾    Ya no falta nada. En nos minutos iremos a la iglesia. Si me das ya el dinero podremos emborracharnos antes de la ceremonia y así nos libraremos de ese tostón.
¾    Seguro que tu mujer e hijas estarán encantadas de ver el hilillo de babas que se te cae por la barba durante la ceremonia.
Eran sus amigos. Hablaban de una apuesta. ¿Una apuesta sobre él? Que curioso él era siempre el que hacía apuestas sobre cualquier tema. Decidió escuchar. Siempre había tiempo para obtener información que podría resultar útil. Y en verdad, a él, toda la información acababa resultándole útil.

¾    Es increíble que lo vaya a hacer.
¾    Yo no lo veo tan raro.
¾    ¿Cómo que no? Si cuando te prometiste organizó un velatorio. Cada vez que pasábamos delante de una iglesia le salía una erupción, y aquella vez …
¾    Ya. Ya lo sé, pero creía que acabaría cayendo. Aunque no imaginaba que sería por la rubia.
¾    ¡Ah! Sé lo que dices. Yo también pensé que si alguien le liaba alguna vez sería la niña.
¾    No es porque sea como mi hermana, pero desde que nos conocimos no se había separado de él. Al principio por desconfianza. Recuerdo como decía que no le gustaba nada su cara de rata y su manera de mover tanto las manos, siempre andaba a hurtadillas vigilándole no fuese a robarnos algo.
¾    Creía que después de tantos años estaba todo aclarado. Hace quince años que no han estado separados más de una semana.
¾    Parece ser que estábamos todos confundidos. Siempre pensé que era más listo.
Un ruido sonó en el pasillo. Un extraño sonido, como de un gato al que le han pisado la cola. ¿De donde vendría? Era él. Él mismo lo había hecho. No sabía que era peor, haber cometido un error tan infantil que ponía en entredicho sus dotes de espía, que sus amigos opinasen eso o…
¾    ¿Eso es lo que pensáis? ¿Lo que pensáis todos?
¾    Pues la verdad es que sí. ¡Oye! ¿A dónde vas?
¾    Yo…lo siento, pero no puedo decepcionarla. Otra vez no.


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Era ridículo. Debería irse. Miró la jarra de cerveza que el odioso camarero había tardado tanto en servirle. Cerveza negra. La espuma no se había inmutado desde que se había asentado. Era lo bueno de la cerveza negra. Le gustaba la isla de espuma que formaba después de reposar. No era como la voluble cerveza rubia, cuya espuma iba perdiendo intensidad y grosor con el tiempo. No. La cerveza negra era estable. La gente debería clasificarse de  esa manera, en segura cerveza negra o frívola cerveza rubia. Durante esta reflexión no había visto como un hombre se había acercado hasta su mesa. Cuando se dio cuenta y el extraño individuo de gafas ya estaba lo suficientemente cerca para notar su peste a alcohol y sudor.

¾    Hola gatita ¿quieres compañía?
¾    No.
¾    Vamos no te hagas la dura, soy muy cariñoso.
¾    Mire, suelo ser muy amable. Generalmente encontraría alguna manera de librarme de usted sin recurrir a la violencia física o verbal, pero no estoy teniendo un buen dia, así que por su propia seguridad, aléjese.
¾    Yo puedo mejorar tu día.
¾    Sólo si un camión le atropella.
¾    Te gusta hacerte la dura ¿verdad?
¾    Es la última vez que se lo advierto. Déjeme en paz. –Algo en su mirada debió indicarle que hablaba en serio porque se alejó.
Al quedarse de nuevo sola, enterró su cabeza entre sus brazos en el mismo gesto infantil que hacía cuando era niña, esperando a que alguien le preguntase que le ocurría. Sintió como alguien arrastraba la silla frente a ella y se sentaba.

¾    Le he dicho que me deje en paz. –No levantó la cabeza al hablar para intentar contener su creciente ira.
¾    ¡Vaya! Veo que estás de buen humor –le respondió el hombre frente a ella. Esa voz…Conocía esa voz, y no era la del borracho. Cuando esa voz se emborrachaba era igual de clara que ahora. Era difícil distinguir que había bebido. A ella le había costado años hacerlo. Por fin levantó la cabeza y miró a quien se encontraba frente a ella. La ropa de este individuo desentonaba en aquel lugar- Seguro que es porque tienes hambre. Siempre te pones de mal humor cuando no comes.
¾    ¿Qué narices haces tú aquí?
¾    Voy a pedir algo. ¿Qué te apetece?
¾    No quiero nada. Me duele el estomago.
¾    ¿Otra vez? Deberías mirártelo, se está convirtiendo en algo crónico.
¾    Es la primera vez desde hace meses que me pasa. Y tras esa interesante conversación sobre mi salud, deberías irte. Vas a llegar tarde.
¾    En realidad ya llego muy tarde. Pero no creo que se enfaden por eso.
¾    ¿Por qué no? ¡Ah! Claro, porque eres maravilloso y nadie puede enfadarse contigo.
¾    No. Más bien porque creo que se enfadarán más cuando vean que no aparezco.
¾    ¿Qué? ¿Co…como que no apareces? ¿No vas air?
¾    No.
¾    Pero…¿por qué?
¾    Bueno es que me he dado cuenta de que no me gustan las calas
¾    ¿Las calas?
¾    Son unas flores.
¾    Sé lo que son las calas ¿Has venido a decirme que no te gustan las calas?
¾    Si. No me gustan. Son unas flores estiradas. Tampoco me gusta el terciopelo. Ni la gente. No me gusta la mayoría de la gente. Ni llevar siempre la razón. Bueno, si me gusta llevar la razón, pero no que me la den porque si. Es raro y probablemente insano.
¾    Sí, lo es.
¾    Lo sé, pero me da igual porque me encanta. Me gusta discutir por todo, y sobretodo me encanta discutir con gente inteligente. Y tú eres la persona más inteligente que conozco.
¾    ¿Y ahora te das cuenta? No eres tan listo como te crees.
¾    Bueno, nadie lo es.
Las campanas de la iglesia sonaron en ese momento acallando su conversación. Con cada campanada un recuerdo doloroso desaparecía de la mente de la chica. El primero en irse apenas llevaba unos instantes, escapó en forma de una lágrima aislada. Al ver que no sucedía nada. Que ahora podían escapar, el resto de recuerdos también se aventuraron a irse. Cada vez con más valor se iban antes y empezaron a acumularse. Saltaban desde sus oídos o se deslizaban por su pelo. Cualquier medio era valido para huir. El último en abandonar aquel largo cautiverio fue el más doloroso. El que había conseguido penetrar más profundamente, pero lentamente y coincidiendo con la última campanada desapareció. La evasión había concluido.

¾    Deberíamos irnos. Llamas la atención en un antro como este así vestido.
¾    A mi no me importa. Siempre he sido un hombre elegante y sabes que me encanta llamar la atención –replicó con su media sonrisa, haciéndola sonreir.
¾    ¡Vaya! La veo más animada señorita –señaló el camarero acercándose alegre - ¿Les sirvo algo más?
¾    Lo mejor será que nos traiga la carta, me muero de hambre.
¾    Enseguida vuelvo.
¾    No sabía que frecuentases tanto este sitio.
¾    No lo hago. Simplemente, es un camarero muy simpático.


Relato 9 de VALME PEREA

LO HARÉ
Llevaba divorciada tres meses. Pero me seguía viendo con el, y acostándonos juntos. Estando casados no fuimos padres…El quería por todos los medios ser padre. Pero yo puse mil métodos para no quedarme. Era muy joven todavía y no quería y punto. Aunque nos siguiéramos viendo, dejé de utilizar medios. Se me retrasaba el periodo menstrual.
Entré en la primera farmacia que me encontré camino a casa y compré un test de embarazo. No podía esperar a llegar a casa. Entré en el ambulatorio que me cogía de camino y me metí en el cuarto de baño. Efectivamente. Test positivo. Estaba embarazada. Recién divorciada. Y para rematar la cuestión parada. Vivía sola pagando una hipoteca y gastos, y trabajando en lo que me salía.
No le dije nada a el. No iba a volver con el. No me trató bien en nuestro matrimonio.
Me fui a casa, me encerré en mi habitación y me puse a llorar. Me pasé horas y horas y días encerrada en casa sin salir, llorando. Y repitiéndome una y otra vez por qué me tenía que pasar esto a mi.
Me acariciaba la barriga y me miraba en el espejo de perfil. Busqué en internet toda la información referente al embarazo, y al aborto, también.
Lloraba. Me metía en la ducha y lloraba. No lo sabía nadie. Solo yo. No pude decírselo a nadie. No tuve el valor. Aún no se notaba.
Decidí ir a una clínica donde practicaban el aborto. Era legal, antes de los tres meses de gestación.
Entré en la clínica y me acerqué al mostrador.
-Hola, buenos días, quería coger cita para que me viera el médico –dije-.
-Si, pase a la sala de espera hasta que la avisemos. Hay un hueco libre. –dijo la chica.
Pasé y esperé. Aunque no fueron más de diez minutos.
-Puedes pasar. Última puerta a la derecha –dijo la chica del mostrador.
Me dirigí hacia allá. Dentro había una doctora.
-Buenos días, Sonia Acebedo, psicóloga y ginecóloga del centro –dijo, y me estrechó su mano-. Siéntate, por favor.
-Yo soy Rosa…Pues verá –dije, y me quedé callada -. No se por dónde empezar, aparte de que estoy embarazada.
-Tranquila.
-Es usted la primera en saberlo. Hace unos días me hice la prueba. Estoy embarazada de mi ex marido. Hace tres meses nos divorciamos y ya no hay marcha atrás. Me divorcié por malos tratos. El me vejaba y me maltraba psicológicamente hasta que me anuló como persona por completo. Lo raro es que solo durante nuestro matrimonio. Antes y después me trató siempre bien. Lo peor de todo esto es que me seguía acostando con el. Yo no quiero estar con el. El no sabe que estoy embarazada, ni mi familia tampoco –le dije, y no pude contener las lágrimas-. Vivo sola y estoy desempleada.
-Tranquila –dijo de nuevo-. Vamos a pasar a la otra sala. Te haré una ecografía.
Pasamos a la otra sala. Había una enfermera. Me subí a la camilla. Y me hizo la ecografía.
-Efectivamente, Rosa. Estás embarazada de seis semanas. Y ahora es muy, muy pequeñito –me dijo- mira.
Y miré el monitor.
De nuevo, en su despacho, estuvimos hablando.
-¿Qué debo hacer ahora? –le pregunté.
-La decisión es solo tuya y de nadie más. Tu eres responsable del ser que llevas dentro y tu tomas la decisión. Nadie te puede ayudar. De todos modos debes ir a tu médico de cabecera y que te vea lo antes posible –me dijo ella.
-Muchas gracias doctora. Ahora me siento mucho mejor. ¿Cuánto le debo por la consulta? –le pregunté.
-Nada. Te acompaño. Tranquila Rosa. Todo va a ir bien –me dijo cogiéndome de la mano fuertemente- Ana, lo de Rosa...-y le hizo un gesto con las manos a la chica del mostrador.

Llegué a casa y llamé a mi hermana. Quedé con ella en un bar de tapas de la ciudad.
-¿Qué te pasa estás muy delgada? ¿No comes? –me dijo.
-¿Delgada? Bueno, por el disgusto tan grande que tengo quizás, pero no. Debería estar más gordita…. –le dije- Marta, estoy embarazada.
-¿Qué? ¿De quién? ¿Estás con alguien?
-De Pedro. No he dejado de verlo desde que nos divorciamos.
-¿Vas a volver con el después de todo lo que te ha hecho?
-No.
-¿Cómo has podido caer?
-No lo sé. El no lo sabe. Solo lo sabes tú y una doctora de una clínica privada a la que fui esta mañana. Estoy de seis semanas.
Le conté toda la historia desde que compré el test de embarazo, bueno más bien, desde mi divorcio.
-Mamá tendría que saberlo –me dijo.
-No se si debiera. No lo iba a entender.
-Haz lo que quieras, pero me dijo que algo te tenía que pasar porque llevabas días sin aparecer por casa y sin dar señales de vida.
-Ya, es que no tengo ganas de nada. No se qué voy a hacer con esto.
-¿A qué te refieres?
-Pues no se si abortar.
-Hija, en vaya follón estás metida. No se ni siquiera si alegrarme o no, con la carita de pena que tienes. ¿Abortar? Suena un poco fuerte. No se, piénsalo –me dijo- y hagas lo que hagas, tanto si decides seguir adelante con ello como si no, cuenta conmigo.
Nos dimos un abrazó. Se le saltaron las lágrimas, y a mí también.

A los pocos días me llamó mi madre por teléfono.
-Hija, ¿cómo estás?, ya no te voy por casa.
-Si, mamá es que ando un poco liada.
-Pues vente hoy a comer ¿quieres?
-Si, mamá luego nos vemos. Un beso –y colgué.
Fui a casa a comer. Comí con mi familia. Y hablé con mamá. Se lo conté. Le pedí que no le dijera nada a papá.
-Debes abortar, hija –me dijo-. No estaría bien visto que tuvieras un hijo Pedro, además te maltrataba, hija, como has podido…Además, todavía eres muy joven para rehacer tu vida con otra persona y tener hijos cuando tengas una relación de verdad. Un hijo son muchos problemas hoy en día, y para traerlo al mundo tu sola….
-Si, mamá, no me digas más nada…No quiero hablar más.

Pasaron un par de semanas más. Tenía preparados en casa los papeles para abortar. La fecha y hora de la citación. Era ya ese día. Maldije el día que me quedé embarazada una y otra vez. No lloré jamás tanto en mi vida.
Mamá y mi hermana vinieron a recogerme en coche para llevarme a la clínica. Estaba ya casi de doce semanas. Aunque el trayecto a la clínica fue de unos cincuenta kilómetros, se hicieron muy cortos. Aparcamos, y fuimos andando. Entramos y entregué los papeles en el mostrador. Me salí para afuera corriendo. Mamá y mi hermana salieron detrás de mi.
-No puedo hacerlo mamá. No puedo.