Alguno de vosotros (no muy ducho, por lo que se ve) entró en nuestro blog por blogger y lo ha asociado a su cuenta que es marcantmafe@gmail.com

Ahora mismo hay que meter como nombre de la cuenta ese correo y como clave la misma que os di en clase.

jueves, 31 de mayo de 2012

-Relato 6 de Eva María Torres de los Santos


FRÍO

Alfonso coge su bufanda del perchero de la oficina y la enrolla alrededor de su cuello. Luego coge el abrigo, se lo pone y se abrocha hasta el último botón.  Sale a la calle. El termómetro de una farmacia marca menos dos grados.  Junta las manos, se las frota y las intenta calentar con su aliento, un aliento que se convierte en un vaho helado que no llega a rozar las manos.
El camino que separa la oficina dónde trabaja de su casa es tan corto que se puede hacer andando y no tardar más de cinco minutos. Vive en pleno centro de la ciudad y la oficina tiene la misma ubicación estratégica solo que unas calles más atrás.
Son las nueve de la noche, parece que va a empezar a nevar porque del cielo cae una diminuta lluvia blanquecina.  Si llega a nevar, sería la primera nevada del año.
Como es principios de diciembre las calles ya están iluminadas con el decorado navideño de cada año y se nota en el ambiente ese bullicio de compradores que empiezan a trastear las tiendas en busca de los primeros regalos.
Alfonso se cruza con varias estatuas humanas. Se detiene frente a una mujer vestida de otra época que, agachada, parece frotar un suelo que no existe. Le echa unas monedas y continúa su camino. La mujer empieza a frotar sin levantar las rodillas del suelo.
Al llegar a su casa, Alfonso se encuentra con un indigente en la puerta. Es un hombre de mediana estatura, de entre treinta o cuarenta años. No se puede precisar más la edad porque la cara a penas se le ve. El pelo le cae por la cara enredado y casi le llega a los hombros.  Tiene una barba de semanas.
Lleva una camisa de a cuadros y un pantalón que deben ser, de al menos, una talla más que la suya. Está famélico y desprende un hedor insoportable.
Al ver llegar a Alfonso, sonríe y se le acerca diciéndole apresuradamente mientras lo abraza:
-Yo te la doy. Si la queréis, si todavía os hace falta, yo te la doy.
-¿Qué está diciendo? –le responde Alfonso librándose de él de un empujón.
-Que te la doy.
-Disculpe. Ha bebido ¿verdad?
-Claro hombre, ¿Cómo si no iba a soportar yo, en la calle, este maldito frío? Un trago  de wisky nada más eh, es bueno para la garganta. Se lo prometo. Uno, bueno dos. Palabra, por mi santa madre, que en paz descanse.
-Mire, ahora mismo se larga de mi casa. No lo quiero volver a ver por aquí, de lo contrario, llamaré a la policía.
-No hombre, no haga eso y no estoy en su casa, estoy en la calle. No se enfade conmigo, si yo solo quiero dársela, hoy mismo me han dicho que la mía sirve y fíjese usted, a estas alturas de la vida, yo que creía ya que no servía para nada y ahora si que sirvo. No más le pido un favorcito, déjeme dormir unos días en su casa.  No digo yo dentro en una habitación hombre, que uno es mugroso, pero no tonto. Déjeme que me acople ahí en un huequito en su zaguán. ¿Tiene zaguán?Es que yo soy de pueblo y estoy acostumbrado a que las casas tengan zaguán pero también me vale un patio techado o algún hueco que no esté al intemperie. Yo pongo unos cartones y ni me siento eh, me la paso calladito. Y si me da usted por las mañanas el periódico después de leerlo en eso que me entretengo y luego me da el apaño. ¿Sabe usted? Solo unos días eh, que no quiero abusar, Lo que pasa es que tengo un maldito resfriado que no se me cura. Claro en la calle, cómo se le van a curar a uno los males. Me duelen las costillas de tanto estornudar. ¿No ve la que está cayendo? Pues eso no es nada, seguro que mañana amanece todo nevado.
-Pero, ¿Se ha vuelto loco o me está tomando el pelo?
-No me está usted entendiendo, mire hombre, yo conozco a su hijo. Lo veo pasar todos los días, cuando va al colegio de la mano de su madre, cuando vuelve, cuando lo sacan al parque... Se le ve buen chaval. Muchas veces me echa algunos céntimos, ¡figúrese, a su edad y ya con dinero! En mis tiempos eso no pasaba. Lo ahorrará del dinero que le darán para que se compre chucherías ¿verdad?  A él no le doy miedo, se acerca despacito a dónde estoy me echa su dinerito en silencio. Debe ser el único niño del barrio que no me tiene miedo y yo no sé por qué, si uno no se mueve de sus cartones ni para decir esta boca es mía… Pero su hijo no es como todos, su hijo no me tiene miedo. Seguro que si un día le hablo hasta me responde y luego…
-Espere, ¿Me está usted amenazando?
-Por favor, no hombre, ¡Qué dice usted! Es que no me está entendiendo. Ahora no caigo, ¿Cómo le dicen a eso? Uno es burro hasta para acordarse de esos nombrecitos, pero lo que usted quiere, que yo se lo doy. El otro día lo vi en  los periódicos…
El mendigo se acerca a Alfonso a la par que va hablando.
Alfonso levanta el brazo derecho con la palma extendida en posición desafiante.
-No se me vuelva a acercar que todavía la vamos a tener. Mire, si mañana cuando salga a la calle lo veo aquí yo mismo lo llevo a la policía. Y si le toca un pelo a mi mujer o a mi hijo… Mire, no sabe de lo que soy capaz.
Alfonso entra en su casa sin dar tiempo a que el mendigo responda. Cierra de un portazo y desde fuera se oyen correr dos pestillos.
El mendigo aporrea la puerta y grita:
- Pero hombre, por favor, ¡Qué se me van a congelar los huesos!


Carmen prepara la cena canturreando las canciones que escucha en la radio de la cocina. Tiene puesta la emisora M80 radio. Es su preferida, la escucha en el coche, en casa y hasta en el ordenador por las mañanas cuando mira los emails o paga las facturas.
Abre el horno y comprueba que la lasaña está lista. Va al frigorífico y saca una bolsita de queso rallado. Vierte una cantidad generosa sobre la capa de bechamel de la lasaña y la vuelve a meter en el horno. Le da cinco minutos más en modo grill para gratinar el queso.
En la radio empieza a sonar Holding out for a hero de Bonnie Tyler. Carmen se acerca a la radio y sube el volumen. Luego coge un bol con ensalada y lo rocía con vinagre de Módena.  Mueve insistentemente la ensalada para mezclar bien los condimentos y lleva el bol a la mesa del comedor.  Allí se encuentra con Alfonso.
-Cariño, no te había oído entrar.- le dice Carmen casi sin mirarlo.
Alfonso se acerca y le propina un beso en la comisura de los labios.
-Cariño, no te enfades pero…¿Se puede saber a qué hueles?
-¿Tanto se me ha pegado el olor? Pensé que era obsesión mía. Dios, ¡Si que huelo mal! Esto es de ahora mismo, no te vas a creer lo que me acaba de pasar. Resulta que cuando llego a casa me encuentro…
La alarma del horno suena insistentemente.
-¡La lasaña! – grita Carmen corriendo hacia la cocina.
Alfonso la sigue, aunque se queda en la puerta de la cocina sin entrar apoyado sobre un hombro.
-¿Has hecho lasaña para cenar?
-Sí y tu ensalada preferida y he comprado una botella del rosado que tanto te gusta.
-Pero bueno Carmen,  ¿Y este festín? ¿Celebramos algo?
-Sí, cariño tengo que darte una buena noticia.
-Dime, ¿Qué ocurre?
-Ah no, ahora no. Mejor date una ducha, que falta te hace y puede que te lo cuente en el postre o quizás espero a mañana cuando esté Carlitos en casa.
-¿Cómo? ¿No esta aquí? ¿Se puede saber dónde está?
-Tranquilo, hoy lo llevé a casa de mis padres para que lo vieran un rato. Por la tarde se puso a jugar con sus primos y no quería volver. Así que me fui y mi madre dijo que me lo traería por la noche, pero al parecer tantas emociones lo han dejado rendido y se quedó dormido al rato. Mi madre llamó hace  media hora, no quería despertarlo y que cogiera frío al traerlo. Le dije que lo mejor sería que durmiera con ellos esta noche.
-No me gusta que duerma fuera, lo sabes Carmen.
-Son mis padres, no le va a pasar nada.
-¿Cómo ha estado hoy?
-Bien, cariño, bien. Le tomé la temperatura antes de venirme, no tenía fiebre y en el almuerzo comió mucho. Es más, dice mi madre que ha sido el que mas guerra ha dado de todos los primos. La traían loca y ella encantada, ya lo sabes. Manuel, el pequeño de mi hermano también se ha quedado a dormir. Los niños son así, culo veo, culo quiero.
-Podrías haber ido tú a recogerlo en el coche ahora.
-¿Y despertarlo tontamente? Además cariño ¿Dónde voy a encontrar yo aparcamiento a estas horas en pleno centro de la ciudad? Al final tendría que andar con él en brazos un buen trecho, ¡Con el frío que hace! Han dicho en la televisión que esta noche va a nevar.
-Ya…
-No te preocupes tanto, va a estar bien. Es un niño, tiene derecho a hacer cosas de niño. Es más…- dice Carmen bajando poco a poco el tono hasta conseguir una voz melosa- Tú y yo somos una pareja, no estaría mal tampoco que hiciéramos cosas de pareja. ¿Cuánto hace que no estamos una noche los dos solos? No he planeado esto, de verdad que no, solo quería celebrar con una buena cena pero reconozco que la idea de pasar una noche tú y yo, solos, no me ha molestado en absoluto.
-Está bien, voy a darme esa ducha y cenamos.
Mientras Alfonso se ducha Carmen saca la vajilla buena y prepara la mesa con dos cubiertos. Trae la lasaña a la mesa y la botella de vino. Sube un par de grados la calefacción. Cuando comprueba que está todo listo va a su habitación y se pone un vestido negro, no demasiado elegante pero sí sugerente. Tiene un escote pronunciado y a penas le cubre los muslos hasta la mitad. Finalmente coge de la cómoda un frasco de perfume y se echa unas gotas en el cuello y en las muñecas.
Al salir de su habitación se encuentra con Alfonso sentado a la mesa esperándola.
-Cariño, ¿Ya te has puesto el pijama?
-Claro, son casi de las diez. No voy a salir.
-La mitad de los días no te pones pijama para dormir y hoy te lo tenías que poner.
-Hace frío, Carmen. Hoy voy a dormir con pijama. Pero si tanto te molesta voy a cambiarme. Yo no sabía que tenía que vestirme de algún modo especial para cenar.
-Normalmente no, pero hoy era una cena especial.
-Ya veo y por eso has estrenado un vestido.
-No lo estoy estrenando, me lo he puse no hace mucho, pero nunca te fijas en nada.
-Pues estaría ciego aquel día porque ese vestido te queda de muerte. Voy a cambiarme para que no desluzcas vestida así y yo en pijama.
-No. Déjalo. No importa.
Alfonso se levanta de la mesa. Atrapa por la cintura a Carmen y le susurra al oído:
-En serio, estás preciosa.
A Carmen se le sonrojan las mejillas automáticamente y lo aparta con la mano.
-Eres un adulador y un mentiroso, por eso me casé contigo. Vamos a cenar, anda.
Cenan sin prisa. Rememoran anécdotas del pasado y de cuando eran novios.
Se sonríen como quinceañeros. Alfonso juega varias veces acariciando una pierna de Carmen. Se recrea en el muslo y baja hasta la rodilla haciendo movimientos circulares.
La botella de vino se termina pronto y Carmen tiene que ir a la cocina a por otra.
-No es tu preferido, pero nos servirá. ¿No crees?
Beben una copa y otra y otra más.
Tras haber dado buena cuenta de la lasaña y la ensalada, ambos se tumban en el sofá con las copas a medio llenar en la mano y la última botella de vino cerca.
-Dijiste que después del postre me darías una buena noticia pero yo no veo que saques ningún postre.
-¿Aún no sabes cual es el postre, cariño?
Carmen le guiña un ojo, se levanta, coge la botella de vino, su copa y la de Alfonso y se va a la habitación
-Ya veo que tendré que ir a la cama a por mi postre.
Hacen el amor pausadamente. Sin prisas, al igual que han comido exploran cada pliegue de la piel el uno del otro como si fuera la primera vez que yacen juntos.Terminan abrazados y hablando, ahora ya con mas lucidez como si el desahogo les hubiera bajado de golpe el alcohol en sangre.
-¿Y mi buena noticia? ¿La sorpresa?
-Preferiría dártela con Carlitos delante. Creo que querrías tenerlo delante cuando te lo diga.
-Quieres decir que…
-Sí. Aún no me lo creo, es casi un milagro. Me llamaron esta tarde del hospital cuando estaba en casa de mis padres. Han encontrado un donante de médula compatible.
-¿Tus padres lo han sabido antes que yo?
-No te enfades, cariño. Lo saben porque casualmente estaban delante cuando me llamaron. Se pusieron locos de contentos, como pensé que te pondrías tú.
-Y lo estoy, claro que lo estoy. Ahora me gustaría que Carlitos estuviera aquí, sí, por supuesto. ¿Estás segura? ¿Es seguro todo? No quiero que nos ilusionemos de nuevo y al final…
-Esta vez es seguro. Me lo han confirmado.
-Entonces, ¿Un donante anónimo por fin compatible?
-Bueno anónimo… Al parecer es un indigente que vagaba por aquí cerca. No sé exactamente dónde pero dice que veía pasar a nuestro hijo todos los días y que nos vio en el periódico. ¿Has visto? Fue buena idea eso de aparecer en los medios.
-¿Qué? – dice Alfonso sentándose en el borde de la cama de espaldas a Carmen.
-¿Qué ocurre?
-¿Me estás diciendo que le va a dar la médula un vagabundo de la calle?
-¿Y qué mas da? Mientras sean compatible… El doctor me dijo que es un hombre que lleva poco tiempo en la calle, según le ha dicho. Resulta que vivía en un pueblo cerca pero llevaba un año sin trabajo y hace poco más de dos meses perdió la casa. Entonces, para no mendigar en su propio pueblo dónde lo conocía la gente, supongo que por dignidad o yo que sé, dice que se vino a la ciudad.
Estas cosas están muy controladas. Le han hecho pruebas. El doctor me dijo que el único problema que tiene es que está algo anémico porque solo come una vez al día en un comedor social. Tendría que recuperar fuerzas para donar, evidentemente. Por lo demás, no fuma. Además, no es tan mayor, no te imagines a un viejo de la calle, tiene un par de años menos que tú.
El doctor le recetó antibióticos para un resfriado mal curado. Otra cosa es que tenga para comprarse los medicamentos…
-No puede ser, no puede ser.
Alfonso se pone en pie, agarra el pantalón de su pijama que yace en el suelo de la habitación y se lo pone.
-¿Cómo que no?  Yo creo que deberíamos buscarlo y ayudarlo. Suena egoísta, lo sé,  pero de su salud depende la vida de Carlitos.
Cuando vine de casa de mis padres me di una vuelta por el barrio pero no lo encontré. De hecho, no sabría bien ni quien es, se que hay varios indigentes por la zona sin embargo soy incapaz de acordarme de sus caras. La verdad es que no me fijo.
Carlitos y su manía de echarle moneditas a todo el que encuentra por la calle… ¡Quien iba a decir que al final eso lo iba a salvar!
Yo en el fondo lo presentía, tenía fe en que tarde o temprano ocurriera algo que…
-Basta. Basta. Por favor, calla.
-¿Por qué? No entiendo nada.- sentencia Carmen incorporándose.
-Yo tampoco lo entendí. Dios mío, yo tampoco.
Alfonso abre el armario, saca un batín de algodón. Se lo enfunda rápidamente. Se agacha a mirar debajo de la cama y saca unas zapatillas. Se las pone. Sale de la habitación, atraviesa todo el pasillo que conduce al recibidor. En el recibidor toma aire, inspira y expira, inspira y expira.  Busca en el llavero la llave de la puerta. La encuentra. Corre un pestillo y a continuación el otro. Introduce la llave en la cerradura y abre la puerta.
El umbral de la casa está nevado, a Alfonso se le hunden las zapatillas. No hay nadie.
Alfonso corre hasta una esquina de la calle dónde tampoco hay nadie. Después, hace el camino inverso hacia la otra esquina. Nuevamente, no hay nadie. Anda unos pasos más hasta llegar a la puerta de un cajero de esos que no se abren si no es introduciendo la cartilla o la tarjeta de crédito. Fuera hay un lecho de cartones y un bulto envuelto en mantas y papel de periódico. Alfonso destapa un poco las mantas y pone sus dedos en el cuello. Está frío.
   

Relato 6 de Jara García Tocado

                                 ¡Ay, vaya por Dios!


Envío el relato al correo del profesor y lo cuelgo en https://consigna.us.es, con fecha de hoy y contraseña "relato6dejara".

-Relato 6 de Cristóbal Ruiz Cuadra

RETROSPECTIVA
por C. Ruiz


-¡No es posible que no esté a tiempo!¡He pedido que esté para mañana y debe estar para mañana! -No llegaba a golpear la mesa, pero la mano derecha de Manuel gesticuló enérgicamente, próxima al tablero-. ¡Desde luego, qué cierto es que el mejor trabajo es el que se hace uno mismo!
-No llevas razón, Manuel. Ayer mismo te pedí que nos aclarases si se iba o no a montar la exposición, y no supiste indicarme más que “esperabas órdenes” -dijo Carlos con voz calmada-. Sabes que un montaje de este tipo requiere al menos tres días; son las seis de la tarde de un viernes, la gente ya se ha marchado a casa y no es posible localizarlos.
-¡Me da igual!¡Llámalos, uno por uno!¡Y a quien no venga, dile que se atenga a las consecuencias! -Le volvió a dar una subida del color de la cara.
-Lo intentaré.
-¡No digas “lo intentaré”!¡Hazlo! -Y lo expulsó del despacho con un ademán, como quien espanta una mosca.
Carlos salió del despacho. Después de cerrar la puerta tras de sí, y de guiñarle un ojo a la secretaria que lo miraba espantada, se dirigió a su despacho, en el otro extremo de la oficina. Cerró la puerta detrás de él. El recinto era pequeño, pero la pared frente a la puerta era de cristal, y ampliaba el lugar, haciéndolo luminoso.
Los siguientes minutos fueron tremendamente activos. Con la documentación de la exposición extendida sobre la mesa cogió el teléfono. Una vez que marcó un número, mientras esperaba contestación, hojeó el dossier con los artistas de la muestra. Se detiene en uno, asombrado. En ese momento contestan al otro lado de la línea.
-Perdona que te llame a estas horas, Samuel.-Carlos sujetaba el auricular entre la cara y el hombro derecho, mientras tomaba notas en una libreta-. Ha surgido un problema con esa exposición que estaba en el aire. -Inspira profundamente mientras escucha-. Si, la retrospectiva conjunta aquella que no estaba clara si se iba a montar o no. ¿Recuerdas que trabajamos en los paneles?. -Tomó otro par de apuntes rápidos, y esbozó un croquis de una figura geométrica en un lateral-. Vale, mira en el almacén y me cuentas. Si te aparecen los restos de la del año pasado tenemos un día ganado. -Una pausa-. Perfecto. Confírmamelo luego.
Con gesto más relajado se estiró hacia atrás en su asiento, cruzando los brazos por detrás de la nuca. Volvió al momento a efectuar un par de llamadas. Todos los interlocutores le contestaron, y en apenas quince minutos la hoja que tenía delante se pobló de números y anotaciones.
Una última llamada.
-Alicia, tengo que pedirte un favor enorme. -Las pausas son cortas-. Sí, un nuevo trabajo de última hora, de los imposibles. ¿De verdad que no te importa? -Sólo da tiempo a un “sí” o a un “no”-. Eres un cielo. Te debo una cena -le dijo al auricular-. ¡Un beso!
Después el tiempo fue un continuo ir y venir de la mesa a la estantería lateral. Tomó un catálogo. Marcó una página introduciendo el lápiz dentro. Nuevo viaje por otro libro. Y un tercero. Dos revistas. Anotó algo en su cuaderno. Una consulta a un nuevo catálogo. Un gruñido de satisfacción.
Ya tenía el material. Después tuvo que montar el folleto de la exposición, el tríptico corporativo que correría de mano en mano y sería la seña de identidad de la muestra una vez que ésta hubiera concluido. Eligió cuidadosamente la foto de portada, un amanecer de Fernando Zóbel que iba a ser la estrella de la exhibición. Y después de un rato de reflexión escribió la frase con la que se cerraba el tríptico.
Tras varias horas de trabajo intenso recogió su libreta y los papeles que necesitaba. Ya no había luz fuera. Paso firme hacia un coche, el único del aparcamiento. Abrió el maletero, soltando su carga. Se quitó la chaqueta, doblándola cuidadosamente en el asiento trasero. Se subió sin retraso al asiento del conductor.
El coche deja tras de sí un rastro de oscuridad y silencio. Un perro, a lo lejos, ladra.




Carlos sube a pie los dos tramos de escalera hasta su apartamento, un primero. Despacio. No coge el ascensor. El rellano está aún húmedo; por la hora (no debían haber dado aún las nueve de la mañana) la limpiadora ha trabajado hoy en esa zona. No se oye sonido alguno. Demasiado temprano para que nadie se levante un domingo.
Se detiene delante de una puerta. Toca el bolsillo derecho del pantalón. Nada. Cambia de mano la carpeta del trabajo. Búsqueda en el opuesto. Tampoco. Detiene su búsqueda. Vuelve a cambiar la carpeta. Introduce tras la pausa la mano derecha en el bolsillo derecho de la chaqueta, y la saca sujetando un manojo de llaves aún vivas, recién pescadas.
Abre la puerta silencioso. La cierra sujetando el pestillo con la llave desde dentro, para que no sonara. El clic apenas se oye, pero en el silencio de la mañana suena como un cañonazo.
Avanza por el pasillo despacio, sin hacer ruido.
A la derecha se encuentra el salón. Dormida en el sofá, bellísima, una chica rubia, de cabello corto; desde fuera el sueño parece apacible. Carlos se acerca por detrás, entre la ventana y el brazo del sofá. No se resiste a darle un breve beso en la frente. Ella se revuelve un poco, pero no se despierta.
Carlos continúa avanzando por la pequeña casa. Sale de nuevo al pasillo, corto, en penumbra. A cuatro pasos una pared. Una puerta a derecha y otra a izquierda. Ambas abiertas. Elige la de la derecha.
Entra en un dormitorio de muebles oscuros. Con poco espacio para moverse. En la pared frente a la puerta una ventana con la persiana casi cerrada y una cómoda cubierta de fotos. A su izquierda, contra otra pared, una cama. Allí duerme una anciana, extremadamente delgada. Se le marcan los pómulos bajo los ojos, y tiene el cabello largo y de color blanco. Respira silenciosa, con la boca cerrada.
-No me ha dado ningún trabajo -susurra una voz en el umbral del dormitorio.
-¡Alicia! No te quería haber despertado. Lo siento -Carlos se disculpa volviéndose hacia la puerta.
-No lo has hecho. Tranquilo. Ya era hora de que me levantara. -Se dio la vuelta- Voy a hacer café. ¿Quieres?
-Sí, por favor.
-Venga, pues date una ducha si te apetece y mientras voy preparando el desayuno.
-Pero, ¡vete ya! Llevas treinta y seis horas aquí y estarás reventada.
-Tranquilo, que éstas no te las voy a cobrar -una sonrisa infantil le asoma en la cara-, pero como comprenderás, en cuanto te sientes te vas a quedar dormido, y conociéndote ya puede Amalia llamar a los bomberos que no la vas a escuchar.
-Yo… Bueno, encantado de que te quedes un poco más, pero me ducho, desayunamos y te aseguro que estoy bien. He descabezado unas horas de sueño esta madrugada, mientras terminaban los carpinteros de colocar paneles, y no me siento cansado.
-Mientes muy mal, que lo sepas -Alicia se sigue riendo mientras habla-. Pero bueno, lo discutiremos después.
La ducha es rápida. Carlos escoge ropa cómoda cuando sale húmedo del agua. Apenas se seca. Hace calor. Abre la ventana del pequeño cuarto de baño, lleno de asideros y barras por todos sitios. No se afeita. Cuando llega a la cocina, con aire más despierto, un desayuno completo le espera. Flota en el ambiente aroma a café recién hecho, y a tostadas. Alicia se afana con una de ellas, intentando untar la mantequilla fría sobre el pan.
-¡Vaya, vaya!¡Parece que Milady también tiene hambre! -Carlos se sienta en el taburete libre, toma la jarra de café y se sirve una taza generosa. Un chorrito de leche directamente del tetrabrick y cucharilla. Sin azúcar-. Entonces no ha dado guerra.
-Para nada. Me ha dejado ducharla. No ha querido ver las noticias. Y me ha pedido que le leyera algún libro. Es un cielo.
-¡Ja,ja,ja! -Carlos se ríe con ganas-. Digamos que al final se le ha pegado de su hijo.
-¡Pero qué golfo eres!¡Anda, ve a dormir! Yo recojo un par de cosas y me voy. ¿Mañana trabajas?
-No. Bastantes horas seguidas he echado ya -no puede reprimir un bostezo.
Le da un beso en la frente a Alicia. Con andar sonámbulo se dirige al cuarto de la izquierda, que ya con las cortinas echadas invita al descanso. Se arroja encima de la cama. Cierra los ojos.

Un ruido lo despierta. Es Amalia, que ha entrado en la habitación. Va en camisón, y se apoya en su andador. Avanza dos pasitos y se detiene. Carlos, totalmente despierto ya, se incorpora en la cama y se sienta. No dice nada. Amalia avanza otro paso. Carlos se pone en pie.
-Ven aquí, mamá. ¿Cómo te has levantado? -Suavemente la sujeta por los costados, y le hace sentarse en la cama-. Ahí estás bien.
-Me he dormido, Carlos, y vamos a llegar tarde.
-¿Tarde a dónde, mamá? Es domingo, está todo cerrado. No tenemos que ir a ningún sitio. -Le acaricia el pelo largo-. En un rato llamaremos a Alicia, a ver cómo ha pasado el domingo. Mañana estará por aquí otro rato, para leerte lo que tú quieras.
-¿Me enseñará fotos? Me gusta ver fotos…
-Claro que sí. Te enseñará todas las fotos que tú quieras. Y yo también lo haré. ¿De qué te gusta ver fotos?
-No sé, de cosas.
-Espérame aquí, no te muevas. Voy por una cosa que te quiero enseñar.
Se acerca al salón. Allí, en uno de los sofás, estaba la carpeta con el material de su trabajo. Rápidamente vuelve a su dormitorio. Amalia sigue sentada en la misma posición. No se ha movido nada. Carlos corre las cortinas y levanta un par de palmos la persiana. Se sienta de nuevo a su lado.
- Mira, esta ha sido la última exposición en la que he trabajado. Es por eso por lo que ayer no estuve contigo...
-¿No estuviste? Si me dijo Alicia que habías salido un momento -en la cara de Amalia aparece un gesto de extrañeza- a comprar comida...
-Sí, mamá, tuve que salir un momento a hacer la compra, no me hagas caso. Mira estas fotos.
De todas ellas Carlos selecciona unas cuantas, y se las va pasando a su madre.
-¡Qué bonita ésta, Carlos!¡Qué colores! Yo también sé pintar con estos tonos. Tengo una caja de colores pastel que me regalaron en mi cumpleaños.
-¿Sí? Nunca me la has enseñado.
-¡Claro!¡Para que me la quites como los demás niños!¡Si pintas conmigo te puedo dejar que los uses, pero nada más!
Carlos termina de pasar fotos. Tras ellas, en la carpeta, asoma el tríptico de la exposición que tan cuidadosamente había diseñado. El cuadro de Zóbel lo saluda, una paleta de amarillos y ocres que se adueñan de su vista. Le da la vuelta al folleto. Su frase de cierre estaba ahí: “retrospectivo, va:(Del lat. retrospicĕre, mirar hacia atrás). 1. adj. Que se considera en su desarrollo anterior.”
Cierra el archivador con cuidado.
-Vamos, mamá. Te voy a llevar a tu cama.
Y le da un beso, tierno, a la niña que se sienta a su lado.
Relato 6 de
Concha Núñez.


Este restaurante no me gusta

Jaime recoge a Clara a la salida del colegio. Caminan por la acera de una calle larga llena de comercios. Clara se para en el escaparate de la tienda de juguetes. Pega la nariz al cristal, que al momento se empaña con el vaho. Se retira, se desplaza unos centímetros a la izquierda y vuelve a hacer lo mismo.
-Vamos, que se hace tarde – dice Jaime a la vez que la coge de la mano.
- Papá, mira, esa Barbie es la que quiero que me traigan los Reyes Magos. Mira, esa que tiene un vestido rosa.
-Muy bien, cariño, ya veremos –contesta Jaime que empieza a andar.
-Ya veremos, no. Yo quiero esa.
-Bueno, pues le escribiremos a los Reyes Magos, pero ellos no siempre traen exactamente lo que los niños les piden.
-Pues si no me la traen me la compras tú –dice Clara, que se para y se suelta de la mano de su padre.
-Bueno, si no te la traen, ya veremos, que todavía falta un mes. Pero ahora anda que se hace tarde.
Jaime vuelve a cogerla de la mano y tira de ella andando.
-Estoy cansada ¿Por qué no coges el coche?
-Ya te he dicho que está en el taller. Además, estamos muy cerca.
-No, no estamos cerca, tenemos que andar mucho y yo estoy cansada.
Clara se para de nuevo a unos metros de una Agencia de Viajes, anda unos pasos hasta pararse justo en el escaparate donde un cartel con un dibujo del ratón Mickey anuncia un viaje a Disneyland París. Jaime se para a su lado.
-Dis ne y land –lee Clara en voz alta- Ahí ha estado Edu. Me lo contó en el recreo. Dice que vio a Mickey, Minnie, Donald… Yo también quiero ir.
-Algún día iremos -contesta Jaime mientras saca un pañuelo blanco del bolsillo de su cazadora de lana, se lo pasa a izquierda y derecha por la nariz y vuelve a doblarlo. Luego lo devuelve al bolsillo y se sube la cremallera de la cazadora hasta arriba del todo.
-Es que yo quiero subirme en un avión, papá. Me ha contado Edu que se ven debajo las nubes.
-Tú ya has subido, y más de una vez.
- Pero no me acuerdo.
-Claro, es que eras muy pequeña. Pero has subido.
-Pero yo quiero ir a Disneyland ¿Tú has estado alguna vez en Disneyland?
-No, pero sí en París.
-Cuéntame cómo es.
-Pero, sigue andando, por favor.
>>Pues, París es preciosa.  El símbolo de la ciudad es la torre Eiffel.
-¿Esa es la de las fotos que tienes en tu estudio? ¿La que parece un juguete de niño?
-Sí, esa.
-Pues a mí no me parece bonita, y no sé por qué tienes tantas fotos iguales de ella.
-No son tantas, sólo cuatro, y no son iguales. Están tomadas a distinta distancia, desde distintos ángulos, a una hora distinta del día…
-Pero ahora no haces fotos ¿no?
-Bueno, ahora hago menos.
-¿Y qué más cosas bonitas hay en París?
-Muchísimas: la catedral de Notre Dame, el Arco del Triunfo, el museo del Louvre, el de los impresionistas…
-¿Qué son impresionistas, papá?
-Pues, son los que utilizaron la técnica del impresionismo para pintar. Veras, si miras el cuadro de cerca sólo ves manchas de color; pero si te retiras, tu ojo forma las figuras.
-Bueno, pero yo lo que quiero ver es Disneyland.
-Por supuesto que también iremos a Disneyland.
Clara se para de nuevo en la acera y empieza a lloriquear.
-Es que me duelen los pies.
-Vamos, hija, que volvemos la esquina y ya llegamos ¿no tienes hambre?
-Sí, pero no quiero andar más.
Jaime vuelve a sacar su pañuelo del bolsillo y le seca las lágrimas sin desdoblarlo.
-No seas quejica, que ya estamos llegando. No querrás que te coja en brazos como cuando eras pequeña ¿no?
-No, papá, pero me aprietan los zapatos.
Clara vuelve a pararse. Se apoya sobre el pie derecho y encoge el izquierdo como si quisiera reducirlo dentro del zapato, y luego apoya el izquierdo y encoge el derecho. Jaime la coge de la mano y continúan andando. Unos operarios están colocando unas tiras de bombillas con una estrella en el centro de uno a otro extremo de la calle. Jaime y Clara se apartan de la acera porque está ocupada con las escaleras que están utilizando. Clara mira hacia arriba, hacia las luces apagadas.
-¿Y dónde más has ido en avión papá?
-A muchos sitios, cariño. Con mamá he viajado por casi toda Europa y también a Nueva York. A veces de vacaciones y otras por mi trabajo. Cuando nos conocimos yo ya era fotógrafo y mamá estaba terminando la carrera de Biología. Me encargaron un reportaje para un congreso de Arquitectura. A mamá le habían ofrecido trabajar de azafata esos tres días en el congreso y allí la conocí. Luego, cuando tenía que trabajar fuera varios días, ella me acompañaba casi siempre, hasta que naciste tú.
-¿Y por qué no vamos a Disneyland?
-Te digo que ya iremos, pero ahora no te pares, que cruzamos el semáforo y ya estamos allí.



En la cocina hay mucho ajetreo. Dos mujeres cogen filetes de pollo de una fuente y los van pasando por huevo y pan rallado. Otra los va cogiendo y los va echando a una  freidora de gran tamaño. Al caer llenan la superficie del aceite de burbujas y se levanta una columna de humo y vapor que va absorbiendo un tubo extractor que sale del techo, justo encima.
-Cada día viene más gente ¿crees que habrá suficientes filetes? –Pregunta una de las voluntarias a la encargada de la cocina.
-Pues cortadlos lo más finos que podáis que con el empanado no hace falta que sean gordos –contesta mirando a la freidora mientras la mujer que está delante va sacando los que ya están fritos y los pone en unas bandejas de acero inoxidable.
En el otro extremo de la cocina otras dos mujeres acaban de volcar una cacerola de salsa de tomate sobre otra bastante mayor de espaguetis hervidos y escurridos, y los remueven.
-Los espaguetis ya están listos ¿los vamos sirviendo? –pregunta una de ellas.
-Sí, pero no llenes mucho los platos no sea que falten –Contesta la encargada.
Entre dos voluntarias, Ana y Menchu, cogen la cacerola cada una por un asa, la colocan sobre un carrito metálico con ruedas, y lo empujan hacia la puerta que separa la cocina del comedor. A través del cristal ojo de buey que tiene cada una de las dos hojas de la puerta se pueden ver personas de todas las edades sentadas a las mesas.
-Esto está a rebosar –dice Ana a Menchu- Y, suerte que estamos en una zona donde los comercios colaboran bastante y no dejan de darnos ropa, zapatos, comida… Pero como esto siga así no sé si va a alcanzar. Si vieras cuando yo empecé a colaborar hace poco más de un año, no teníamos ni la mitad de gente; entonces hasta sobraba de todo. Yo entré en Ropero, pero cuando empezó a faltar gente en la cocina me pidieron que me viniera para acá.
-Menchu no dice nada y empuja el carrito, cruzan la puerta y salen al comedor. Allí están preparadas tres filas de mesas largas y estrechas a todo lo largo del salón, rodeadas de sillas plegables. Sobre las mesas, los platos están vacíos, los cubiertos, delante con una servilleta de papel debajo, y los vasos detrás de cada plato. En el centro de la mesa hay varias jarras llenas de agua repartidas a todo lo largo.
Unas doscientas personas han ido invadiendo el comedor y ocupando los asientos. La mayoría de ellas no habla; simplemente se sienta y espera la comida. Otros ya se conocen y entablan conversación.
Menchu empuja el carrito por el pasillo entre las filas de mesas. El sonido de las ruedas sobre el suelo de cerámica, seguido del “toc” “toc” de sus tacones anuncian que ya está la comida. Llega al final del comedor y empieza a servir los espaguetis en los platos.
-¡Vaya! cortito sirven hoy  –dice un joven a un hombre que tiene enfrente en la mesa acompañado de una de mujer.
- Con que estén calientes me conformo, con el frío que hace – contesta el otro.
-¿Yo me llamo Luis y tú?
-Yo, Chema y mi mujer Marina.
-¡Hola! –dice Marina.
-¿Es la primera vez que venís?
-Pues no, vengo venimos de vez en cuando.
-Yo llevo tres meses viniendo, ya me conozco el menú de todos los días. Mañana martes, ensalada y guiso de patatas ¿Y tú a qué te dedicas?
-Pues ya ves. Pero soy agente comercial ¿y tú?
-Pues…. He estudiado Relaciones Laborales.
>> Disculpe –dice a un hombre de mediana edad que tiene a la derecha, a quien le ha dado con el codo en su intento de liar los espaguetis en el tenedor.
-No es nada –Contesta el hombre, que a la vez habla con una pareja joven que tiene enfrente: -Pues hace varios días que no os veía por aquí.
- Sí, es que hemos ido a ver a los niños que están con mi madre –Contesta el marido, mientras su mujer no dice nada.
-¿Y están bien?
-Sí, muy contentos. La abuela los mima mucho y hemos estado solucionando lo del colegio para que vayan allí y no pierdan el curso.
-Estupendo.
En la esquina de la mesa una pareja con dos niños hablan entre ellos en un idioma extranjero. Y al lado, un joven con mal aspecto ha apoyado los brazos sobre la mesa  y ha metido la cabeza entre ellos como si quisiera dormir.
Menchu sigue avanzando por el pasillo y repartiendo espaguetis cuando entran por la puerta Jaime y Clara. Se sientan en la única mesa donde queda sitio libre, junto a la puerta de la cocina. Menchu los mira y al poco llega a su mesa.
-Hola. Venís un poco tarde –dice Menchu.
-Hola, mamá, contesta Clara.
-Hola, cariño, dice Jaime.
-¿Qué tal el colegio?
-Bien, mamá, hoy me han salido bien las cuentas.
-¡Enhorabuena!
Menchu llena sus dos platos,  rebaña lo que queda en la cacerola y lo echa en el de Jaime. Luego se vuelve a la cocina. Minutos después aparece con las bandejas de filetes de pollo y los reparte.  
-Papá, no me gustan esta carne.
-¿Cómo que no, si son filetes de pollo y están riquísimos?
-No, no están riquísimos y no me gustan. Yo quiero otra cosa.
-Clara, sabes que en este restaurante todo el mundo come lo mismo. No podemos pedir otra cosa.
-Pues no quiero más.
-Anda, sólo un trocito que se va a enfadar mamá como vea que no te lo has comido –Dice Jaime a la vez que pincha un trocito de pollo e intenta metérselo en la boca a Clara.
-No, no quiero más –dice la niña, y aprieta la boca para impedir que entre el tenedor- Además, no me gusta este restaurante ¿Cuándo vamos a comer en casa, como antes?
-Pero ¿acaso no es divertido comer aquí, que mamá nos sirva la comida tan guapa, con ese delantal blanco…?
-No, no me gusta esto ni me gusta ese pollo.
Jaime desiste y suelta el tenedor. Coge una servilleta de papel, la desdobla, se limpia la boca. Coge una jarra de agua y llena su vaso y el de Clara. Bebe un poco, vuelve a limpiarse la boca y sigue comiendo. Clara también coge su vaso.
-Límpiate la boca antes de beber que la tienes manchada de tomate –Dice Jaime y le da una servilleta.
Una mujer bastante mayor, que está sentada enfrente de la niña la mira e intenta convencerla.
-¿No te gusta la carne, guapa?
-No, esta no me gusta.
-Pues tienes que comer para crecer. 
-No, no quiero más.
Se mueve la puerta abatible y antes de que aparezca Menchu con el postre Jaime va a su encuentro.
-¿Tienes alguna novedad? Pregunta ella.
-Pues he solicitado un puesto de jardinero en una urbanización de las afuera.
-Pero ¿tú sabes de jardinería?
-No importa. ¡Ojalá me llamen! Ya me las arreglaré. Es la única oferta que había, Los que me iban a dar el reportaje de boda se han rajado, y eso que les dí un precio de risa. Y a ti ¿te ha dicho algo el director del Centro?
-Pues últimamente las únicas peticiones que llegan son de alguien para limpiar por horas.
-¡No, por favor!
-No habrá más remedio. De todas formas aquí friego platos y encima gratis.
Se quedan en silencio unos segundos.
-¿Te vienes  ahora con nosotros?
-No, vete tú con Clara que yo voy a esperar a las cuatro que vienen las voluntarias del ropero y pregunto si ha entrado algún par de zapatos del 27.
-No, del 28, del 27 son los que tiene.
-Sí, claro, me había liado.
Jaime se vuelve a su mesa. Menchu va detrás, repartiendo plátanos. Da uno a Clara que lo coge y sonríe. Se lo come, se levantan de la mesa y se van.
Vuelven por la misma calle. Pasan por la agencia de viajes y por la tienda de juguetes, pero las persianas están echadas y ocultan el escaparate. Los operarios han terminado de colocar las luces de Navidad. Las aceras están casi solas a esa hora y sólo circulan algunos coches. Jaime y Clara andan de la mano. Ambos miran hacia arriba, hacia las luces recién colocadas y aún apagadas, y siguen caminando despacio, sin prisa.

Relato Nº6 de Guillermo Muñoz Pedrosa

Cuidado con el lobo.
La noche aún estaba al caer, y Rodríguez aún tenía mucho que hacer. Preparaba los partes de incidencias dentro del bosque, el comprobante de salud de las especies de la reserva y aún tenía que hacer la ronda de patrulla por el bosque. El trabajo aún se le había acumulado y se iba haciendo cada vez más de noche.
El silencio que había en la cabaña fue roto de pronto cuando la puerta se abrió de golpe. Entró en la cabaña una niña que, a toda prisa se dirigió a la mesa de Rodríguez, jadeando y suspirando, como si hubiese venido de una larga caminata.
Por favor señor, ¡ayúdeme! decía mientras suspiraba y trataba de recobrar el aliento.
Rodríguez se puso en pie y llevó a la niña al sofá de la cabaña. Examinó a la niña detenidamente. Tenía magulladuras por la cara y por las partes del cuerpo que podía ver. En el rostro divisó lágrimas recientes. La ropa estaba rasgada, salvo la pequeña capucha roja que lucía en la cabeza.
Cálmate. ¿Qué ha pasado? Le preguntó mientras secaba las lágrimas con un pañuelo.
Había ido a ver a mi abuela, que vive en una casa al lado de la reserva Decía la niña tratando de recuperar el aliento Íbamos a acostarnos hace un rato, cuando de repente se coló un lobo en casa.
¡¿Un lobo?! Rodríguez se sorprendió ¡Pero no es posible! Miró un pequeño radar dentro de la cabina No se ha registrado la salida de ningún animal de la reserva, y la policía se aseguró de que no hubiese animales en las residencias cercanas.
¡Por favor Señor, tiene que ayudarme! la niña se abrazó a él y le lloró ¡No quiero que mi abuela muera!
–Tranquila, pequeña Se dirigió al teléfono de su mesa y marcó el número de la guardia civil ¡Oh, vaya, no hay línea! Tendré que ocuparme personalmente Abrió el armario de la cabaña y sacó una escopeta de caza Iré a ayudar a tu abuela. Espera aquí.
¡No, quiero ir contigo! Replicó la niña.
¡Ni hablar, es muy peligroso! Dijo el guardia Tienes que quedarte aquí.
¡Por favor, no quiero quedarme sola! insistió.
¡He dicho que no! El guardia la miró fijamente Si se trata de un lobo lo que ha atacado, será peligroso que vengas conmigo. Podrías salir herida.
¡¿Acaso sabe donde vive mi abuela?! Gritó la niña ¡Sin mí, dudo que sepa cómo llegar!
–Pero… Rodríguez se quedó pensativo un momento.
¡No hay peros que valgan! La niña se dirigió a la puerta junto al guardabosques ¡Vamos, deprisa!
Rodríguez no tuvo tiempo de contestar. Salió de la cabaña siguiendo a la niña que lo guió a través del bosque, mientras el cielo se iba oscureciendo cada vez más y más.
El camino se hizo muy difícil de atravesar, no solo por la creciente oscuridad, sino por el elevado terreno y la cantidad de raíces y trozos de piedra que cubrían el suelo del profundo bosque. El sonido de animales nocturnos se hizo habitual a medida que se adentraban más en la sierra.
Al fin llegaron al final de la reserva y se adentraron en las áreas de viviendas colindantes. Una serie de pequeñas casas campestres en las que vivía la gente que quiso retirarse a una vida más cercana a la naturaleza. Eran pocas las hectáreas que se habían cedido a estos retiros a favor de la reserva, pero en cambio, todos los animales peligrosos se habían encerrado dentro de la reserva para seguridad de los habitantes.
La niña guió a Rodríguez por la zona hasta una casa en las cercanías de la reserva. Como todas las demás, tenía pinta de ser un cortijo algo viejo pero arreglado y en condiciones.
Es aquí Dijo la niña. La puerta había sido tirada abajo, y podían ver marcas de garras en el suelo.
Un animal con fuerza para dejar sus huellas en el suelo dijo mientras cargaba la escopeta Esto no me gusta. Un lobo no tiene tanta fuerza Avanzó despacio por el umbral y entró dentro de la casa, seguido por la niña ¿Hay alguien aquí? Gritó.
La casa estaba destrozada. Las marcas de zarpas estaban plasmadas también en las paredes. Marcas espectacularmente grandes. Los muebles estaban hechos pedazos y una de las ventanas estaba completamente rota y las huellas eran menos frescas en esta.
Por aquí debió entrar el animal Opinó Rodríguez. Oyeron un gemido que provenía de una de las habitaciones del fondo– ¿Hay alguien ahí? No se oyó respuesta. Rodríguez avanzó lentamente hacia la puerta. Dentro encontró a una señora anciana, tumbada en la cama Señora, ¿se encuentra bien? Corrió hacia a ella.
–P-Por fin… ha vuelto– dijo la anciana mientras se levantaba de la cama con esfuerzo Mi querida nieta ha vuelto Oyeron un rugido y Rodríguez se dio la.


Cuando se alzó la mañana, la guardia civil había acordonado la zona. La casa estaba precintada y había guardias vigilando que ningún civil se acercase a la escena mientras la forense se encargaba de examinar los restos que había por el lugar.
Un coche patrulla paró enfrente de la escena. De él bajaron dos hombres que se dirigieron a la casa. Un guardia les salió al paso antes de que pudieran acercarse demasiado al lugar.
Inspectores García y Miranda, de la guardia civil Dijo uno de ellos mientras sacaba su placa La comisaria Fernández nos envía a hacernos cargo de la situación.
Pasen por aquí, caballeros Les dijo el hombre mientras los guiaba por el lugar.
¿Qué opinas? Preguntó García a Miranda.
Sinceramente, esto está hecho una ruina Respondió Miranda mientras contemplaba el lugar A juzgar por las marcas diría que fue un animal enorme.
Extraño Comentó García Estos casos suelen ser competencia de los guardabosques, no de la guardia civil.
Vete tú a saber Dijo Miranda encogiéndose de hombros La comisaria Fernández insistió mucho en que se hiciera cargo este departamento Miranda miró a los guardias, que más que vigilar parecía que estaban matando el tiempo Oye, mejor ve tu a hablar con la forense. Yo me quedaré aquí a coordinar a estos holgazanes.
Me parece bien Asintió García y se fue al fondo a la habitación, mientras escuchaba a Miranda riñendo a los agentes. Entró en la habitación y en ella halló a la forense tomando fotografías Señorita, soy el inspector García, ¿Qué tenemos?
Toda una verdadera carnicería, señor García dijo mientras se agachaba a comprobar los restos En los años que llevo en el cuerpo de la guardia civil nunca había visto nada parecido.
Realmente desagradable, vive Dios Dijo García mientras contemplaba los restos.
No he podido identificar si se trata de una víctima o dos. No hay muchos restos reconocibles
Esto parece obra de un animal salvaje
Sí, aunque debo admitir que nunca había visto huellas y marcas de dientes tan grandes la forense señaló a unos fragmentos de carne Fíjese en esos trozos.
También fueron arrancados García se los miró detenidamente Espere un momento. Estas marcas no son de animales…
En efecto dijo la forense señalando las marcas Son dientes… Humanos…