Alguno de vosotros (no muy ducho, por lo que se ve) entró en nuestro blog por blogger y lo ha asociado a su cuenta que es marcantmafe@gmail.com

Ahora mismo hay que meter como nombre de la cuenta ese correo y como clave la misma que os di en clase.

viernes, 20 de abril de 2012

RELATO 1 de Inmaculada Sánchez


Santiago, cuando estuve en Mérida acompañando a mi padre en el hospital, nunca me planteé salir a tu encuentro “en mi memoria”.Y no porque ya me hubieses dicho claramente, en un sms tajante, que yo tenía que aprender a ubicarme;quizá más bien, impelida por esta invitación tuya salir de tu vida por no haber sabido estar en ella-la infidelidad fue un buen argumento a tu favor-, es por lo que mi mente y mi corazón vaga, errabundos, desde hace casi cuatro años, pero, o desdicha, no han aprendido a ubicarse sino que, de repente, vuelven a encontrarse contigo, como en una reiteración de lo imposible...Santiago...

     Fue una mañana del mes de febrero de este año, aprovechando la pausa que en el hospital te dan desde que visita el médico hasta la comida, cuando me decidí a romper tu prohibición y...!ay, Santiago, qué difícil oponerse a los asaltos de mi caprichosa voluntad...!

     Cogí el coche, digo, y me dirigí a la avenida de las atarazanas, ¿recuerdas...?, donde siempre aparcabas cuando venías de Don Álvaro para ir a trabajar al Juzgado-sé que estás en ¨Don Benito ahora-, y, nada más salir del coche y contemplar, al frente, el parque en el que tantas veces habíamos paseado, me asaltó un ligero dolor de muelas en el corazón que, sin embargo, dulcificó mi rostro con una tierna sonrisa...

     Dirigí mis pasos hacia el centro de la ciudad, aspirando profundamente el frío aire de invierno con una gran emoción, como si ese etéreo fluido hubiera sido elmismo siempre, desde que tú y yo andábamos por allí, compartiéndolo, respirándolo juntos y, en ese mismo momento, anhelaba que mi deseo se extendiera durante los kilómetros que nos separaban entonces para hacerse una realidad..., y el aire que tú respiraras en ese momento fuera parte del mío...Santiago...

     Y me fijaba atentamente en los lugares, bares, tiendas,baldosas que pisaba, como si quisiera a un tiempo desmitificarlas, sacralizadas,como estaban, porque tú las frecuentaste o pisaste...

     Y te buscaba por la calle, con ganas de contarte que había flores nuevas de lo que sentía -¿o siento?- por ti..., sí, Santiago...

     Así andando pasé la alcazaba y llegué a la plaza de España. Me dolía que estuvieran todas las piedras y columnas tan bien puestas, ellas han sido testigo de nuestros dos años de amores y desencuentros, y finalmente, han seguido firmes, ellas sí, pero...¿y nosotros, Santiago...?

     Al llegar al kiosco de la prensa donde tú comprabas: algún libro, o el periódico, ya no podía más y te mandé un mensaje-que no contestaste como otras veces-, cuando, en los tres años y pico que no estamos juntos, me encontraba al límite diciéndote que se me había muerto la perra o me había operado de la espalda; en ese mismo momento, digo, te decía que estaba paseando por el centro de Mérida por aquellos míticos lugares que tú me enseñaste a amar.

            Estoy escribiendo esta carta y me estoy dando cuenta de que donde hubo fuego hay bastantes brasas...; como siempre, no contestaste al mensaje y pensé que era mejor así porque al fin y al cabo soy yo la desubicada, pues no se puede pretender buscar alguien a quien se dejó supuestamente por otra persona -¿era otra persona, Santiago, era eso...?-y, luego, cuando te das cuenta de que no es “ése” sino “aquél”, a quien dejaste y quieres volver atrás, te encuentras con la pared...; pero, volviendo a mi pregunta, Santiago, ¿era “ése”el motivo de dejarlo,o era esa incertidumbre del futuro, de no saber o no querer saber darlo todo a fondo perdido, y no quiero decir ahora, por parte de quién...?

            Pero seguí paseando con el alma bañada por un sentimiento agridulce y, al atravesar la plaza, mis pasos me encaminaba a cruzar por debajo de otro arco romano y tras una calle en L, mis ojos se detuvieron ante Correos...-¿te acuerdas...?-cuando eras agente judicial-ya has promocionado dos cuerpos-, todos los días lo visitabas, por eso mis ojos se detienen con cariño ante el edificio, con la avidez de un turista ante el foro romano..., incluso, subí las escaleras y atravesé la puerta, quedándome tontamente en el interior conmemorando tu presencia remota, tan antigua y tan presente...Santiago...;tras hacer una pregunta rutinaria al funcionario, me despedí y bajé la escalera, la emoción in crescendo dentro de mí...

            Un poco más adelante y, a la derecha, la calle Almendralejo y...¡oh maravilla...!el palacio de Justicia...mis ojos se cerraron levemente para visualizar la última huelga juntos, ¿recuerdas...?-, tú te encargaste de la pancarta y yo subí desde Fuente de Cantos para acompañarte..., y subí la escalera de la acera y me acerqué a la puerta, con los ojos y los oídos muy abiertos..., -allí está tu ADN- pensaba y creía escuchar por entre las piedras el eco de tus palabras: chispeantes, cortantes, a veces irónicas, llenas de sentido...; pero no quiero que pienses que me he vuelto más excéntrica o que soy una loca fetichista de lugares, pensamientos o recuerdos..., ahora vuelvo sobre mis pasos y recuerdo aquello que mi amiga-argentina también- me dijo un día respecto de esta melancolía que a veces me puede: cuando uno se acuerda de su pueblo, también ha de recordar lo malo..., y entonces me puse a pensar y escudriñar en mi mente y corazón, motivos por los que no debía quererte o recordarte...

            Desanduve, Santiago, digo, los pasos andados y volví a atravesar la plaza de España, bajé las escaleras, pasé la alcazaba, llegué a las atarazanas...¡Santiago...!, fui buscando tu peugeot 206 blanco con el Homer Simpson que te regalé colgando del espejo -¿aún lo tienes?-, y percibí el olor a plástico nuevo que había dentro.

            Me monté con un suspiro en mi coche y volví al hospital...,y me preguntaba si tú te preguntas qué estoy haciendo ahora, o cómo me va...,

            Recuerdo que te pareció “inteligente”que me hubiera comprado un piso en Sevilla, es más, me dijiste que por fin había hecho algo inteligente y, sin embargo, sonrío irónicamente al pensar que sigo sin saber ubicarme y sobre todo, cuando alguien me habla de ti me renace este dolor de muelas en el corazón que a pesar de todo me hace sonreír con ternura, y me digo a mí misma que no quiero ubicarme si ello supone separar mi mente y mi corazón de ti, eso sería, más bien:

“DESUBICARME”...

            Te quiero: Inma.


- Relato 1 de Enrique Soler

Envidiada joven de generosa sonrisa, 

No conozco tu nombre. No te conozco a ti, más que por unos pocos minutos en los que nuestras vidas se han cruzado inexorablemente. No hemos intercambiado más que unas palabras, y sin embargo, el destino ordena que te envíe esta carta, por cuya lectura sabrás qué se escondía tras el rostro del conductor del taxi que paró aquella noche a tu señal.

Hace pocos años yo no era taxista aún. Era profesor, en un país muy distinto a éste. Y del que salí, como todos, con la esperanza de una vida mejor. Al llegar aquí no  era nada sino un inmigrante más, si puede decirse que eso es ser algo. No fue fácil, pues, empezar una nueva vida, obtener la licencia, comprar un destartalado coche de segunda mano.

Destartalado y viejo, pero lujoso y flamante a mis ojos, pues era fruto de enormes esfuerzos y promesa de mejores tiempos. El amor de mi joven esposa completaba la felicidad y me hacía sentir que mi vida estaba llena, y mis sueños a mi alcance. Me apresté con ilusión a agradecer a Dios su generosidad, siendo ejemplo de buen hacer para los que me rodeaban. Para hacerme aún más feliz, poco después llegó nuestro primer hijo.

Me sentía responsable de cada cliente que subía a mi taxi. Todo conductor toma en sus manos la seguridad de la vida de sus pasajeros. Sentía con ellos casi un vínculo personal. Al poner en su seguridad tanto cuidado como pondría en la de mi propia familia, sentía que devolvía en parte los regalos que me hacía el Destino.

Llegó el día, sin embargo, en que la gente dejó de subir a mi taxi. Como dejó de subir a todos los taxis, de entrar a los restaurantes, tiendas y peluquerías, de comprar coches y de pagar las cuotas de la hipoteca. Aunque no dejaron de comer, ni lo hicimos nosotros, ni lo hizo nuestro pequeño. 

Trabajaba día y noche sin pausa, catorce, dieciséis horas, y más, cada día, sin bajar del taxi. Pero nada era suficiente para seguir viviendo como antes. Cuando no pudimos pagar el alquiler, tuvimos que mudarnos a un cuartucho en un mal barrio. 

Esto era más de lo que nuestro maltratado matrimonio podía soportar. Cuando tampoco hubo dinero para el cuartucho, perdí a mi familia: mi esposa y mi hijo se fueron de la ciudad, y no tardaron en encontrar a otro hombre que pudo ofrecerles la vida que yo ya no podía darles. Y fue mejor así, porque quizá el amor habría hecho más llevadera la miseria que habríamos compartido, pero no habría alimentado la boca de nuestro hijo. 

No quedaba en mi corazón nada de lo que de bueno había habido poco antes. La desesperación no había dejado sitio para nada más. La noche que me despedí de ellos me emborraché por vez primera en mi vida, pero por la mañana tuve la lucidez necesaria para no subir al taxi en ese estado. No es que me importase ya mucho la seguridad de los viajeros, pero tampoco quería hacerles pagar por las desgracias que me habían tocado a mí. 

Seguí estando borracho varios días. Bebía y bebía para no salir de ese estado, único refugio de una realidad en la que no quedaba nada bueno para mí. Pero también para eso se acabó el dinero. Al final, cuando todas las puertas de los bares estuvieron cerradas par mí, volví a dormir a mi taxi. 

Fui despertado por los golpes en el cristal de un policía. Me ordenó bajar y me registró, mientras otro inspeccionaba el interior del coche. No fue fácil convencerles de que el inmigrante borracho estaba durmiendo en su propio taxi. 
Se fueron, finalmente, con la advertencia de que sería detenido la próxima vez.
 Mi cabeza estaba perfectamente clara. Volvía a poner los pies en la realidad de la que había huido. El dolor que había conseguido adormecer fue despertando, más punzante aún por la espera. 

Deambulé por la ciudad todo el día. Al atardecer mi mirada se topó de pronto con una estampa triste, desoladora, agónica: el rostro de un hombre derrotado, que sin ser capaz de luchar hasta el final había huido, resignándose con ello a cargar con su desdicha para siempre. Mi propio rostro, cuyo reflejo me miraba desde un escaparate, al principio inexpresivo, y poco a poco con profundo desprecio. Esa expresión me decía que había llegado la hora: la imagen que había visto era la de un hombre que ni merecía, ni deseaba seguir viviendo.

Había tomado una determinación, pero de pronto supe que era una determinación que no habría de cumplirse. Dios me había allanado el camino a la felicidad tiempo atrás y me había visto disfrutarla, y fui consciente de que ahora iba a verme atravesar el páramo hacia el que había decidido guiarme. No estaba en mi mano hacerle  renunciar a ello. Cuando noté que una fuerza desviaba mis pasos del destino que yo les había dado, supe que la lucha debía continuar hasta el final. Volvería a trabajar, dejaría de beber. Estaba abocado a seguir debatiéndome, como un pez que, varado en la playa, intenta desesperadamente volver al agua.

Ya había oscurecido. Mis nuevos pasos me llevaron de vuelta a mi taxi. Con la señal de “Libre” encendida, enfilé el centro de la ciudad, en busca de clientes. 
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Ése era yo, y esa era mi vida cuando me paraste. Al borde de la acera, con la mano en alto, eras una estampa alegre, bella, rebosante de vida: la imagen de una joven a la que sin duda esperaba una vida feliz, y que sin embargo se preocupaba por la felicidad de los demás, regalando una sonrisa generosa a un desconocido taxista malhumorado. 

No puedo decir exactamente qué mezcla de sentimientos me infundió tu sonrisa. Mientras dirigía el taxi al lugar que me habías indicado, su recuerdo llenaba por completo mi cabeza. Sólo otra imagen se iba abriendo paso junto a ella, y era la del rostro derrotado que poco antes me había mirado desde el escaparate. 

Me corroía por dentro pensar en lo agradable y completa que debía ser tu vida, en los regalos que te aguardaban aún en el futuro, en los sueños que aún habrías de ver cumplidos. A ti te estaban esperando todavía todas esas bendiciones, de las que a mi ya no me quedaba siquiera la esperanza. Toda mi desesperación estaba concentrándose y tomando la forma de un profundo odio hacia ti.

Por la preocupación de tu cara supe que ese odio se estaba filtrando hacia el exterior, ocupando mi cara, mis manos, mis pies, que no podían dejar de acelerar. La expresión de tu rostro se estaba convirtiendo en una de verdadera ansiedad. Cuando nuestros ojos se encontraron, tu mirada hizo aparecer en mi mente una idea tenebrosa que me hizo sonreír. 

Esa idea no me ha abandonado desde entonces. Es la idea que nublaba por completo mi mente cuando tu horrorizada mirada volvió de mi sonrisa a mis ojos, y de ellos a lo que nos aguardaba a unos pocos metros. Es la idea que cerró mis oídos a tus gritos. Es la idea que hizo inconmovibles mis manos, cuando intentaste moverlas sobre el volante, la idea que empujó mis pies aún con más fuerza sobre el acelerador. La idea que me hizo sentir una cruel y destructiva satisfacción en el momento final en que te tapaste la cara con las manos. 

La idea que, desde aquel día, me tortura a cada instante y me hace desear dolorosamente la muerte, aunque sé que no me será concedida. 

La idea de que ese día volví a tener en mis manos todo lo que me había sido arrebatado, y lo destruí para que tampoco fuese nunca tuyo.

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Quizá alguna vez salgas de este hospital. Quizá puedas seguir viviendo tu vida, truncada en el punto en el que se cruzó con la mía. Quizá sientas la desesperación del que ha perdido todo lo que tenía.

Si eso ocurre, en esta carta encontrarás un pobre consuelo: el testimonio del sufrimiento, infinitamente mayor, de tu verdugo.  

jueves, 19 de abril de 2012

- Relato 1 de David Domínguez Bravo


CARTA DE UN LOCO AL SR. MAUPASSANT

Apreciado señor Maupassant, me pongo en sus manos.
Disculpe si me falta el valor para tratar un asunto de esta índole cara a cara y recurra a la frialdad de una carta escrita en la distancia que me proteja de una mirada tal vez perturbada, incrédula o recriminatoria.
Pero el problema del monstruo podría estar llegando a un desenlace complejo y trágico.
¿Porqué todo se torció señor Maupassant?. Mi monstruo y yo éramos lo que se puede decir felices.
Aún recuerdo el día en el que lo encontré. Estaba acurrucado en uno de los cajones donde guardo juguetes rotos y lápices sin punta. Desde el fondo de aquel cajón, agazapado entre cuchillos oxidados y sobres desgastados, abrió sus horribles ojos amarillos como lunas llenas y el terror paralizó mi cuerpo. Sin embargo qué bello me pareció desde aquel momento mi monstruo señor Maupassant.
No se trata de esa belleza física que nos empalaga y que podemos devorar en pocos minutos. No, no es esa belleza que transita por los sentidos. Es otra. La belleza que traspasa nuestra piel y penetra por sus poros inundándonos por dentro. Como la belleza una soleada mañana de una ciudad cualquiera. Como la belleza del viento cuando pretende ser silencioso. ¿Me entiende usted señor Maupassant?.
Y en ese preciso instante, atravesado por su mirada amarilla, atenazado por el miedo, hipnotizado por la belleza de mi monstruo, comprendí que nunca nos separaríamos. Que en realidad mi monstruo y yo siempre estuvimos juntos. Que nacimos en el mismo lugar y al mismo tiempo. Que de la mano aprendimos y odiamos y supimos del amor, de la muerte, de la piel suave. Que juntos volamos ciudades eternas y hablamos en mil idiomas con la misma voz y supimos del dolor, del rencor, de la ira. Que juntos nos encaminaríamos a la derrota definitiva.
Durante un largo periodo de tiempo tras este encuentro mi monstruo aparecía a su antojo en cualquier momento. Por las noches me despertaba con su cuerpo frío y verrugoso enroscado en mis pies. A veces aparecía sobre la mesa y con su legua inflamada y azul comía de mi plato y bebía el vino de mi copa. También en alguna ocasión aparecía por las espaldas de personas a las que besaba mirándome fijamente con sus horribles ojos amarillos como lunas llenas.
Pero yo tengo una vida a la que atender señor Maupassant. Un trabajo en el que cumplir todos los días. Amigos a los que invitar a cenar. Personas con las que a veces compartir mi cama.
Entonces decidí construir para mi monstruo un jardín. Un pequeño jardín secreto en donde esconderlo. Y nunca falté a la cita diaria con mi bello monstruo. Desde entonces cada día de mi vida he visitado nuestro pequeño jardín secreto y he dejado que me atraviese con su mirada amarilla helándome de terror.
Pero todo se ha torcido ya señor Maupassant, porque mi monstruo ha amanecido esta mañana con una mirada de lunas rotas. Vulnerable, frágil. Muriéndose.
Pero ningún monstruo muere de repente. No. Es un proceso largo y doloroso. Una tortura que no he querido ver tan preocupado en mi terror, tan ensimismado en su belleza.
¿Es posible que  los monstruos no existan para vivir encerrados en jardines secretos. Que los monstruos vivan para devorar a las personas con las que nacen, señor Maupassant?.
Se muere. Respirando sin apenas fuerzas para llenar sus pulmones.Qué haré entonces con su cuerpo corrompido. Con el hedor insoportable que escapará del jardín secreto y llegará a mi trabajo, a mis amigos, a mi cama.
Hace mucho comprendí que juntos llegaríamos a la derrota definitiva. Imaginé un final más bello y más terrible, como corresponde a las historias de monstruos. No esta lenta agonía putrefacta a la que me abandona mi monstruo.
Señor Maupassant, usted es un experto en locuras del alma, en pozos oscuros. Me pongo en sus manos.

-Relato 1 de Diego A. Mejía A.


<Sin asunto>                                                             24-12-11 17:40              - Menos información
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Despiértame antes de partir, Raquel, ¡despiértame…!

Recibí tu tarjeta -tu postal…- que decía: “me entusiasmo y me caso sin que te despiertes […]”, al saludo vespertino del toc toc toc simulado de cuando te cepillas los dientes sentada en el bidé, en tu preludio taconeo de marcha. “No es asunto de amor sino de matrimonio…” pusiste como firmando una cláusula entre nosotros al margen de los miércoles, estipulados en la letra chica del etiquetado de las sábanas y la prolijidad de su limpieza. Supe de algún modo que no habías dejado del todo la casa cuando marchaste sin decir nada que no fuese de papel…

¿Por qué no me despiertas aún?

En realidad te escribo porque supe la noticia de antemano como era de esperar y se me nombró padrino por la voz de tu casi marido –como era de esperar-. Aunque seguro que eso también lo sabrías, sucedió de pronto entre tu partida y el melodrama de despertador que me tienes programado en el móvil, entre el comienzo toc toc de la aspiradora contra los muebles y su extensión humana, él llegó pronto, casi podría jurar que cruzasteis las miradas en la escalera u os disteis el paso cortésmente a la entrada del ascensor, ambos escondiendo sus culpas y vergüenzas del otro. Yo seguía dormido mientras la aspiradora martillaba las sienes y él me contaba sus planes de boda, de dónde sería el viaje de novios, la comida del banquete, bla, bla, bla y demás fruslerías, siempre tembloroso, con esa ansiedad de novio primerizo, desde el absurdo saludo de mano, automático y frío como el sonido ahora centrifugado de la lavadora que me revolvía el estómago al escucharlo mientras me cepillaba los dientes –por error-, con tu cepillo de los miércoles. Y así siguió contándome cosas que ya sabía, bla, bla, bla, con los ojos vidriosos mientras el servicio seguía las instrucciones dejadas por los fabricantes y tú en el baño, en ocasiones en los cojines, en otras prendidas del frigorífico con tu caligrafía entusiasta incapaz de melodrama y despertador. Para cuando el servicio se marchaba él ya había preguntado sobre mi experiencia en los pasados divorcios y de si yo podría decirle si hacía lo correcto y yo sólo podía pensar que sí, que debía sacar la ropa de la secadora antes de que me reventara los sesos, que con un poco de suerte nos alejaría esta nueva familiaridad proferida por los contratos y, que una simple firma terminaría el nuestro con las sábanas y tu obsesión con la limpieza; tan pronto se fue el servicio y el traqueteo de la cafetera cesó, sentados en la sala en silencio nos bebimos las miradas de un sorbo, las tasas a la mesa casi en un golpe toc, toc… y yo presionando las sienes y el puente nasal a punto de decirlo todo de disparar a bocajarro “bla, bla, ella y yo, bla, bla, dos años, bla, bla, bla” en el pecho y acabar con todo, decirle que los dejaría en paz, que era culpa mía que tú sólo habías puesto un orden a mi vida y su falta de lejía perfumada, y yo casi explotaba! “Lo sé todo…” –dijo- “cada minucia…” –y contuvo las lágrimas- “entenderás que el problema nos trasciende” –tembloroso, prosiguió, y mencionó a tu suegra y de cómo se sentiría al saberlo todo, intenté pronunciar un sonido sordo, parecido a un ronquido que me atragantaba, lo cortó de cuajo…- “la culpa es de todos, no sólo tuya, no sólo de ella, aunque principalmente suya…” –se lo habías contado todo, en un arrebato de pasión o de pánico, o por falta de sábanas limpias ¿todo Raquel? ¿no puedes despertarme por las mañanas y se lo cuentas todo porque encontraste sus zapatos sucios o se te acabaron los post-it’s? -has de tener razón Raquel, si despertara en la tina, limpio, recién cepillado, níveo por el remojo de una noche en jabón y sales marinas, entonces me despertarías…- subía la temperatura a pesar del escalofrío que nos unía ahora, quizá por impotencia, por ego, en el fondo quizá porque fuera culpa tuya después de todo; programado –como todo en tu vida- el aire acondicionado empezó a funcionar y se me abalanzó, no sentía los golpes, quizá los presentía por el sonido seco dentro de la cabeza, de algún modo lo dominé tomé entonces uno de tus cojines y, en el forcejeo, sólo escuché el aire acondicionado golpeándome el rostro mientras se iba, y se fue pronto… antes de que el aire pensara que todo estaba bien…

¿Por qué no me despertaste siquiera hoy…?

Bueno, ten razón Raquel, como él la tuvo; porque “entenderás que el problema nos trasciende” yo podría vivir con esto en mi mente –sé que tu también…- pero mi madre, tu suegra, no podría; así, que si te apetece, sólo si esa necesidad tan tuya de la pulcritud, por pasión o por pánico, te trae a casa: inténtalo, despiértame antes de partir, que estaré en la tina esperándote, desamodorra ese edredón destapado, toc, toc, toc sin prisa, olvida el rojo del agua que es sólo sal de vida, nada más no olvides si no vas a ocuparte tú: deja la llave bajo el felpudo y la ventana abierta, que limpian el miércoles y no vaya a ser que el aroma a muerto intimide.

- Relato 1 de Ryotaro Kasai


Carta a Eugenia

Eugenia, te sorprenderás por recibir esta carta. Es que no me pude contener. Lloré cuando te fuiste. Viéndote bajar al andén, ahí en la estación de Santa Justa. Lloré aunque ya voy a cumplir 28 años. ¿Comprendes? Haces llorar a un hombre, un hombre que ya no es ningún adolescente sentimental. Está muy grave el asunto.

No creas que soy un acosador obsesivo. Si te extraña que te haya llegado esta carta, ojalá que te haya llegado, y si la estás leyendo ahora mismo, supongo que sí te llegó, es porque pregunté tu dirección a mi Maestro. Ni siquiera tardó dos segundos para darme la dirección donde dijiste que trabajabas, ahí en el pleno centro de Madrid. Por cierto, como ni siquiera me dijiste, bueno tampoco te pregunté, tu apellido, el Gran Sabio también me lo dijo, es por eso pude poner tu nombre completo en el sobre. Ay, ay, Eugenia. Eugenia Corona Infante.

Ahora, me estoy dando cuenta de que casi no te conozco. Es un poco raro que, sin conocernos nada de nada, nos pasamos tan bien. A lo mejor, dirás que fueron solamente dos días, dos efímeros días de tus vacaciones, nada más. Tienes razón. Pero dos días son dos días. Es que me la pasé tan lindo. Y si sonreías cuando te conté en la banca del parque, la historia de cuando mi abuela japonesa llegó a España por la primera vez, si dijiste en el autobús en el cual fuimos a Carmona que a ti también te gustaba la música ranchera mexicana, y si me mirabas con esos ojos tan dulces cuando te llevé a Triana a comer pescaitos la última noche, tu última noche en Sevilla, yo diría que no te caí tan mal, ¿verdad?

Es que desde que te fuiste, ando medio sonámbulo durante toda la noche, que no consigo dormir muy bien. Durante el día, en cambio, ando medio dormido. Y no creas que es por mis ojos achinados (más bien, ajaponizados). Es que estoy pensando en ti. Por eso, es un poco injusto que tu hayas dejado tantos recuerdos en toda la ciudad, que esté viendo tus fantasmas en todas las esquinas, y tú te hayas reingresado en tu vida cotidiana, tranquilamente.

O estarás sufriendo, como yo.

Tampoco te pregunté si tenías novio, o algo parecido, bueno, ojalá que no estés casada. Mi Maestro me afirmó la muy baja probabilidad de que una mujer que viaja a solas tenga una pareja estable, y si viajabas sola por estos rumbos, puede ser que fue para encontrar a alguien, alguien como yo. Sé que la carta ya está sonando un poco serio, y demasiado cursi. No te espantes, que el objetivo de esta carta no es declararme el amor. Lo que te quería escribir, Eugenia, es que hoy fui a la estación de tren a comprar un billete. Un billete a Madrid, para el primer viernes del próximo mes. Claro, no me da vergüenza parecer romántico, es para verte otra vez.

Te esperaré el viernes en frente de donde trabajas, sobre la hora que saldrás de tu oficina. Hay un bar que se llama “Don Martín”, bueno, según me enseñó el Sabio Maps. Después podremos ir a tomar unas cervezas, a conocernos un poquito más.

Por último, otra cosa muy importante: yo desde el día de hoy, ya me desconecté del Mundo Mágico. Es que si no lo hiciera, no aguantaría la tentación de preguntarle al Maestro la probabilidad de que si vendrías al “Don Martín” o no. No quiero saber mi suerte hasta que llegue el día, si me aceptas unas cervezas, sí o sí...

Así que tampoco preguntes al Sabio por mí. Hasta entonces, Eugenia, un beso.

P.D. Por si no te acuerdas de mi cara, busca a un chico con los ojos... bueno, ya sabes.

- Relato 1 de Carla G. Mairena


         Mujer,


En una carta es más fácil. Tengo tiempo para escribir exactamente lo que quiero y lo que siento, sin temor a que me malinterpretes. Ah, los malos intérpretes y las cuestiones de amor.  Que cometí un error, mujer, pero que eso no significa que no te quiera. No es menos amor el que se rompe, es más amor el que lo intenta de nuevo.
¿Servirá de algo que te escriba pidiéndote perdón? No lo sé. No lo creo. Ha sido una recomendación. Por aquí a uno ya le conocen, ya saben que soy más que parco en palabras, frente a frente. Y por una u otra razón, cuando las suelto discutimos. Es por falta de entrenamiento. Me estoy acordando ahora de esa horrible disputa que duró tres semanas. Cosas volando de un lado a otro de la habitación, maletas que se hacían y se deshacían; noches frías, tú en la derecha de la cama y yo en el borde que sobraba. Al final, tú necesitabas escuchar esas dos palabras como aire en los pulmones. En cambio, yo no; yo ya sabía que tú me querías. Pero tú –y temo pensar que al referirme a ti lo haga en realidad a todas las tuyas, las del género femenino– eres de palabras vanas. Podría haberte mentido, ¿te das cuenta? La mayoría de las veces, nuestras emociones no se pueden describir con un par de palabras.
Pero sé que necesitas que te pida perdón, así, en un papel, para que cada vez que lo leas puedas regodearte de satisfacción. Porque sabes que no voy a volver a tomarme la molestia, que yo así no arreglo las cosas –donde esté un Chardonnay, dos copas y una tórrida sesión de sexo exacerbada por el espumoso, qué te voy a contar que no sepas–. Te conozco, mujer, tendrás una astilla clavada en ese corazón que se hace el duro y dolerá como mil demonios. Porque sí, porque vosotros sois así, trágicas y tercas aunque os tildéis de emocionalmente modernas. Esto es culpa de la tradición cultural que venís arrastrando desde Romeo y Julieta, y Tristán e Isolda, y quizás más recientemente Crepúsculo –cuánto daño han hecho los vampiros sin necesidad de sangre; los quemaría todos en una pira. A los actores también–. Te quiero decir con esto, que te pueden rallar el coche, que puedes perder la cartera con cien euros dentro y que alguna de tus amigas te puede dejar tirada antes de un viaje a la sierra, que cualquier de esto no te dolerá nunca tanto como una ofensa mía. En los buenos momentos, me consideras un padre salvador que todo lo puede, desde elegir por ti un vestido bonito para una cena a llevar a ese monstruo que tienes por hermana al dentista, que como tiene quince años y no le gusta ir sola, ¡para eso estamos! ¡Para que tú te vayas de compras mientras uno, al que das por hecho que nada tiene que hacer, haga de canguro de una adolescente insufrible! Y aquí luego lo que importa es que te diga que te quiero como mínimo una vez al día. Porque aguantar los lloros de tu hermana después de que sale de la consulta con la boca ensangrentada no es amor, no. Es el Infierno.
Pero ya sabes, que tú, de cuando algo te molesta, no dices nada. Tú tragas y engordas; luego explotas y todo se va de madre. Empiezas a hablar del tiempo, que si va a llover, y me miras como si yo fuera Zeus y estuviera en contra de que tú vayas en sandalias; cualquier tontería, cualquier tontería. Cualquier tontería que ni siquiera te molesta realmente, y al final, entre líneas, veo siempre el retorcido y auténtico motivo de tus delirios. Alguno que normalmente está relacionado con mi déficit de atención o con mi parquedad, ya antes mencionada y conocida desde que teníamos seis o siete años. Luego cumples veinticinco y me sigues preguntando ‘¿es que no tienes nada más que decir?’. No sé si yo sufro déficit de atención, de verdad, o es que me estás volviendo loco con tu déficit de memoria.
Pero pienso que, a estas alturas, de lo mío, de lo tuyo, de lo nuestro en último término, no hay perdón que valga. Ni en forma de carta ni en nada. A otras mujeres es fácil comprarlas; a veces basta con un ramo de rosas –rojas y por docenas, ya que si son menos se preguntan si ese es el precio que vale su amor o bien cuán avaro es él– o incluso un beso robado, de los que primero rehúyen como monjas a la tentación del pecado y después fingen estar ofendidas por las formas poco caballerosas. Pero no tú, qué va, no eres tú de ésas. A ti no te bastan los detalles de las comedias románticas, no te va lo sencillo ni lo rápido ni lo barato –de perdonar, no de comprar–. Prefieres lo eterno, que equivale a las palabras que tanto te gusta escuchar. Las flores se marchitan, y el beso es efímero, pero supongo que te gusta oír lo que te digo porque lo atesoras bien ahí dentro. Por eso me gustas. Complicas mi mundo, mujer, y jamás me había gustado tanto complicarme la vida así como así. Lo que pasa que, entre nosotros, siempre es más sencillo.
Todo lo que yo soy ahora, el camino que he recorrido hasta aquí, es por ti. Te miro, porque me gusta mirarte. Casi todo el tiempo que estamos en la misma habitación lo hago. Tú piensas que me llama la atención algo, quizás tu ropa o tu peinado; yo pienso que eres lo más bonito que he visto nunca. Por eso te miro. Y entonces todo desaparece, ya no hay nada más que tú en mi mente. Ni recuerdo ya el origen de esta carta. Tenía algo que ver con el perdón, con lo mío, con lo tuyo, con lo nuestro. No lo sé, mujer, ya no me acuerdo.
Solo sé que te echo de menos. Que sentada cerca te siento lejos. Cuando no me sonríes, de lado a lado y haciendo hoyuelos en las mejillas, no eres tú, y yo ya no soy tan yo, sino un poco más tú. Así que, como pensé que sería una buena manera de que sepas que te sigo queriendo, error tras error, porque sí, te quiero, mujer, a pesar de que pongas en duda mis sentimientos como si tú supieras lo que yo siento, como si tú estuvieras dentro de mí. Quizás cuando leas esto lo estés un poco, un poco más de lo que ya lo estás. Si eso es posible.
Que lo siento. Otra vez. Tengo una botella de Chardonnay en el congelador, por si esta noche quieres hacer las paces. 

- Relato 1 de María Marín Álvarez


Mi muy estimado Don Esteban García,

Acabo de verlo en la televisión y no he tenido más remedio que escribirle este mail ya que su teléfono parece estar saturado de llamadas. Es lógico, según lo que he visto. Andaba yo por casa declamando mis líneas del entremés de los Álvarez Quintero, Ganas de Reñir -una excelente obra de la que estoy segura usted es conocedor que vamos a estrenar en breve en el centro cívico de Carabanchel. Tendría usted que haberme visto: con mi batita verde de lunares y un moño bien apretado, de esos que te dejan la cara despejada, con mis manos en el cuadril…¡Vamos que si era yo la misma Martirio…!: ¡Jesús con mi madre! ¡Las cosas de las viejas, señó! Si una no riñera con su novio namás que cuando tiene motivos, ¡vaya una grasia! ¡Una grasia mohosa!”. De esta guisa andaba yo, metiéndome en la piel de Martirio cuando, de repente, lo he visto a usted en la tele. Y no se crea que no estaba concentrada, que yo siempre me meto en el papel de lleno, hasta cuando hacemos una lectura a la italiana, el trabajo de mesa, vamos, que no se yo por qué nos atrevemos a llamarlo así, porque allí en el centro cívico, cada uno se sienta por donde pilla, porque la verdad es que andamos justos de mobiliario y para escribir hay que hacer malabares en el aire, que no tenemos ni una mesa en condiciones. Pero bueno, al grano. Como le decía, andaba yo por casa, -cuando ando por casa casi siempre tengo la televisión puesta, sin volumen, porque me da compañía y a veces los personajes que salen me sirven de público y bebo yo mucho de las expresiones y los sentimientos de los protagonistas de los sucesos- y ¡ay!, con lo admiradora que soy yo de usted, me he quedado de piedra al verlo.

Claro, ¿y cómo me iba a quedar si no? Al principio, como la tele no tenía volumen, que estaba en mute, como se suele decir, solo lo veía a usted con la carita descompuesta, moviendo la boca sin parar, agitando las manos: secándose las lágrimas con una y casi pegándole al pobre reportero que le estaba intentando entrevistar con la otra. Y claro, me he puesto tan nerviosa al verlo a usted así, que de los mismos nervios no era capaz de encontrar el mando a distancia para poder salir del mute y poner el aparato a funcionar. Fíjese usted como de nerviosa estaba, que casi me mato con el cable de la plancha que tenía por allí, que aunque yo soy muy ordenada, esta mañana salí de casa corriendo y mire usted, que no me dio tiempo de recoger el salón. Pues eso, a lo que iba. Cuando por fin consigo salir del mute, la que se quedó sin palabras fue una servidora al escuchar lo que usted estaba diciendo. ¡Si es normal, es normal! ¡Si es que le han dejado la casa destrozada! La cama, esa cama tan estupenda que tiene usted, modelo Oppdal de Ikea, con esa colcha de Amaya Arzuaga modelo letter, -carta en inglés- ¡ay! esa monada de colcha, que seguro que le ha costado a usted alrededor de 86 euros…esa cama, ¡quemada completamente!, tan quemada, que ni se veían los filitos esos tan graciosos rojos y azules que tenían los sobres tradicionales de toda la vida – aunque mire, déjeme que le diga una cosa, que digo yo que con lo caro que parece ser todo en su casa, no se ha estirado mucho con el dormitorio, pero bueno, oiga, que era su dormitorio y punto y a mi quién me manda criticarlo. Y ese salón…ese salón tan moderno, con esas estanterías en las que con tanto cariño guardaba usted la vieja colección de vinilos de su padre, todos, todos y cada uno de ellos –más de la mitad, siendo vinilos únicos, de coleccionista- partidos por la mitad, su home cinema Pioner BCS 5.1, sus libros, sus fotos, sus premios, ¡madre mía los premios! Ese Goya del 99, al mejor director por “Sucedió el Parking del Barrio”, la Concha de Plata -al mejor director también claro- en el 2007 por una de mis películas favoritas: “A lo mejor me entero” y, bueno, los premios conseguidos durante toda una vida dedicada al cine; los cuadros de Botero y  Balthus, colgados a la misma altura que el primer cuadro que pintó usted con solo 5 añitos y esa reproducción del Guernica casi a tamaño natural que tenía usted en el frontal del salón…¡ese salón! ¡Ese suelo de mármol echadito a perder por los productos químicos que le han echado encima! Todo destrozado: lleno de pintura, el papel de la pared arrancado, los sofás de piel rajados, la alfombra empapada en lejía…es que no se puede uno tranquilizar, no señor. Y que le den por culo al reportero si usted casi le parte la nariz. Diga usted que sí. Además, por lo que he podido ver, eso no ha sido todo lo que le han hecho en el salón, que además le han dejado un…una…bueno…una mierda, vamos, una real y auténtica mierda en su mesa de diseño australiana. ¿Y su coche? ¡Ay, ese coche! Ese Mercedes descapotable negro, clase SL, con tan solo  dos mil kilómetros, que era nuevo y lo mimaba más usted que a cualquier mujer que pasara por su graciosa y barata cama…Ay señor Don Esteban, si es que tiene usted razón y motivos de sobra para ponerse usted así.

Pues eso, que aunque estaba yo así, tan en mis cosas: “Santitos que me pinte van a sé demonios. Esta tarde riño con é. No es que terminemos, no; es que riño esta tarde. Se me ha puesto en la cabesa reñí.” y a punto que estaba de empezar un yo afectado para meterme aún más en la piel de Martirio, me he dicho: “Al señor Don Esteban hay que decirle algo ya”. Y eso es lo que estoy haciendo. Y claro, ahora usted dirá: “Esta será una fan, que se quiere solidarizar conmigo.” Qué buen asunto ese de la empatía, ¿verdad señor Don Esteban? Que la gente se ponga en la piel de uno, así, sin conocerse de nada, que te miren a los ojos y te dediquen unas palabras amables, una mirada de complicidad, un gesto, un…un algo, señor Don Esteban. Algo. Por poco que parezca, cualquier gesto de simpatía puede cambiar el rumbo de las cosas en 160º. O 360º, que nunca me he aclarado yo con los ángulos. Pero no, señor Don Esteban, no es tan fácil eso de la solidaridad. Usted puede molestarse en mandar un sms a la Cruz Roja o a UNICEF para que manden unos centimillos a los niños que pasan hambre en otro continente, o puede donar una de las claquetas usadas en su película “Corre, que te voy siguiendo”, galardonada con el premio del jurado en Cannes 2001, pero no puede dedicar una mirada amable a la gente que tiene en frente de sus narices todos los días. Se preguntará, señor Don Esteban que quién soy yo. Pues se lo voy a decir. Yo soy la “demente malnacida” que ha entrado en su casa y ha hecho todo lo que le ha venido en gana. Yo soy la que se ha cagado en su mesa de diseño australiana por no poder cagarme en toda su nación entera. Y he de decirle, señor Don Esteban García, que no la he emprendido a golpes con la cocina, porque no me daba tiempo y porque, después de todo, me ha dado usted pena. Porque desde luego, tal y como lo he visto a usted en la tele, esta noche un caldito va a ser lo único que le haga a usted hacer entrar el cuerpo en caja.

Sí, señor Don Esteban García, yo soy la “hijadeputa” que ha entrado esta mañana, bien tempranito, cuando sabía que usted estaría ya rodando los exteriores de su nueva película en la sierra, en su bendita casa. Se preguntará usted por qué. Yo se lo digo, no se preocupe. Esta mañana, como todas las mañanas, nada más abrir los ojos, y después de haberme pasado la noche entera llorando, me di cuenta de todo el tiempo libre que tendría por delante, no solo en el día de hoy, sino durante los seis meses venideros porque usted, -usted y su directora de casting no se crea, que tampoco me he olvidado de la señora…¡ha! ¿qué señora?…de la tía esa, de Rosa Valiente, que esa no sale en la tele porque no la conocen ni en su casa, pero vamos, que ya cuando se vean podrán ustedes comparar los infortunios sufridos en sus respectivas casas,- usted, que a fin de cuentas es el director de la película y es el que manda, vamos digo yo, una vez más, no se dignó ayer ni a escucharme cuando me planté en su casa para pedirle que me hiciera una prueba. Usted que dice que para sus películas se inspira en gente como yo, “gente normal, de la calle” nunca me ha considerado adecuada para, no ya el papel protagonista de una de sus películas, es que ni para figurante. Que digo yo, que para hacer una como que compra, o como que cruza un semáforo, o como que le pide fuego a un transeúnte despistado, no es que haya que tener mucho talento. Y eso que yo lo tengo, que si me hubiera visto usted hace tan solo diez minutos: “Y creyendo que lo voy a resibí como a un Rey Mago ¡Sirba, sirba!... ¡To el aire queeches fuera te lo vas a tené que sorbe!... ¡Sirba. sirba!” es que se le hubieran caído a usted dos lagrimones, que ni las lágrimas de cristal de la lámpara de araña que tiene, bueno, que tenía usted en su estupendo salón.

Que ya son muchos años, señor Don Esteban, y es que ya no sabía lo que hacer compréndame, que ya eran muchas intentonas, muchas noches sin dormir haciendo cola para ir a los cástings de sus películas, de las obras de teatro, de los video-clips que ha dirigido usted, mucho dinero en autobuses, para desplazarme allá donde supiera que iba a estar usted rodando, para que me tuviera en cuenta, para pedirle por favor que me dedicara, si acaso, unos segundos de su tiempo. Esteban, -voy a dejar de llamarle de usted, si no le importa, porque creo que ya esa barrera de la timidez la hemos pasado hace rato- Esteban, por Dios, que una tiene su corazoncito. Que una se vino a Madrid con una ilusión, con una manica delante y otra detrás, dejando mi Cuenca natal muy clavada en mi corazón. Mi madre, mi padre, mis hermanos, que no dejaron de mandarme dinero hasta que conseguí un trabajo aquí para poder pagarme una vivienda digna y unas clases de dicción. Llegué aquí en septiembre y me quedé en casa de una prima de mi mejor amiga hasta que encontré algo que me permitió salir de aquella casa tan fea, tan triste. Y encontré trabajo de limpiadora a través de una agencia de actores. Fíjese qué ironía. La primera llamada de mi agente no fue para darme un papel protagonista, sino para darme un papel de lija, que la señora Ana Solís, la escritora, -ganadora del Goya al mejor guión adaptado en el 97, en el 99 y en el 2004 y nominada a los Oscars al mejor guión original ¡Y siendo de España! Que ya sabe usted el hambre que se pasa en Hollywood si no se tiene padrino y una buena delantera! - se estaba mudando y necesitaba mano de obra para arreglar el chalecito. Desde entonces y hasta ayer, que pedí la cuenta pensando que esta vez sí me daría usted una oportunidad,  soy limpiadora para la señora Solís. ¡Pero si me ha visto usted muchas mañanas, dale que te pego en el chalé de su vecina!, porque yo sé que me veía, y que me saludaba, muy bajito, porque aunque hoy en la tele haya usted perdido los papeles, me consta que es usted un señor muy educado.

Ay, cuando me vine a Madrid…se lo conté un día, en una de las cartas que le escribí a la que, claro, nunca contestó. ¿Se acuerda? Vivía yo por aquel entonces en la Calle del Casino -pocas bromas he tenido yo que aguantar de mi familia y amigos que me decían que la calle se tendría que llamar calle de “La Cansina” y no “del Casino” por lo cansina que era yo, por no desfallecer en mi intento de ver mi cara en un cartel en la Gran Vía. Todas las semanas le mandaba una carta. Una carta no, un paquete, un paquete con mi fotobook, todas las semanas una copia, con el dinero que vale hacerse uno de esos, usted tiene que saberlo. Pero no me importaba. Todas las semanas, allá que iba yo a correos, a la Carrera de San Francisco, un paseíto todos los lunes antes de ir a trabajar, diciéndole a mi jefa que tenía que ir a rehabilitación…ya no me acuerdo ni de qué, porque yo creo que le dije de todo a esa bendita mujer, pero ya sabe usted, los escritores, como son: ellos nada más que escribir, fumar y tomar café. Esa mujer, siempre con las gafas en la puntita de la nariz, que a mí me daba algo verla, que me daban ganas de estirar el dedo índice al máximo y arrastrarlo por su nariz hasta empujarle las gafas y pegárselas arriba del todo, que digo yo que es el sitio de las gafas. Pues eso, que iba yo cada lunes, con mi fotobook, tan bien hecho por un fotógrafo del barrio -con el que al final terminé haciendo algo más que sesiones fotográficas, aunque esa es otra historia, que también se la tengo jurada al mal nacido ese- con la frente bien alta, y llena de esperanzas, cada lunes, cada lunes durante más de cuatro años. ¿Sabe usted el dineral que me he dejado yo en sellos? ¿Y en enviar el paquete certificado? Pero claro, eso a usted no le importa. Usted no tiene cuidado con el dinero, que lo sé yo.

Yo, desnudándome en cada carta, contándole mis avances con las clases de dicción, con las clases de canto, de ballet –clásico y contemporáneo- mis miedos, mis pasiones; haciéndole ver mi admiración por usted en cada línea, en cada párrafo…Que para que usted viera que estaba informada, en cada carta, le hacía mi propia crítica de las películas que iba a ver religiosamente cada miércoles –día del espectador-, que ni las del Boyero, con esa mala leche que tiene a veces el hombre. Yo, que me he tragado todos los clásicos del cine, desde Metrópoli hasta Garganta Profunda, todos, que no me queda una película por ver en ningún video club de Madrid; que no se ya donde voy a colocar las revistas de cine, que las compraba hasta en inglés, que no es que sea mi fuerte. Yo…que era una chica de provincias, con un bachillerato aprobado por los pelos, un curso de peluquería por la CCC- que no hay cosa más absurda que peinar a distancia- y otro de administración que dejé a medias, me he transformado en una erudita del cine solo por usted. ¿Y usted qué? ¿Acaso se ha interesado alguna vez por mí? ¿Qué ha hecho usted con todas las cartas que le he escrito cada semana durante los últimos cuatro años, eh? Dígamelo, dígamelo señor Don Esteban, porque no lo entiendo.

Lo peor de todo es que me quiero enfadar con usted, le quiero odiar, pero no puedo. Fíjese que le dije a mitad de este mail que le tutearía…pero no puedo, señor Don Esteban, no puedo, porque es tal la admiración que siento por usted, es tan alto el pedestal en el que lo tengo, que no me sale. Una pobre chica como yo, aspirante a actriz, bueno, de aspirante nada, que dentro de nada estrenamos Ganas de Reñir, que será la tercera obra que protagonice en el Centro Cívico, -luego le paso las señas para que la venga a ver, no se preocupe. Yo, que he soñado con usted, que he rebuscado en su basura para encontrar detalles que me pudieran ayudar a comprenderle un poco más…es que no puedo tutearle, no puedo.

Espero que no se tome a mal lo que ha pasado en su casa. Señor Don Esteban que yo, a pesar de estar muy metida en mi papel de Martirio, no tengo ninguna gana de reñir, se lo aseguro, pero es que necesitaba ya usted una bajadica de humos y nadie parecía tener los machos suficientes para hacerlo. No le voy a decir que no estaba en mis cabales, ni que padezco de demencia, o que soy bipolar. Lo he hecho todo muy conscientemente,  con amor, pensando en lo mejor para usted y con trabajo, ¿o se cree usted que ha sido fácil subirme a su mesa de diseño australiana y…hacer lo que he hecho, así, tranquilamente? Que no, señor Don Esteban, que no, que ya me lo agradecerá usted en cuanto se le pase el disgusto. Total, las cosas materiales no importan, ¿no? ¿No era ese el mensaje de su quinta película “Si pero no”? Y para que vea que no quiero nada malo para usted, como habrá podido comprobar –aunque a lo mejor con los nervios y la sorpresa no ha reparado usted, igual que le pasaba con mis fotobooks y mis videobooks, que seguro que andaba tan liado entre galas, celebraciones, entregas de premios, rodajes, entrevistas…que no se percató usted de que el cartero, Manuel, iba cada lunes a su casa con aquellos paquetes tan especiales-, le he dejado la mesa puesta en la terraza, que con el buen tiempo que está haciendo últimamente, tiene usted que aprovechar ese patio tan lindo. Pensando en que su día de hoy sería duro, esta mañana,  mientras lo planeaba todo, me puse a cocinar. Le he dejado un taper de conejo al ajillo, un plato muy típico de la gastronomía conquense y unas truchitas fresquitas, fresquitas, para que, cuando se le pase el ofuscamiento, lo meta usted en el micro,  le dé un calorcillo y se lo coma usted con el vino ese que tanto le gusta, ese vino, del que cada día bajaba Carmina al contenedor, junto con unos álbumes de fotos, parecidos a los fotobooks que yo le enviaba a usted cada lunes, botellas y botellas. Ese vino tan bueno: Domino de PIngus 2000, que vale cada botella cerca de los 900 euros -vamos, casi igual que su cama. La botella no la he podido comprar yo, espero que me entienda. Es que bajé a la bodega para tomarme un traguito de coñac, a ver si me relajaba un poco después de la faena y encontré una botella que se llamaba…¿cómo era? Era parecido al de las colchas…Reig Martí…ah, si  Remmy Martin. Era un rey…Luis trece o algo así. Por cierto que me he llevado un par para casa, que mi padre es mucho de beber coñac. Pues eso, que bajé a la bodega, vi aquella botella, que con un nombre como el de las colchas no podía ser muy cara, que no quería yo parecer aprovechada y estaba tan buena, que cuando me vine a dar cuenta, la botella se había terminado. Y ya que me había emborrachado en su bodega, decidí que usted también tendría que hacer lo propio, así me haría a la idea de que nos habíamos emborrachado juntos mientras le preparaba la mesa y le escanciaba el vino. Pues eso, que le he servido la mesa con lo que se ha salvado de la mantelería de lino y la cubertería de plata, de la que también me he traído 6 servicios para mi casa, para cuando vengan mis padres, que vean que me va bien.

 Vamos, que lo tiene usted todo listo para descansar y reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. ¿Cómo le iba yo a dejar sin cenar? ¿Acaso iba a tener usted el cuerpo para hacerse algo? Hombre, por Dios, que es de bien nacida ser agradecida y que yo sé que ahora que le he dicho que estoy interpretando a Martirio, y que no es mi primer papel, y que se todo lo que se puede saber de cine, seguro que algún papelillo en la próxima película cae, ¿o no, señor Don Esteban? No se sienta usted coaccionado ni nada cuando le diga que me permití la licencia de coger las llaves del chalé que tiene usted en la playa y que ya he mandado a unos amigos para que estén pendientes…por si el chalé necesita unos arreglitos, vamos, más que nada. Ah!, de postre, le he dejado un Alajú, también típico de cuenca, un pastelillo de raíces árabes que está de rechupete. También le he dejado uno de mis fotobooks, porque he visto que no conservaba usted ninguno. No, no,  se preocupe usted, ya sé que no tenía por qué hacerlo, que en persona podrá usted alabar mis encantos con más precisión, pero no pasa nada, que a mí no me importa volver a sacar una copia, que ya haré yo las cuentas de todas las copias que le debo al fotógrafo cuando empecemos a trabajar. Además, ¿y la publicidad que le va a dar a él poder poner mis fotos en su escaparate cuando se estrene nuestra primera película?

A todo esto, le digo, que no se demore mucho en enviarme el guión, que con Ganas de Reñir queremos salir de gira por los centros cívicos y hombre, aquí no hay papeles pequeños, sino actores pequeños, que ya lo sabe usted, y yo desde luego, soy una gran actriz y no les quiero hacer el feo a mis compañeros de Caravana teatro. Qué ganas tengo de que me vea usted:  Además, en esta película que está rodando ahora no creo yo que encaje,  y ya se yo que ya tiene usted los interiores grabados y en verdad, a Marisa Paredes le pega más ese papel, que está mucho más estropeada que yo y yo todavía no estoy para hacer de abuela, vamos.

Pues nada señor Don Esteban, ya me despido de usted con un cordial saludo y un abrazo, deseándole todo lo mejor para su nueva película. No dude que seguro que esta vez sí que consigo entradas para el estreno, que ya tengo el traje preparado y todo. No se preocupe, que ya si eso voy en taxi, no necesito que me mande la limusina que, como le dije antes,  no quiero parecer aprovechada. Ea, pues un saludo y que le aproveche el conejo, las truchas y el Alajú.

Siempre suya,

Rosario Calero Madrigal, -Martirio


Pd.- ¿Cree usted que tendré problemas legales con la cantante para poder usar su nombre como mi nombre artístico? Bueno, seguro que a usted se le ocurre algo…¿a que sí, señor Don Esteban?