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viernes, 1 de junio de 2012

-Relato 6 de Ryotaro Kasai


El hijo del dios nació en la aldea

Justo en la mitad de la ladera de la montaña está el templo sintoísta de la aldea, el cual es dedicado al dios de la sagrada montaña.
-Sacerdote, siento que ya falta poco –le dice una joven muchacha al sacerdote.
-¿Cómo te sientes, hija? –le contesta a la joven el no tan viejo pero tampoco muy joven sacerdote sin mirarla. Sigue limpiando el altar con un plumero de papel.
-Bien, muy bien. Creo que todo va a salir bien. Pero, –a su cara de la muchacha se le nota una vaga ansiedad y algo más- solo me preocupa lo que dirán sobre mi hijo en el pueblo. Rumorean que va a nacer un monstruo, sabe usted.
-Tranquila, hija. Te basta con saber que no es verdad –el sacerdote voltea hacia ella y mira fijamente a sus ojos-. No puede nacer un monstruo desde el vientre de una doncella como tú.
-Ya, pero si usted dice que no es su hijo, ¿quién va a ser el padre de mi hijo?
-Bueno, aun así, -el sacerdote se pone a limpiar el altar de nuevo como si sacudiera la mirada de la muchacha- el bebé no puede ser un monstruo.
-Ya lo sé, sacerdote. Pero la gente del pueblo dicen que sí. Dicen que soy una doncella. Dicen que en esta montaña no vive nadie más que usted y yo. Y si usted es un santo, como dicen la gente del pueblo, ¿quién va a ser el padre de mi hijo? –las mejillas de la muchacha se encienden de enardecimiento-. El otro día que bajé a la aldea, me preguntaron y no supe qué decir. Luego, mi tía me dijo que en el pueblo se rumoreaba que me embaracé de un ogro.
-Hija, tú sabes que no existen ogros en esta sagrada montaña –el sacerdote lleva a la muchacha al corredor exterior del templo, la sienta ahí y él también se sienta al lado de ella.
-Lo sé, sacerdote. Pero, ¿por qué cree usted que no es su hijo?
-Mira, hija, yo me he dedicado toda mi vida a venerar esta sagrada montaña. Me he dedicado a cuidar este templo que también es muy sagrado. Lo es para la gente del pueblo, también. Lo saben toda la aldea y la gente me respeta por lo mismo –al decirlo, el sacerdote expira profundo para calmarse a sí mismo, y sigue en un tono más suave que antes- Después de tantos años de devoción, no puede ser que tenga un hijo. No puede ser.
-Sacerdote, -dice la muchacha, sin mirar su cara. Está mirando, sin mirar, las casas de la aldea que se ven al pie de la montaña- no le pido que usted sea el padre de mi hijo. Solo me preocupa el futuro del niño, si lo ven como un monstruo al pobrecito, y ni siquiera ha nacido aún. Solo me preocupa su futuro, solo eso.
-Entiendo –contesta el sacerdote.

Al oscurecerse, se refresca el aire en la montaña. Los dos, el sacerdote y la muchacha, se acuestan en el suelo, en un cuarto del templo. El sacerdote dice;
-Escucha, hija, te quiero decir algo.
-Dígame, sacerdote.
-Estaba pensando toda la tarde sobre lo que hablamos, sobre el origen de la nueva vida –el sacerdote pone su mano suavemente encima del vientre de la muchacha- que tienes aquí dentro. Si esta criatura no es mi hijo, y mucho menos un monstruo, ¿porqué no puede ser el hijo de la deidad de la montaña?
-¿Cómo? –la muchacha se incorpora exclamando.
-Estoy seguro de que va a nacer el hijo del dios –el sacerdote también se incorpora.
-Pero, no puede ser, si soy una mujer cualquiera. No puede ser –la muchacha se pone nerviosa.
-Hija mía, escúchame. Yo creo que es lógico que pensemos en esta manera. El dios de la montaña, agradecido por mi devoto servicio, me regaló un hijo. Más bien, me encargó un hijo suyo. Primero, llegaste tú a este humilde templo como un obsequio del cielo, luego pasó lo que pasó por la divina voluntad de todas las deidades de todas las tierras, y ahora, él me otorga un hijo.
-Entonces, -a la muchacha se le ha quitado la ansiedad y ahora brillan los ojos con emoción-  ¿yo voy a ser la madre de un dios?
-Mmm, -tras pensar unos segundos apoyando la cabeza en la mano izquierda, el sacerdote contesta-, si seguimos esta lógica divina y providencial, tú podrías ser la madre del hijo del dios.
-¿De verdad? ¿Es verdad, sacerdote?
-Podría ser, en teoría –aun su rostro no se ve muy convencido.
-Oiga, sacerdote, pero entonces, ¿a usted le parece bien que la madre de un dios se vista tan pobremente? ¿No cree que es mejor ponerme kimono de seda y una peineta de marfil?
-Hija, mejor ya durmamos hoy. Mañana tendremos que madrugar como siempre -al decirlo, él apaga la vela con un soplo. Se acuesta de nuevo al suelo y cierra los ojos.
-Oiga, sacerdote –susurra la muchacha al oído del sacerdote, pero él no contesta, haciéndose el dormido.


-Buenas tardes, Kuma.
-Buenas tardes Hachi. ¿Qué tal el día?
-Aquí, ya sabes, a trabajar.
En la senda que atraviesa la aldea, la cual se encuentra al pie de la sagrada montaña, se saludan dos campesinos.
-Oye, por cierto, ya te enteraste del monstruo –dice Kuma a Hachi.
-¿Cuál monstruo? –Hachi pone su laya al suelo. Kuma hace lo mismo.
-El monstruo del templo. La jorobada dice que la muchacha del templo pronto va a dar a luz a un monstruo, hijo de un ogro de la montaña.
-Deja de decir babosadas, pendejo. No hay ningún ogro en la montaña. ¿De verdad, crees lo que dice esa vieja chiflada? –Hachi se sienta en la sombra de un árbol que está al lado de la senda. Kuma también se sienta en la misma sombra.
-Oye, pero la muchacha del templo es una doncella. Y se embarazó. Si no es un ogro,  ¿quién puede ser? –dice Kuma.
-Mmm, quién sabe. Solo sé que no hay ogro en la montaña –Hachi cierra los ojos muy significativamente-. A lo mejor, es el dios de la montaña.
-¿Qué pasa con el dios de la montaña? –pregunta Kuma.
-Tal vez, es el dios de la montaña el que embarazó a la muchacha.
-¡Cómo! –grita Kuma- ¿Te volviste loco o qué?
-Otro día le oí a la anciana cara de tejón y ella decía algo así.
-Pero si todo el pueblo sabe que la tejona es una mentirosa, ¿cómo puedes creer esas babosadas? ¿No te acuerdas que una vez ella dijo que su abuelo, que en paz descanse, curó un enfermo solo por tocarlo con su mano?
-Mira, Kuma -Hachi trata de poner una cara seria-. Tú dices que un ogro puede embarazar a una doncella. Yo digo que un dios puede hacer lo mismo. Ahora, ¿cuál crees que es más poderoso, un ogro o el dios de la sagrada montaña?
-Mmm, es difícil –Kuma se pone pensativo.
-¡Cómo que “mmm, es difícil”, pendejo! Claro que el dios de la montaña es más poderoso. Si él desea, hasta puede embarazarte a ti, Kuma. Así que anda con mucho cuidado. Nunca dudes el sagrado poder del dios de la montaña.
-¿Tú crees? –pregunta Kuma.
-Claro que sí –contesta Hachi-. Para él, embarazarte a ti, a la jorobada, a la anciana cara de tejón y a todas las mujeres del pueblo de una vez es más fácil que despertarse por la mañana.
-Pero, ¿el dios de la montaña duerme? –pregunta Kuma.
-Mmm, muy buena pregunta. Como no he visto al dios de la montaña ni despierto ni dormido, no puedo contestar a tu pregunta. A lo mejor, el dios no duerme.
-¿Y dormirá el hijo del dios de la montaña?, si es hijo del dios de verdad–Pregunta Kuma.
-Ya lo veremos, -contesta Hachi- creo que falta poco para que nazca.
Cuando ha pasado más de media hora charlando los dos campesinos, les viene corriendo una niña, nieta de la jorobada, y grita;
-¡Es una niña!
-Qué pasa, chiquilina. Tú sí que eres una niña –le dice Hachi a la niña.
La niña trata de decir algo, pero se queda sin aliento durante un instante, resollando por haber corrido a más no poder.
-Tranquila, pequeñina –dice Kuma-. A ver, ¿qué pasa con una niña?
Por fin, dice la niña, luciendo sus ojos;
-Es una niña.
-Pero, ¿de quién estás hablando? –pregunta Hachi.
-La hija del sacerdote –contesta la niña-. La hija de la muchacha del templo, ya sabéis. Es una niña, no fue un niño.
-Vaya –Kuma, sonriendo, ve la cara de Hachi de reojo.
-Oye chiquilina, -Hachi, también muy sonriente, empieza a hablar a la niña- hay cosas que no se pronuncian, aunque sí. Yo no creo que sea la hija del sacerdote. Ese muchacho es un santo.
-Hachi, yo solo vine a deciros que esta noche hay una fiesta en mi casa, no para que me des un sermón. La está preparando mi abuela para festejar el nacimiento del bebé. Tengo que avisarles a toda la aldea, estoy muy ocupada. Nos vemos más tarde –al decirlo, la niña se echa a correr hacia el molino por donde hay más jacales.
Pero al correr unos veinte metros, la niña se detiene, voltea y grita;
-¡Oye, ya voy a cumplir doce años y yo estoy segura de que es hija del sacerdote!
Los dos campesinos se rompen a reír.
-Oye –dice Hachi a Kuma-. Así que ya nació el hijo del dios.
-Así es, Hachi. Ya nació el hijo del ogro –contesta Kuma-. Pero, a lo mejor es hijo del sacerdote.
-Quizá sí, quizá no. De todos modos, es un motivo para festejar. Nació una niña en nuestra aldea –se levanta Hach y sacude la parte trasera con las manos. Kuma hace lo mismo.
-Así que hoy tenemos una fiesta –dice Kuma.
-Así es –contesta Hachi.
Los dos campesinos cogen las layas y juntos se ponen a caminar hacia el campo.

. Relato 5 de María Marín Álvarez


The Times The Are A-Changin’



     Lleva ya unos minutos al teléfono, sin parar de rascarse el cuello.

- Desde luego que lo haré- .Claro que lo haré no se preocupe usted, Don Gonzalo, eso se lo miro yo ahora mismo que voy a salir a la notaría, y si quiere nos tomamos un café en el Coletos a las 12 y se lo explico todo en un momento.-Mateo se rasca compulsivamente el cuello mientras escucha a Don Gonzalo hablar sobre la hipoteca de su hijo.- Si, si, y de la oferta del plasma también hablamos. – Sigue rascándose.

- Si, si, solo con la nómina, no se preocupe que eso ya se lo está mirando Sara, si, si.

     Mateo cuelga el teléfono con furia.- ¡Cateto!- Apostilla. – “Qué tío más pesado, por favor, todos los días me tiene que llamar para lo mismo…! Y ahora es que ya no sé ni por donde iba”.- Mira el escritorio. Suspira. “¡Valiente mañana!”.  Solo son las 11 y hace mucho que Mateo se arrancó la corbata. Al otro lado de su despacho, tras unos enormes cristales, solo puede ver cómo sus empleados trabajan sin parar, miradas clavadas en pantallas de última generación. La oficina está cargada, el aire acondicionado no funciona. Suena el teléfono.

-Si, Mateo Albéniz,  dígame.

- Mateo, cariño, ¿en qué habíamos quedado?

-¡Ay! Ana mi vida, lo siento. Es que h tenido una mañana muy dura.

-Si, ya lo he supuesto. Igual que supongo que no te habrás parado a pensar que la mañana también puede haber sido dura para mi, y que me ha costado mucho trabajo pedirle a mi jefa que me dejara salir una hora por la mañana para ir a mirar las invitaciones.

-Ana, mi vida, por favor…No te pongas así.

-No Mateo, si yo no me pongo de ninguna manera. Es que siempre es igual. Que no tienes tiempo ni para preparar tu propia boda.

-Ana, mira, te prometo que…

-Mira Mateo, no me prometas nada. Ya estoy empezando a cansarme de tus promesas.

-Ana, este fin de semana yo te….

-Mateo, déjate de chorradas. Este fin de semana te vas otra vez a Madrid. Este fin de semana me vuelves a dejar tirada con TUS padres, en una barbacoa que habías organizado tú, así que déjate de “este fin de semana”.

- Pero Ana, por favor, es que son las once, llevo tres cafés y dos pastillas de Almax para el dolor de estómago, tengo la oficina llena, el teléfono no para de sonar, tengo aún cinco ficheros sin entregar de este fin de semana, todavía no he podido ir a visitar a nadie este mes porque, como sabes, he tenido reuniones de ventas y de objetivos y es que…no puedo con todo, coño Ana. Y esta mañana…esta mañana a las 8 ha sido mortal. Nos han echado una bronca monumental.  El nivel de estrés ha sido insuperable, Ana, casi me da algo.

- Que si, Mateo, que si. Ya nos veremos.

-Pero Ana…

     Ha colgado. Mateo está sudando. Se tira en el sillón de piel azul. Vuelve a descolgar el teléfono.

–Sara coño, ¿por qué no me has recordado que había quedado con Ana esta mañana?

- ¿Qué? Mateo, sabes que te quiero mucho pero no soy tu secretaria. Además, no tenía ni idea.

- Joder….bueno, a ver, por favor, mírame ya lo de la hipoteca del tonto este.

- ¿Cuál de ellos?- Se le escapa una sonrisa.

-El que te mira con ganas cuando…. 

- Vale, vale, qué asco- Interrumpe ella- estoy en ello.

-Y, por favor, pásame con el jefe de zona.- El tono de voz es claramente distinto ahora. Sara le explica lo que pasa con el jefe de zona. La cara de Mateo se retuerce.

-¿Cómo? ¡Me importa una mierda lo que te haya dicho la idiota de su secretaria! Necesito hablar con él y no te dejaré en paz hasta que consigas que te coja el puto teléfono.

El cuello de Mateo está ya más que rojo de tanto rascárselo.

-Pero Mateo,- insiste Sara, - me han dicho ya desde la oficina central tres veces esta mañana que hoy Nacho no estará disponible y que por favor, deje de molestarlos si no es nada urgente, que ya nos llamarán  ellos cuando puedan.

-¿Urgente? - Mateo la interrumpe acelerado -¡Qué coño va a ser urgente! –Su voz va subiendo cada vez más de tono.  -Claro que no! Lo llamo porque me gusta oir su voz; lo llamo porque no tengo ni un puto papel sobre la mesa y quiero pedirle que me pase más trabajo, que quiero ser productivo. ¿Urgente? ¿Qué  coño significa “urgente” para estos gilipollas?

     Sara mira a través de los cristales y ve cómo Mateo se está poniendo cada vez más rojo. Lanza una segunda bomba: -Nos recuerdan además…- le tiembla la voz-…que esta tarde a las cinco tienes una videoconferencia con el Regional y con los Directores de Negocio y Comerciales-. Sara traga saliva. Es la más joven de la oficina.

-¿Otra videoconferencia?- Grito. Sara se tapa la cara con la mano al ver que algunos clientes se han dado cuenta de que su jefe está gritando al otro lado de la cristalera. -¿Hoy?
Mateo respira profundamente. Vuelve a mirar tras los cristales de su despacho: la cola en caja ha crecido repentinamente y la gente se agolpa entre la mesa de Rosario y la de Alberto, un día más, vacía.  

-Pero si esta misma mañana, a las 8 en punto ya hemos tenido una con todos subdirectores, comerciales encargados de pymes, geos, comerciales de caja…

- ¿Me lo dices o me lo cuentas? Te recuerdo que yo también recibí un sms el domingo a las 9 de la noche para que me preparara la reunión de hoy.

– Lo sé. Estaba tan estresado que ni me he dado cuenta de que estabas sentada a mi lado.- Mateo se frota la frente. -Mira Sara, sé que no es tu culpa, perdóname. Ni lo del aire, ni lo de Ana, ni lo del tonto del jefe de zona. Lo sé, pero quiero que dejes todo lo que estas haciendo hasta que consigas que Nacho se ponga al teléfono. ¿Estamos? – Se miran a través del cristal. Sara está a punto de llorar. Mateo la mira directamente y repite: -¿Estamos, Sara, por Dios?

     Sara titubea. Se muerde los labios. Mateo no aparta sus ojos rojos, por el cansancio y el monumental cabreo, de los de Sara, verdes, acuosos, que están a punto de abrir compuertas y empezar a llorar. Sara respira.

–Estamos. Dice al fin.

-Y por favor, Sara, sigue insistiendo en lo del aire acondicionado. Así no hay quien trabje.

- Si Mateo, no te preocupes, he llamado y dicen que me devolverán la llamada.

     Mateo le sonríe. Ella baja la cabeza y minimiza en su ordenador todo lo que estaba haciendo para abrir el listín telefónico de la empresa. Empieza a marcar. Mateo la ve a través del cristal y vuelve la mirada hacia su ordenador. Durante el tiempo que ha durado esa conversación su bandeja de entrada se ha vuelto a llenar de correos electrónicos. Trece, uno por minuto. El jefe de zona firma muchos de esos correos. Respira hondo y vuelve la mirada hacia su mesa. Tiene que entregar las estimaciones de los posibles clientes, ir a la notaría, preparar la firma para tres hipotecas y salir a visitar clientes. Son las once y veinte de la mañana. “Mateo, respira. Respira. Solo es lunes y nos queda un buen trecho hasta llegar al viernes”. 

Llaman a la puerta. Mateo traga saliva. Se ordena el pelo. Se rasca el cuello. Suspira y sonríe. “Hijo de puta”. Murmulla.

–Pase, pase, Don Gonzalo, por favor, no se quede en la puerta.  

-Uf, cuanta actividad hoy, ¿no? pensaba que esto estaría más tranquilo a esta hora y por eso he venido.

     Son las doce menos cuarto de la mañana. Mateo sonríe.

– Si, todo el mundo se ha puesto de acuerdo para venir hoy, a la misma hora. Pero pase, pase, por favor. Siéntese. Perdone por el desorden y por el calor. Llevamos ya dos semanas con el aire acondicionado estropeado pero parece que en nuestra central no se han enterado.

-Bueno, Mateo, verás, es que no  me quedó muy claro, bueno, no a mi, a mi hijo, el tema de la hipoteca y bueno…hemos tenido otras ofertas…y no sé…no sé qué hacer. – Mateo se rasca.

- Pero hombre, por dios, eso se lo explico yo ahora mismo, usted ya sabe que aquí estoy siempre a su disposición.  

-Sí, lo sé, pero ya sabes…siempre he sido cliente de esta oficina y nunca he tenido hipotecas, ya sabes que en mi familia no somos de eso…pero ahora el muchacho quiere meterse en algo y claro, no tiene más remedio que hacerse una hipoteca porque la novia es muy…muy…muy jipi, ¿sabes? Y no consiente en quedarse con la casa que yo le tenia preparada a mi hijo, dice que prefiere tener una suya propia, porque luego, si se separan o lo que sea….

El pie izquierdo de Mateo empieza a martillear la moqueta.

-Luego si se separan, pues a ver qué hacen. Yo no entiendo nada, no entiendo a la juventud. Aquí en el pueblo, de toda la vida de dios, los padres han regalado una casa a sus hijos y punto. Y ahora viene esta niñata metiéndole ideas tontas a mi hijo…y, en fin, Mateo, que me lo tienes que explicar todo desde el principio. Como comprenderás, no voy a dejar al inútil de mi hijo que negocie con nadie, porque ese no se entera de nada. Prefiero hacerlo yo. Pero es que no me entero, lo siento, no me entero de nada.  

-No se preocupe usted, Don Gonzalo, una hipoteca es una cosa muy seria y hay que hacerlo todo muy bien. Así que dígame, ¿qué es lo que no entiende exactamente?

- Mira, Mateo, pues no entiendo nada. Explícame por favor eso del diferencial y el plazo.
Mateo respira hondo, saca un folio con el encabezado del banco en él, coge una pluma, con el logotipo de su entidad y empieza a hacer gráficas.  

-Mire usted, Don Gonzalo, esto lo tiene que tener usted muy claro, porque será lo que más influya en el coste total de la operación, es decir, de estos dos puntos dependerá lo que le tocará a usted devolver desde que empiece a pagar hasta que termine.- Cruce de miradas. Don Gonzalo se apoya en la mesa con su brazo izquierdo, Mateo hace lo propio  sosteniendo el bolígrafo en su mano derecha.

-Estos dos puntos son primordiales a la hora de elegir la mejor oferta para usted, oferta que sin duda será difícil de superar, porque en nuestra entidad encontrará usted todo tipo de ventajas.

- Ajá

-Bien.

- Bien. –Se miran.

-¿Qué más?

     Mateo sonríe y mira el reloj en la pantalla de su ordenador. Son las doce y media.  







-Entonces, don Gonzalo, hacienda le devuelve un porcentaje del importe total que haya pagado usted por su hipoteca cada año. En fin, Don Gonzlao, que todo es mirarlo y hacer números, pero que eso se lo hago yo esta semana, para que no se tenga usted que marear, y se lo doy todo por escrito con las mejores opciones para usted, su hijo y su capital. La opción de reducir cuota o tiempo depende de la situación de cada cual. A lo mejor a alguien le va mejor ir reduciendo cuota y entre lo que sube su sueldo, las desgravaciones, etc. puede ir tirando pero yo se de sobra que usted no va a tener problemas con eso. De todas maneras, háblelo con su hijo, después de todo, la casa será suya.

-Pero el dinero será mío. ¡Qué cojones! Gracias Mateo, has tenido mucha paciencia. Nos vemos por aquí en unos días y  te confirmo. Oye, y de lo del plasma, ¿qué?  Mateo suspira.

-Ya se lo dije, Don Gonzalo, la oferta es exclusivamente para nóminas y recibos domiciliados, más de uno, por primera vez en el banco. Recibos de agua, de luz…de lo que sea, pero los tiene usted que dejar mas de veinte meses.  

-Coño, ¿veinte meses?  Yo creí que era menos. Y bueno, será gratis, ¿no? ¿Puedo pedir otra para mi chica? Es que cuando se enteró que su hermano iba a tener una pues, ya sabes, se puso un poco celosa. Ah, y mi cuñada también quiere otra. Pero vamos, que lo de los veinte meses…no lo veo yo muy claro. En el otro banco son diez.

     Mateo cierra los ojos, respira y contesta.  -Sí, veinte meses. Y además, ¿sabe lo que le digo? Mateo hace una pausa larga antes de proseguir. - Que la oferta es una estafa.

- ¿Cómo?

- Si, una estafa. Una total y absoluta estafa. - Don Gonzalo arquea las cejas. Mateo prosigue.

-Además la cuenta es una pasta gansa, Don Gonzalo y con lo pesetero que es usted…no sé yo si le compensará.

-Mateo, perdona, pero creo que te has pasado.

     Mateo sigue con su discurso. Se ha desabrochado los puños de la camisa.

-Ochenta euros anuales durante veintitrés meses y medio como mínimo de permanencia, más los cien pavitos de mandárselo a su casa. Como verá usted…no es todo lo que se dice…gratis.

     Mateo se va poniendo cada vez más rojo. Una sonrisa extraña empieza a dibujarse en su cara. Una menos diez.

-¿Mateo, estás bien?

-Mire, don Gonzalo, sinceramente. Esta oferta es una verdadera mierda. En otros países, intentar "comprar" a los clientes de banca de esta manera seria incomprensible. Pero aquí somos así, ¿entiende?  Spain is different. Aquí la banca gana. Siempre. Somos rastreros, nos gusta machacar, exprimir, ahogar, amargar, en definitiva, al cliente. Somos verdaderos verdugos, como los que había en la edad media, solo que hemos sustituido la capucha por una corbata carísima. Nosotros no le cortamos la cabeza a nadie, nosotros se la metemos doblada diciéndole que tiene usted que estar con nuestra tarifa plana porque es la mejor del mercado, porque estará usted tranquilo, y su dinero crecerá como crecen las amapolas en el campo, y ¿sabe qué? que plana no significa, gratis. Plana significa que no le vamos a subir más de los 9 euros mensuales por los veintitrés meses que tienes que estar aquí, con nosotros, calentito, asfixiado. Y, ¿sabe qué? Que ya nos llevamos ahí 207 euritos por la cara,  a los que hay que sumar los 98 de envío, lo que hace un total de.... 305 euros. A ver cuando coño se va a enterar usted de que un banco NO ES UNA TIENDA, ¿ME OYE? NO ES UNA TIENDA. AQUÍ NO REGALAMOS NADA. SI QUIERE USTED UN ORDENADOR, SE VA USTED AL CORTE INGLÉS Y SE LO COMPRA. Que en el banco no somos amigos de nadie, ¿entiende?

     Mateo se va acelerando cada vez más.

-Aquí le cobramos por todo, nos encantan las comisiones. El año pasado los de arriba se llevaron más de noventa mil millones de euros en comisiones gracias a pringados como yo que explotan y extorsionan a pringados como usted. ¿SE ENTERA, DON GONZALO?

Mateo, en un movimiento rápido, ha corrido hacia la puerta y ha echado el pestillo antes de que Sara, que ha contemplado desde su escritorio la escena, llegue a tocar el pomo. Sara lo mira con cara de horror. Mateo le sonríe y le guiña un ojo. Vuelve a su escritorio y se sienta con las piernas cruzadas sobre la mesa.

-Pero bueno Mateo, ¿qué cojones te pasa? Creo que estás un poco estresado. Será mejor que vuelva otro día.  

-A mi no me pasa absolutamente nada Don Gonzalo, a ver si se entera ya. Al que debe pasarle algo es a USTED.-

Mateo baja los pies de la mesa, tira de un empujón la impresora que tiene en la mesa y lanza por los aires todos los informes acumulados en el escritorio. De un salto, se sube a la mesa y encara a Don Gonzalo que, para ese momento, está mirando desesperadamente de un la do a otro.

-Que llevo ya cuatro meses explicándole lo mismo Y NO SE ENTERA. Que cada vez que lo veo entrar por la puerta me dan ganas de ostiarle. A mí no me pasa nada. Yo estoy en el lado de los malos, ¿sabe usted? Yo estoy en el lado de los rastreros, de los ruines. Yo estoy en el lado de los opresores, Don Gonzalo. Yo tengo que ser feliz porque tengo trabajo, porque trabajo en una oficina a más de 40 grados porque a mi jefe no le parece oportuno mandar a un técnico para que me arregle el puto aire acondicionado, soportando a peseteros como usted, que están podridos de dinero y lo único que saben es DAR POR CULO.   Yo soy afortunado porque tengo que ir a Madrid tres veces al mes. Tres veces al mes para que me laven el cerebro. Yo soy afortunado porque hay un señor en Madrid al que le sale el dinero por el culo, un señor que ha sido uno de los máximos responsables de la situación económica de este país, que tiene esbirros repartidos por todo el país que se encargan cada lunes de tocarme los cojones para que siga engordando este sistema que no sirve para nada.

-Mira, Mateo, no sé qué coño te pasa, pero desde luego, después de esto, pienso llevarme el dinero a la caja de ahorros.

-PUES LLEVESELO USTED, maldito inútil. ¡Lléveselo! Ya estoy cansado de mendigarle a usted y a todos los de su calaña. Estoy harto de tener que pagarle los desayunos cada día en el Coletos o donde sea que vaya a desayunar, que siempre aparece usted justo a tiempo a la hora de pagar. Parece mentira, con todo el dinero que tiene, que en los cinco años que lo conozco, en su puta vida ha sido usted capaz de invitarme a un triste café.

-Por dios, esto es indignante. Titubea don Gonzalo.

-¿Ah sí? ¿Indignante? ¿Qué esto le parece indignante? ¡Esto es fabuloso, don Gonzalo! Viva el sistema económico que tenemos! ¡¡¡Viva!!!! Por dios, encima que le regalamos soperas, toallas de superhéroes y televisiones de plasma…¿Indignante, don Gonzalo?

Una y diez. En este punto, todos los que se agolpaban entre las mesas de Sara y Alberto, cartilla en mano, están pegados a los grandes cristales, observando la escena. Don Gonzalo está hundido en el sillón, con las piernas levantadas, intentando defenderse de  Mateo, cada vez más histérico. Mateo se

-¿Quiere que le diga yo lo que es indignante? Lo que es indignante es que a mí me paguen para que engañe a desgraciados como usted, haciéndoles  suscribir con verdadera devoción productos con vencimientos fijados para ¡el año 3000! Lo indignante es que el drama de miles de familias suponga el enriquecimiento de los personajes para los que yo tengo que trabajar. Eso es indignante. Eso, y que no haya aire acondicionado en esta puta oficina, por supuesto

         La oficina está en silencio. Mateo está con los brazos abiertos, la camisa desabotonada y el pelo revuelto sobre la mesa. Una vena en el cuello está a punto de estallar. De repente, empieza a bailar sobre el escritorio tarareando una canción de Bob Dylan.

-Come writers and critics who prophesize with your pen, and keep your eyes wide the chance wont come again…and don’t speak too son… for the wheel’s still in spin…and thre is no telin’ who that it’s namin’ for the loser now will be later to win…Fort he times they are a-changin’

     Don Gonzalo, que para ese momento ya está llorando encajado en el sillón, se cubre la cara con las manos cuando ve a Mateo saltar del escritorio y acercarse a él. Mateo se dirige suavemente al hombre y le besa la frente. Acto seguido, y sin dejar de cantar la canción, se dirige a la puerta y pone su mano en el pomo.  Son la una y veinte de la tarde. 

Relato 6. Pablo Martínez Otín.


EL CHINO ES MEJOR QUE EL INGLÉS.



Cuando el teléfono sonó, Clara no levantó la vista de su papel. Estaba tendida boca abajo en el suelo del salón, ataviada con un pequeño vestido de rayas azules y un sombrerito de paja en la cabeza. Tenía los pies descalzos. Había a su lado una caja de rotuladores abierta en uno de los extremos y los rotuladores yacían sobre la alfombra junto a ella. Nilo le miraba desde el jardín por la cristalera del salón, estaba atado y no podía entrar, le observaba con la cabeza ladeada y la enorme lengua por fuera de la boca.
El caso es que la primera vez que sonó el teléfono, Clara no movió ni un dedo por atender la llamada. Cuando sonó por segunda vez tampoco. Al tercer ring ring, la niña levantó la cabeza y miró a su alrededor en la casa; no se oía ningún ruido a parte de los jadeos de Nilo y ninguna otra persona parecía llegar para hacerse cargo del aparato. Entonces Clara se incorporó y se dirigió hacia la mesita supletoria dónde estaba el teléfono. Lo descolgó.
—Hola —dijo ella.
—Eh, hola… ¿Está Carmen en casa? Por favor… —contestó una voz madura de hombre. —Necesito hablar con Carmen.
—Espera.
Clara dejó calmadamente el teléfono sobre la mesa y a continuación alzó la voz todo lo que pudo.
—¡Maaamaaa!
Como no hubo respuesta audible, Clara gritó de nuevo.
—¡Maaaaaama! ¡Mamá! — Finalmente se dirigió al interlocutor ya con el teléfono de vuelta en sus manos—Mi madre no está.
—Ya. Entiendo. Pero yo… necesito hablar con ella de alguna forma. ¿Dónde está tu madre ahora? Soy… un amigo suyo, tengo algo que decirle.
—No sé dónde está. A mí me dijo que esperase aquí a mí padre, porque me tiene que poner el castigo por lo que pasó en clase de lengua. Hasta que venga no puedo salir de casa ni encender la tele, ni tampoco dejar que entre Nilo a jugar dentro.
—Ya pero… ¿no sabes…? ¿Sabes cuándo volverá tu madre? —La voz del hombre se entrecortaba con una respiración acelerada, tensa. —Necesito decirle una cosa urgente.
—Es que ahora no hay nadie —Dijo Clara. — Pero… nosotros cuándo tenemos algo importante que decir y no queremos que se nos olvide, ponemos un papel con imán en la nevera. Y escribimos el mensaje ahí. Luego el otro, cuando va a la nevera a coger agua o un yogurt, lo ve. Clara miró tras su espalda y observó como Nilo rascaba la cristalera con la pata. Seguía jadeando con su lengua y soltando babas por el suelo.
—¡Nilo! ¡Nilo no! ¡Para! —Gritó Clara. —¡Nilo malo!
Cuando Nilo se detuvo, Clara volvió a atender su llamada.
—¿Pongo un papel con imán en la nevera?
Al otro lado de la línea, un suspiro prolongado del hombre llenó la conversación.
—Mira,… no sé muy bien como decirlo. Tú debes de ser Clara ¿verdad? He oído hablar de ti bastante.
—Sí. ¿Tú cómo te llamas?
—Bueno, yo prefiero no decirlo.
—Pero para hablar contigo tengo que saber tu nombre. Si no, eres un extraño.
—Sí, pero, la verdad que…
—Yo a los extraños les cuelgo.
—Bien, vale, de acuerdo. Me llamo Jesús. ¿Vale Clara? Soy Jesús.
—Vale.
La voz del hombre parecía sosegarse un poco al otro lado de la línea.
—Mira Clara, necesito tu ayuda ¿vale? Necesito que le digas algo muy importante a tu madre de mi parte. Pero no quiero que lo escribas en ningún sitio ni que se lo digas a nadie más que a tu madre ¿me escuchas?
—Sí.
—Mira, tienes que decirle que me voy, dile que lo siento. Que he intentado contactar con ella en su móvil pero que ya no tengo más tiempo. Mi vuelo sale a las cinco y tengo que salir ahora para el aeropuerto.
Clara inmediatamente subió las cejas hasta lo alto de su frente.
—¿Vas a viajar en avión?
—Efectivamente
—¡Vaya! En avión. ¿Y mamá va contigo?
—No. Tu madre no viene. Por eso tengo que despedirme de ella, pero no consigo localizarla.
—¿Y por qué te despides? ¿Te vas y ya no vuelves más?
—Eso es. Ya no vuelvo más.
Clara, aún con el teléfono pegado en la oreja, se giró y empezó a caminar por el salón. Comenzó a pegar grandes zancadas en el suelo con sus pies descalzos, como jugando a dar pasos de gigante.
—Pues yo creo —Dijo ella. —Que si te vas, no pasa nada. No hace falta que te despidas ahora.
—¿Cómo?
—Verás, yo tengo un amigo que se llama Jorge. Antes iba a mi cole y a veces se sentaba conmigo en clase, también venía a los campamentos. Luego se mudó a otra ciudad lejos con su madre, pero tenemos una dirección de correo electrónico y, cuando mi padre me deja su ordenador, le escribo. No es como el teléfono. Escribir un correo es gratis y no hay que poner sello ni sobre ni nada. Le puedo decir a mi madre que se haga uno. Es un poco torpe con el ordenador, pero si yo le enseño, se lo hace. Habláis por correo y os contáis cosas.
—Bueno pero no se trata…
—Aunque espera. Tú tienes que tener un correo también, porque si no ¿a dónde te va a escribir mi madre?
—Clara de verdad que…
—Tú no te preocupes, es gratis. Si eres un poco torpe como mi madre, te puedo ayudar a hacerlo. Necesitas un ordenador y…
—Clara. —La voz del hombre cortó la explicación de la niña. —De verdad, gracias Clara de verdad. Pero no necesito un e-mail.
—Un e-mail no, un correo electrónico.
—Vale, de acuerdo. Pero no lo necesito. Yo solo quiero despedirme de tu madre, porque ella no sabe que me voy y ya no creo que volvamos a hablar.
Ahora Clara se había detenido enfrente de la cristalera. Nilo estaba al fin tumbado recibiendo los rayos de sol, aburrido de que nadie le hiciese caso. Clara detuvo su mirada en el algún punto.
—¿Y por qué no? ¿No eras su amigo? Los amigos se escriben.
—Si… pero, yo…
—No lo entiendo. Seguro que mi madre se pone muy triste si pierde a un amigo. Siempre se queja de que desde que se casó apenas ve a sus amigos de antes.
—Lo sé.
—¿Tú veías mucho a mi madre?
—Sí. Mucho. Bueno, bastante.
—¿Sí? Pues entonces se pondrá muy triste. 
 —Yo también estoy triste, de veras que sí.
—Pues le tenías que haber dicho que te ibas por lo menos. Ahora ya es tarde porque no está y tú no le quieres escribir un correo.
La voz del hombre se escuchaba más clara y sosegada. Callaba cuando Clara hablaba y tomaba la palabra tras ella tranquilamente.
—Bueno sí, sí que tienes razón. Estoy avergonzado. Pero ni siquiera yo sabía que me iba. Ha sido una decisión de último momento. Me ofrecieron irme hace tiempo, es un trabajo en el extranjero que empieza el mes que viene y hace mucho que me ofrecieron un billete para hoy.  Pero en esa época tu madre y yo, bueno, éramos muy amigos y nunca pensé que me iría. Decidimos que yo me quedaría por aquí. Pero luego las cosas se chafaron un poco…
—¿Y ya no sois amigos?
—Bueno verás, tuvimos una pelea hace ya un tiempo. Entonces yo decidí que era el momento de irme, pero no quise decírselo. Y ahora me arrepiento y quisiera hablar con ella antes de marcharme. Solo necesito explicárselo y decirle que aunque me voy, no estoy enfadado.
 —Y si ya no estás enfadado ¿por qué te vas? —Dijo Clara al tiempo que hurgaba su nariz.
—Pues, bueno, tu madre tiene cosas mejores aquí, supongo. Te tiene a ti, a tú padre. No sé. Es lo mejor que yo me vaya. No creo que tenga mucho tiempo para mí. Pero de todas formas, no me gustaría que se llevase un mal recuerdo, después de tanto.
—Ahá
—Irme sin despedirme… no sé. No estaría bien al fin y al cabo. Ella piensa que yo sigo decidido en no marcharme hoy y claro, ahora todo es diferente.
Clara cambiaba de vez en cuando el teléfono de una oreja a otra. Miró el salón y sus rotuladores seguían tirados en el suelo.
—Tengo una idea —Dijo. —¿Por qué no vuelves por vacaciones? Seguro que en tu nuevo trabajo te dan vacaciones.
—Yo no creo que…
—Yo tengo vacaciones dentro de poco. Tengo casi tres meses sin cole, pero tengo que ir a un curso de inglés que me ha apuntado mi padre. Y yo le he dicho que el inglés no me gusta. Quiero aprender chino y cuando sea mayor vivir en China. ¿A que el chino es mejor que el inglés?
—El chino es mejor que el inglés.
—En verano se pueden hacer muchas cosas. Seguro que puedes venir a visitar a mi madre. Para este verano, mi madre ha comprado una barbacoa y todos los sábados vamos a cocinar  en el jardín. Si vienes, mi madre estará haciendo verduras y carne a la brasa y luego preparará helado cómo lo hacía mi abuela. Además, entre los dos podéis convencer a mi padre de que me deje ir a clases de chino en vez de inglés.
—¿Realmente quieres ir a China?
—Sí
—Pero ¿y no crees que será difícil la vida en China? Sin conocer nada de allí.
—¡Qué va! Si son súper simpáticos. Y la comida no tiene nada que ver con los chinos que hay aquí. Yo estoy segura de que es genial.
El hombre volvió a guardar silencio. Luego dijo:
—Clara, mi vuelo sale a las cinco. Tengo que recoger y llevar mi equipaje al aeropuerto. ¿No sabes dónde puedo encontrar a tu madre a estas horas? Me queda poco tiempo.
—No lo sé. A veces cuando discute con mi padre se va a casa de la vecina a dormir. Pero no puedo salir a preguntar porque estoy castigada.
—¿Estás castigada?
—Sí.
—¿Por qué?
—Me han echado esta mañana de la clase de lengua.
—¿Qué has hecho?
—Pintar una mesa.
—Eso está muy mal.
—Eso dijo mi profesora. Pero pinté algo muy bonito.
—Clara, tengo que irme. Hazme un favor, cuando llegue tu madre, dile que la he llamado. Dile que me llame a mi móvil lo antes posible. Si no me llama antes de las cinco, no voy a poder responderle.
—Voy a ponerlo en el imán de la nevera.
—De acuerdo. Clara me alegro de haber hablado contigo.
Clara colgó el teléfono y viendo que ninguno de sus padres llegaba a casa, dejó entrar a Nilo. Éste seguía tumbado sin percatarse de que la puerta del jardín había sido abierta. Cuando Clara lo llamó, giró la cabeza súbitamente y se incorporó de un salto. Entró en casa moviendo el rabo y ladrando. Clara recogió sus rotuladores y los metió todos en su caja, menos el de color verde claro. Tomó en sus manos la hoja de papel y escribió: Mamá: Jesús quiere hablar contigo, pero si son más de las cinco se ha ido ya.
Extendió el papel en la nevera y colocó encima de él un imán con forma de lata de coca-cola.




Según los paneles del aeropuerto, ahora son las cuatro y quince minutos de la tarde. Un hombre vestido con chaqueta negra y pantalones beige, camina entre otros tantos individuos que cómo él, cargan maletas con ruedecitas a modo de equipaje de mano. El hombre lleva gafas de pasta negra, tiene una nariz rechoncha y una boca grande con labios carnosos. Camina con la cabeza mirando al frente. Atraviesa un pasillo repleto de tiendas y stands de perfumería y licores. No se para a escuchar los avisos de megafonía que suenan en todo el edificio. Tras el pasillo, se detiene y con él aparca su maleta. Contempla ahora el arco de seguridad custodiado por dos policías, que indican a las demás personas las instrucciones a seguir para pasar el arco. El hombre aguarda su turno. Deja su móvil, su cartera y sus llaves sobre una bandeja de plástico que le ofrecen. Se quita el cinturón con algo de esfuerzo y también lo deposita en la bandeja. Coloca la bandeja encima de una cinta con movimiento y él pasa por el hueco del arco. Cómo el arco no emite ningún pitido, el policía de su lado no ve motivo para cachearle y le deja continuar. El hombre avanza y recoge la bandeja con sus pertenencias. Recoge el móvil, la cartera y las llaves y se coloca de nuevo el cinturón. Continúa caminando ahora hacia la puerta de embarque. Cuando observa un cartel encima de una puerta con la inscripción “A4”, vuelve a detenerse. Entonces rebusca en uno de los compartimentos de su maleta. Finalmente saca un billete de avión. El hombre lo observa con detenimiento unos instantes y luego vuelve a guardar el billete en el mismo compartimento. Ahora mete su mano en el bolsillo derecho de su pantalón y saca el móvil, mira la pantalla un par de segundos y lo vuelve a cerrar. Lo mete en el bolsillo y entra por la puerta del cartel.
Aparece ahora en una sala llena de personas. Algunas de ellas parecen excitadas. Miran por las ventanas y ven acercarse el avión que avanza cercano en las pistas de fuera. El avión se coloca junto a otros aviones. Algunas otras personas hablan por teléfono y dan gritos en otro idioma. De entre toda la muchedumbre, el hombre mira a un punto fijo que le llama la atención de repente. Es otra persona. Se acerca a ella. La otra persona también se acerca y el hombre se  lleva una mano a la boca. Es una mujer.
—Ya pensé que no vendrías y tendría que irme yo sola, después de todo —Dice ella.
—Pero Carmen ¿Qué haces aquí? ¿Y esta locura?
—Yo sabía que tu billete…. Yo me imaginé que… —Ella rompe a llorar. —Tenía que venir contigo, lo siento. Sabía que lo habías decidido y yo también he decidido irme. Te quiero. Compré el mismo billete hace casi una semana.
—Pero y ¿toda tu vida? ¿Qué pasa con…? No entiendo cómo no me has dicho nada. Pero ¿qué llevas en esa maleta tan enorme?
—No lo sé, no lo sé —Dice ella apresuradamente, aún con lágrimas pero sonriendo. —No tengo ni idea del tiempo que hace allí ¿qué coño llevan los chinos en verano?
—Pues sandalias supongo, como todo el mundo.
—Esto es una locura ¿verdad? Pero sabía que no podía quedarme más. Me da igual si te vas, yo voy contigo. Ya lo he decidido. El tiempo que haga falta.
Los dos se abrazan y se besan. La multitud empieza a formar una fila entorno a la puerta del fondo. Dos azafatas revisan los billetes de los pasajeros.
—Pero ¿qué pasa con Andrés?
—Se lo tiene que estar imaginando.
—¿Y con Clara?
—La traeremos con nosotros. Ahora estoy muy nerviosa. Pero la acabaremos trayendo.
—Las vacaciones están cerca.
Los dos se hacen parte de la fila.
—Necesito un cigarrillo —Dice ella.
—No te van a dejar fumar dentro —Dice él sin dejar de abrazarla.
—¿Cómo será la vida allí? Llevo toda la vida hablando de la china, viendo fotos, pero no sé nada de ellos.
—Pues creo que nos costará un poco acostumbrarnos, pero supongo que la gente será simpática y la creo que la comida no tiene nada que ver con los chinos que hay aquí.
—Tengo que llamar a Clara y explicárselo.
—No habrá problema.
Cuando llegan al final de la cola, enseñan sus billetes a las azafatas y pasan la puerta. Dentro de la sala todavía sigue habiendo gente con maletas y guardando su turno para entrar. Fuera, el avión sigue parado y esperando a que todos los pasajeros estén abordo. Las azafatas sonríen cuando los últimos de la cola les enseñan sus billetes. Luego, cierran las puertas y la sala queda vacía.

Relato 6 de Daniel Morales Muñoz

Destrucción

La niña del vestido verde y las trenzas rubias empuja las puertas con ambas manos y entra en el bar. Las carcajadas de su padre, que retumban al final del salón, se escuchaban desde fuera, así que recorre sin titubear la distancia hasta la mesita, donde su padre y otros tres tertulianos, sentados en banquetas de madera, apuran sus respectivas jarras de cerveza.
Su padre interrumpe las carcajadas con un golpe seco de la jarra sobre la mesa, al ver que su hija se acerca con el rostro pálido y tenso como una estatua de mármol. Antes de que pueda levantarse, ella se le tira en los brazos. El la envuelve con sus brazos gruesos y le besa con ternura en la coronilla. Sus compañeros callan, y dos de ellos miran hacia otro lado, tratando de respetar cierta intimidad entre padre e hija, mientras que el más joven contempla la escena sin reparos.
-¿Estás bien hija mía? –Se atrevió finalmente a preguntar el padre con ternura mientras la volvía a besar en la coronilla rubia, -¿Qué te ha pasado?
La niña gira la cabecita hacia arriba y sus ojos llorosos se encuentran con los de su padre, que la contemplan con atención. El padre la levanta con ambos brazos, la sienta en sus rodillas, le limpia los lagrimones que le salpican la cara y no dice nada.
- Mamá me ha mandado a por par pan esta tarde, -comienza diciendo la niña después de un rato.
-Sí -asiente su padre para demostrarle atención.
-Y me ha dado dos monedas, -bebe un trago largo de agua de un vaso que le ha traído el camarero.
-Como siempre –comenta su padre acariciándole la mejilla.
-Así que fui a la tienda y me dijeron que ahora valía tres monedas, -prosigue la niña conteniendo el sollozo.
-¡Que abuso!, -exclama  uno de los amigos de su padre, pues todos seguían ya las palabras de la niña con atención.
-Le dije que mamá solo me había dado dos, y me dijo que volviera cuando tuviese tres.
La niña se sorbe los mocos y continúa: -y entonces el señor le gritó a una vieja, la empujó, y después le sacó dos manzanas del bolso, -otro buche de agua –y la tiró al suelo.
-¡Qué vergüenza! ¡Sí! ¡Habrase visto tirar a una anciana al suelo! –claman los amigos de su padre. Pero su padre continúa con la mirada fija en su hija, esperando a que prosiga.
-Un hombre le gritó –otra sorbida de mocos -dijo que iba a llamar a la policía, se pelearon –otro buche de agua - otro sacó un palo, se cayeron todas las manzanas –un gemido –vino mucha gente –otra sorbida de mocos -¡sangre! –y la niña vuelve a prorrumpir asustada en sollozos entre los brazos de su padre.
Pasó un rato llorando, y después su padre le preguntó si quería que la acompañase a casa o si prefería quedarse allí. Se quedó en el bar, tomando un refresco, y los amigos de su padre no pararon de contarle chistes y bromas; hasta que poco a poco, su rostro fue recuperando su alegría habitual.
-Papá, ¡voy al servicio! –dijo la niña poniéndose de pié de un salto.
-Vale preciosa, ¿quieres que te acompañe?
-Papaaaaaaaaaaaa, ¡que ya tengo ocho años y medio!
-Perdona mi niña, a veces se me olvida que ya eres mayor, -le sonríe su padre.
La niña le da un beso en la mejilla a su padre y se va canturreando en dirección a los servicios.
-Nunca me gustó ese tendero, -dice el más anciano de los que estaban en la mesa, un hombre de pelo canoso que vestía una camisa elegante, -mi mujer dice que siempre intenta colarte carne en mal estado.
-No pienso volver a esa tienda, -dice otro con desprecio, de ojos claros y completamente calvo.
-De todas formas, están subiendo los precios en todo, -continua el padre de la niña –los huevos han duplicado su precio en el último año.
-Está la cosa fatal, -dice el más joven, corpulento y moreno, dando un buen sorbo a su jarra de cerveza –hace una semana cerraron la fábrica de mi primo, y ¡ala! 200 personas a la calle.
-Joder, cada vez más gente sin trabajo y cada vez la comida más cara –añade el calvo.
-No se os ocurra decir palabrotas delante de la niña, -les advierte el padre levantando la jarra.
-Sí, por supuesto, era aprovechando que no estaba, -se defiende el calvo mientras se rasca la coronilla desnuda.
-Pero la cosa va a peor, -retoma la conversación el anciano canoso, -Como me arrepiento de haber votado a ese imp…
-¡No es culpa suya! –le interrumpe el joven exaltado sin dejarle terminar.
-¡Ah no!, ¿entonces de quién?
-¡Pues ya sabes de quienes! -grita el joven corpulento haciendo aspavientos con los brazos, -los put…
-¡Por favor! -el padre le corta con un golpe seco en la mesa, y les indica con la mirada la dirección por la que se acerca su hija.
-¿Quiénes han venido a quitarnos los puestos de trabajo?, -continua algo más calmado el joven.
-¿En serio te crees eso? –le replica el anciano mientras mira el fondo de su jarra vacía.
-Bueno, bueno, nuestros vecinos europeos tampoco es que nos estén ayudando demasiado, -interviene el calvo, después de un rato callado.
-Señores, es hora de que me lleve a casa a la niña de ocho años y medio más guapa del mundo, -alega el padre poniéndose en pie y agarrando a su hija de la mano.
-Adiooos, -se despide la niña moviendo la manita.
-Hasta luego, Adiós, buenas noches, -le contestan los demás como un coro disonante.
Padre e hija salen del bar. Está anocheciendo, y las primeras estrellas brillan tenues en el horizonte.
-Mamá se va a enfadar cuando vuelva sin pan, -dice la niña.
-No te preocupes, creo que queda un poco de ayer para mojar en la sopa.
>>¿Que tal te ha ido hoy en el colegio?
-¡La seño ha explicado las divisiones!
-¿Y te han gustado?
Y llegan hasta el portal de casa.
****
Aún no ha amanecido, y en el interior de la casetilla de seguridad, un joven de veintipocos revisa la acreditación mientras esconde un bostezo con la mano.
-Perfecto señor, puede pasar –dice el joven emitiendo pequeñas nubecillas de vaho.
-Gracias, -responde el hombre corpulento que espera en el exterior de la casetilla, mientras recupera su tarjeta de identificación y sigue su camino a pie por el interior del recinto. Llega hasta unos de los edificios que componen el recinto y vuelve a pasar otro control de seguridad. La tensión se respira en el interior del edificio a través de una amalgama de ruidos y voces, y un ajetreo de personas corriendo por los pasillos.
Sube un par de plantas por las escaleras y tras abrir la puerta con una llave pesada, entra en un pequeño despacho con el escritorio atestado de papeles. Se quita el abrigo colocándolo en un perchero situado en la entrada, mostrando así su uniforme de ingeniero.
Abre la otra puerta del despacho, y entra en una sala presidida por un equipo de radio de grandes dimensiones y un telégrafo.
-Buenos días señores –dice al entrar.
-Buenos días mi capitán –dicen tres jóvenes casi al unísono, poniéndose de pie erguidos de un salto, y saludando en actitud marcial.
El ingeniero les devuelve el saludo sin mucho interés y toma asiento en su despacho.
Uno de los jóvenes, rubio y delgado, con su uniforme de cabo, se presenta en su despacho al instante repitiendo el saludo marcial: -permiso mi señor.
El ingeniero hace un ademán de que se siente.
-¿Alguna novedad?
-Ha llegado un telegrama de Londres, mi señor, -dice mientras le tiende un papel.
Su interlocutor le echa una ojeada rápida y pregunta: -¿Se ha informado ya al mando?
-Sí mi señor.
-¿Y de París?
 -Lo mismo mi señor, -tendiéndole la hoja, -también se ha informado.
 -¿Nada más?
-No mi señor.
-Puede retirarse cabo, y cierre la puerta.
-A sus órdenes mi capitán, -el cabo repite el saludo militar y se marcha dejando la puerta cerrada. El capitán ingeniero de comunicaciones sostiene aún ambos telegramas en la mano, mientras deja la mirada perdida sobre una foto en el escritorio, en la que posa junto a su mujer, de media melena rubia y fingida sonrisa de cine, y su hija, con dos hermosas trenzas doradas. Pasa cerca de una hora así, con el rostro encogido en una mueca asustada.
-¡Toc, toc!
-¡Adelante! –unos golpes en la puerta le sacan de su ensimismamiento.
-Noticias de Polonia, mi señor, -el joven cabo entra atropelladamente, olvidándose de saludar, con cierta euforia nerviosa marcada en el rostro. Le tiende un nuevo telegrama.
-Voy a informar, -es la única respuesta que obtiene de su superior, que se levanta con el telegrama en la mano, doblado en dos. Recorre escaleras y pasillos ahogados en un murmullo de pasos, voces y máquinas de escribir.
Ante una enorme puerta de madera Blanca, un soldado pecoso le pide la identificación, después de dedicarle el saludo de rigor.
-Mi coronel, -saluda rápidamente –Varsovia ha cedido.
El coronel están sentado en el escritorio de un enorme despacho, le pega una lectura rápida al telegrama, y añade: -debo informar al líder inmediatamente.
-Permiso para retirarme, mi coronel.
-Concedido y enhorabuena, capitán.
El coronel se dirige a la sala de mando, presidida por una mesa enorme que alberga un mapa de Europa, alrededor del cual, el Estado Mayor Alemán mueve fichas a modo de ejércitos. La Anexión de Polonia sin apenas resistencia es acogida con entusiasmo, aunque su líder no dice nada, con la mirada perdida en su propia excentricidad.
Mientras tanto, el capitán ingeniero de comunicaciones se dirige a su despacho, cierra ambas puertas con llave, y se sienta en su silla. Comienza a llorar, con la frente apoyada en las manos y los codos en las piernas. Llora desconsoladamente. Llora por su mujer, por su hija. Llora por el horror que comienza. Llora por tener que ser testigo silencioso de un segundo horror. Vuelve a llorar por su niñita…