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jueves, 3 de mayo de 2012
- Relato 2 de Julián Rabadán
El náufrago se presentó delante
del Dios hombre, el divino Faraón le
concedió audiencia ya que el capitán de una de sus galeras le había hablado del
impresionante hombre. Cuando el náufrago llegó ante el Horus viviente, me quedé
perplejo. Llevaba una rica peluca, adornada por una tiara de plata, y un
galabiyah de una tela tan rica que se podía comparar con la del propio hijo de
Osiris. Era un hombre fuerte y su piel se
había sido tostada por Ra, sus músculos denotaban una vida de trabajo
constante. El náufrago se postró ante el
divino Faraón; bajo mi mirada y la de los demás cortesanos comenzó a hablar con
el Dios viviente.
El náufrago relató cómo el barco
en el que viajaba hacia la zona de las minas del Faraón era una nave
incomparable. Los mejores marinos entre el pueblo egipcio tripulaban su nave,
incluso podían predecir si habría una tormenta con seguridad.
Pero el dios Shet se rió de ellos
y les mandó una tormenta para probarlos. Una ola de más de diez codos derribó
al naufrago y éste, agarrándose a un trozo de madera resto de lo que fuera la nave,
consiguió sobrevivir durante tres días en el mar.
La voz del náufrago era profunda
y sus palabras eran más dulces que la miel, hizo que toda la corte cayese presa
de su narración, viviendo con él la historia al contarla. El mismo Horus
viviente, desde su trono de oro lo escuchaba con atención y sus ojos verdes
penetraban en el náufrago mientras contaba su odisea.
Después de pasar los tres días a
punto de ahogarse en el mar el náufrago llego a una isla, y en esta buscó una cueva
que le sirviese de refugio. La isla era
muy rica en frutos y alimento; y así pudo saciar su hambre y descansar. Cuando las fuerzas volvieron a él, hizo un
holocausto para agradecer a los dioses que le habían permitido sobrevivir a
semejante tormenta.
Pero justamente cuando realizaba
el ritual apareció una enorme serpiente,
que tenía brazos musculosos como un hombre y hablaba. La serpiente le preguntó
cómo había llegado allí, a su isla. Asustado ante el enorme ser, que se
incorporó en su máxima altura para mirarlo amenazadoramente, el náufrago no
pudo pronunciar palabra alguna. Con una de sus manos lo agarró por el cuello y
con apenas esfuerzo de su brazo la enorme serpiente lo levantó por el suelo y
le volvió a preguntar. “¿Cómo has llegado a mi isla? Contéstame o te reduciré a
ceniza. Te haré desaparecer” le dijo la serpiente con voz profunda y
penetrante.
Pude escuchar en la sala como
algunos ahogaron un grito cuando el náufrago
hacia una pausa y mostraba en su
cuello aun las marcas de los dedos inhumanos que lo alzaron del suelo.
El dios Thot iluminó la mente del
náufrago en aquel momento, y comenzó a
narrar como su barco se había hundido y él había llegado a aquel vergel.
Después de escucharlo, la serpiente lo dejó en el suelo y le preguntó si tenía
hijos; el náufrago se postró en el suelo y
asintió diciéndole el nombre de los dos.
La serpiente asintió y le dijo que no
se preocupase, que en su isla no le faltarían alimentos y que en un mes
llegaría un barco del Rey que lo rescataría.
Durante un mes, al naufrago no le faltó de nada y la última noche dio
las gracias a la serpiente. El náufrago le prometió que le contaría al glorioso
faraón su generosidad y éste no dudaría en mandarle regalos de perfumes, incienso
y mirra, suficientes para agasajar a
todos los dioses. La serpiente se rió y
contestó que en todo el país de la tierra negra no había perfumes, mirra e
incienso comparables con los suyos. Él, era el rey del país del Punt y allí
tenía tanta mirra como para cubrir todo Egipto. El náufrago sintió tristeza en
su voz y le pidió que le contase su historia.
La serpiente le dijo que ellos
eran muchos hermanos y que habían tenido a su vez muchos hijos y recordaba
hasta a su cría más pequeña, la última en nacer. Pero una estrella cayó y mató
a todas las serpientes, sólo ella se salvó por qué no está allí cuando cayó la
estrella. El náufrago se arrodilló ante ella en señal de respeto y así concluyó
la última noche.
Al día siguiente llegó el barco
como la serpiente había dicho. Cuando el náufrago fue a informar a la serpiente, ésta ya lo sabía. La
serpiente le deseó que fuese en paz y que volviese a su casa para poder volver
a ver a sus hijos. Le dijo que contase lo que había sucedido y proclamara su
gloria en su ciudad y ante el hijo de Osiris. Como regalo le ofreció
innumerables bienes. Al tenderse sobre su vientre para darle las gracias, la
serpiente desapareció dejando un cargamento de mirra, hejnu, undeneb, jesail,
alcanfor, plantas shaaseju, galena, colas de jirafa y de hipopótamo, grandes
cantidades de incienso, colmillos de marfil, perros de caza, macacos, babuinos
verdes y toda las riquezas valiosas. Lo cargó en el barco y, cuando se agachaba
para dar las gracias al Dios Sol, escuchó la voz de la serpiente diciendo que
llegaría en dos meses, abrazaría a sus hijos y rejuvenecería en su hogar hasta
su enterramiento. Lo último que dijo la voz de la serpiente fue que su isla
desaparecería cuando el barco se alejase, que no sería más que una ola en la
lejanía y que después desaparecería. Entonces el náufrago llamó a la
tripulación y dieron gracias al señor de la isla por sus regalos y sus buenos
presagios para él viaje.
Como la serpiente anunció
llegaron en dos meses y ahora se presentaba ante el Señor del alto y bajo
Egipto.
Al concluir su narración entraron
más porteadores de los que un hombre pudiera ver en toda su vida, trayendo los
regalos de la serpiente. El náufrago ofreció todas las joyas al Horus viviente
y este le miró cómo sólo puede mirar un Dios. El Señor de las dos coronas lo nombró
compañero y le dotó de esclavos. El náufrago, terminó su aventura siendo un
hombre rico y de gran renombre. Lo último que he sabido de él, es que ha
embarcado como segundo en una expedición de comercio junto con uno de los
príncipes.
- Relato 2 de Carla G. Mairena.
Había que reconocer que había sido un
primer día de trabajo muy productivo. Las últimas semanas siempre salía de la
tienda cuando ya había oscurecido, pero no me importaba. Fui caminando
tranquilamente hasta el hostal, no había ninguna prisa. Quería disfrutar de la
noche de verano. Hacía una brisa agradable, y como compañera tenía una botella
de agua bien fría.
El silencio, por la avenida, era completo.
O casi completo. Miré alrededor al oír un llanto. Había alguien llorando y su
lamento llegaba hasta mis oídos, haciéndome sentir terriblemente culpable. Busqué
su procedencia, incapaz de continuar adelante haciendo oídos sordos. Yo era de
esa clase de personas estúpidas a las que era sencillo tomar
el pelo con bromas de esa clase. Mi madre decía que era la clase de estúpido
que se pondría delante de un coche para salvar a un perro de su atropello.
Pero en fin, lo que ocurrió el segundo que
bordeé un árbol y la vi cambió gran parte de mi mundo. En el barco que había
debajo de la copa del árbol estaba sentada una chica. La luz de la farola caía
sobre ella, iluminándola como si fuera un ángel. Llevaba un vestido de gala de
color blanco cuyos volantes ondeaban y su melena negra jugaba con el viento. No
podía verle la cara, porque la tapaba con sus pequeñas manos ahogando sollozos
que estaba seguro quería esconder. Parecía una niña pequeña, frágil y
asustada. Me dio la impresión de que
rebosaba vulnerabilidad por cada poro de su piel. Luego, observándola
fijamente, descubrí que estaba descalza y las plantas de sus pies estaban
llenos de sangre.
–Perdona, ¿estás bien?
Ella alzó la cabeza de golpe hacia mí,
asustada por no haberme oído llegar. Y sus grandes ojos zafiros, rodeados de
lágrimas de cristal, se clavaron como puñales en mi alma.
Al principio se sintió muy incómoda de mi
presencia. Supongo que le había cortado
el rollo, como suele decirse. Estaba abochornada y se había llenado la cara
con la máscara de pestañas. Intentó quitársela de la cara, sin éxito. Se
ensució más. Le pregunté qué se había hecho en los pies, si lloraba por eso. No
respondió a ninguna de mis preguntas, pero yo seguía viendo sangre por todas
partes y me puse de cuclillas delante de ella para socorrerla. Se estremeció
entera cuando toqué sus pies, helados como témpanos de hielo. Balbuceó palabras
incoherentes tratando de separarse de mí, pero si realmente hubiera querido
marcharse, ya estaría lejos. Notaba que necesitaba estar acompañada. Era un
pálpito, quizás equivocado, pero esa chica ya había estado sola durante mucho
tiempo.
Las heridas debían dolerle mucho. Se lo
dije, que si íbamos a Urgencias, quizás se había ganado una infección que no
quería lamentar más tarde. Pero a ella no le dolían los pies. Ese estúpido
vals, murmuraba entre dientes.
Ese
estúpido y deseado vals, me contó mquiso ocultarlo a pesar de que encontraba vergonzoso su
comportamiento infantil. rrerla. ás adelante. No quiso ocultarlo a pesar de que encontraba vergonzoso su
comportamiento infantil. Era su puesta de largo, se había comprado un precioso
vestido blanco para que su padre la llevase del brazo a través de unas
escaleras interminables. Había cumplido dieciocho años hacía pocas semanas y
era un ritual especial para los suyos. Se había criado en una cuna de algodones
y yo lo olía desde lejos. El momento no volvería repetirse y lo había perdido.
Estaba disgustada, rabiada y triste, sobre todo eso último. Yo no lo comprendí
en ese momento. Los paripés de la gente rica me parecían desatinados, antiguos,
y no había ni que decir que ni los conocía ni los compartía aún así. Ya no tiene remedio, decía.
Se llamaba Penélope. Casi me reí, porque me
sonaba demasiado rimbombante para el siglo en el que vivíamos. Parecía más
propio de una aristócrata del siglo diecinueve. Luego descubrí que, en parte,
tenía algo de nobleza moderna. Había nacido en el seno de una familia
importante de la ciudad y la habían educado con tradicionalismos que ella había
cumplido a rajatabla. Penélope era una niña modelo. Era sencilla, sumisa, y
siempre llevaba una sonrisa en los labios porque le habían inculcado la
religión de la amabilidad. En cambio, no era una persona de risa fácil. Tenía
un pésimo sentido del humor –por no decir nulo–. Nunca había decepcionado a sus
padres en nada, más ellos sí le habían jugado malas pasadas. La última, aquella
noche.
Había estado sola demasiado tiempo,
buscando sin cesar una persona como ella. Nunca la había encontrado, era
imposible en el mundo en que se movía. Era como si ella no perteneciese a su
propia familia. Aún no podía saberlo, pero éramos iguales en muchos sentidos.
Quizás por eso, desde el primer momento, decidí regalarle una noche de mi
compañía. Yo sabía sonreír a la vida y deseaba que ella también lo hiciera. Daba
igual que no nos conociéramos, daba igual si todo aquello se quedaba en una
anécdota. Yo no tenía nada que hacer y Penélope no tenía a nadie con quién
hablar.
Pero podía hablar conmigo, porque yo quería
saber mucho más sobre ella. Se lo hice saber, quizás con una precipitación inadecuada.
Yo era mayor, desconocido y a ojos de cualquiera –suponía también que de ella–
un acosador en potencia. Sus ojos se clavaron en los míos. Aguanté su mirada,
sin entender el recelo de sus ojos. Aún así, tardó poco en sonreír.
Supongo que creyó que alguien a quien nunca
más vería no podía atentar contra sus sentimientos.
Lloraba porque, una vez más, su padre se
había olvidado de su existencia, porque
las personas nunca pueden tenerlo todo, ¿sabes?, decía. Llega un momento en que no tienen sitio para
más. A Penélope nunca le había importado que las personas con las que se
relacionara invirtieran menos tiempo en ella. No era egoísta ni codiciaba
corazones que no la querían. Pero claro, cuando era su padre no era lo mismo,
aunque eso sonase a capricho, ella había esperaba con ilusión ese día. Esa
tontería, la puesta de largo, el rito más insustancial que haría nunca, no lo
era tanto si hablábamos en términos paterno-filiales. Porque, ¿qué más daba lo que fuera, mientras él
estuviera ahí? Cuando me hizo esa pregunta no me cabía ninguna duda de que
le quería con locura, mucho más que él a ella. ¿Tenía otra razón para largarse
de allí corriendo, tirando los zapatos –los zapatos que solo le importaban a su
madre, ella hubiera preferido unas zapatillas de deporte, pero eso no iría
demasiado bien con el vestido de cóctel– y corriendo descalza por las calles
oscuras? Luego se había parado allí, en mitad de ese pequeño hueco de jardín y
se había dado cuenta de lo vacía que había estado siempre. Estaba desolada, a
mi parecer, por una tontería. Pero yo no tenía dieciocho años y recordaba lo
trágico que era mi yo adolescente como para entender que para Penélope las
desgracias del mundo giraban en torno a su corazón y sus emociones y eso
restaba importancia a lo que ocurriese en el resto del mundo.
Yo me quedé a su lado, y supe más de ella
de lo que su padre sabría nunca. Se esperaba que estudiase medicina, aunque lo
que de verdad le gustaba era la literatura. Se habría conformado con estudiar
alguna filología. O la psicología, porque le gustaba analizar a la gente cuando
nadie se daba cuenta de que lo hacía. En sus ratos libres y siempre que las
circunstacias lo permitían, le gustaba viajar hasta la playa y sentarse en las
rocas de orilla a escribir. A veces pensamientos. Otras veces los convertía en
letras de canciones que nunca salían de nuevo de la carpeta. No escribía por el
afán de que nadie la leyese, sino porque necesitaba poner todo aquello que se
removía en su interior en otro lugar que no fuera su cabeza. Era su vía de
escape.
Era de las de Murakami y hacía un par de
meses que había encontrado en el sucio mundo de Bukowski. A Murakami le
admiraba en voz alta, pero con Bukowski todavía no se atrevía. Si mis padres supieran, si mis padres
supieran… Menos mal que no saben. Los señores Castillo, él cirujano
plástico y ella coqueta ama de casa y presidenta de no menos de quince
asociaciones de snobs, vivían tan encerrados en su mundo como Penélope ansiaba
salir de él. La niña no les había salido a sus apetencias. Ella adoraba las
aficiones bohemias –pintar en cuadernos de hojas de cuadros en horas de clase,
viajar con una mochila y lo imprescindible, hacer fotografías sin sentido, por
el puro placer de perder el tiempo en amor al arte– y rechazaba el espíritu
burgués que trataban de imponerle desde que era una niña.
No había más que escuchar cómo hablaba.
Tenía la digna boca de un francés ofendido. Delicada como una rosa, eso sí.
Podría hacer de abogada del diablo. Lo suyo, de puertas adentro, era pura
fachada. Ésa que encontrabas a primera vista, la chica morena envuelta en un
vestido caro que causaba rechazo a los que no eran como ella, que en realidad
no era nadie. Una soñadora más, perdida en un mundo que cambiaba demasiado
rápido y que no comprendía del todo a sus dieciocho años. Aún así, era sagaz.
Madura y con tendencias románticas –románticas no en cuanto al amor, más bien
en la forma de enfrentarse a las tragedias–. Luchadora y entendida en
políticas. No se podía de rodillas por nada ni por nadie. Era de las mías.
Pensé que necesitábamos una presentación
formal para ese encuentro tan fortuito, así que alargué la mano, tendiéndosela.
Deseé que la estrechara sin miedo, que entendiera que no iba a soltarla nunca
si me lo pedía. Tomó mi mano, con tanta fuerza que temblaba. Porque ella ya
formaba parte de mí y no quería explicarme porqué.
–Aún no me has dicho cómo te llamas.
¿Tenía eso importancia? Yo no era el
protagonista de esa noche. Simplemente sabía que, años más tarde y llevara a
donde me llevase esa noche mi vida, me acordaría de Penélope. Quizás no cambió
mi vida, en absoluto; pero tenía la sonrisa más bonita del mundo.
- Relato 2 de Daniel Morales Muñoz
Relato 2 – Descubriendo
Si al volver le preguntaseis a cualquiera de los que estuvimos de Erasmus en Lyon en el curso 2004-2005, probablemente todos te diríamos que había sido el mejor año de nuestras vidas. Excepto Martín, supongo; aunque os puedo asegurar que nadie descubrió tantas cosas como él, y sobre todo, nadie descubrió tantas cosas de sí mismo.
Lo conocí antes del verano, en la cola de relaciones exteriores, uno más de tantos a la súplica de unas convalidaciones generosas, y un revuelto de miedos e ilusiones a partes iguales. Era de mi misma estatura pero con unos 20 kilos más que yo, el rostro blanco pálido, el pelo engominado hacia atrás, gafas con monturas al aire y una camisa de Pedro del Hierro remetida por la cintura de los pantalones chinos; joder que lento va esto, miraba el Festina de su muñeca con aire de impaciencia, tengo clase a las doce y cuarto; a lo que le contesté con una mueca a modo de sonrisa, parece que los funcionarios no tienen prisa, tratando de translucir poco interés y haciendo como si leyese atentamente el formulario que tenía en las manos.
Pero el destino o las leyes de adjudicación de plazas Erasmus nos tenía reservado mucho más que la fría conversación en una cola de la Universidad: ¿adónde te vas tú? Levanté la vista de mi apreciado formulario, en principio a Lyon pero aún no estoy del todo decidido, las pupilas de Martín se dilataron, ¿en serio? yo también me voy para Lyon. Lo cierto es que me parecía el antiprototipo de estudiante que se va de Erasmus, y no es que hiciese falta ser un perroflauta de pedigrí, con sus rastas, piercings, tatuajes y los palos de un diábolo asomando por la mochila (después de todo, yo no era más que un heavy venido a menos, pues me había tenido que esquilar las greñas por culpa de una fastidiosa alopecia herencia de mi querido padre, y tampoco había tenido valor de tatuarme un trío de calaveras en el hombro), pero no me entraba en la cabeza que aquel pijo redomado y mimado, al que probablemente le planchase los gallumbos su madre (esta apreciación resultó ser errónea, pues meses más tarde me confesó que se los planchaba su abuela), se fuese de Erasmus, y menos aún a Lyon, a mi Lyon, que fuese mi compañero-de-mili; así que no pude evitar devolverle una sonrisa forzada e incrédula: me llamo Chemi, yo Martín, y bromeó: a partir de este momento te nombro mi nuevo mejor amigo; y esta vez le sonreí con sinceridad, porque me había hecho gracia, aunque tenía la sensación de qué, en vez de encontrar a mi nuevo mejor amigo, me había salido un hermano pequeño.
Llegué a Lyon tras 22 fatigosas horas de buses y trenes, sin apenas haber dormido por culpa de los malditos asientos diseñados y fabricados para paticortos; y allí, en la Gare de Vaise, estaba Martín esperándome, sonriente, Bien venue a la France!, envuelto en su trenca marrón y su bufanda de cuadros. El había llegado en coche con sus padres, 10 días antes que yo, pues tuve un par de exámenes en septiembre, y le había dado tiempo a desenvolverse un poco por la ciudad, S’il vous plait, un billet de Metro pour mon ami, y también a asustarse, creo que deberíamos buscar otra residencia o un piso compartido.
Por fuera, la residencia universitaria MONOD parecía un barracón construido por el mismísimo Stalin, tanto por su austeridad como por su antigüedad, que consistía en 4 cajas de zapatos de 4 plantas cada una y 16 habitaciones en cada planta, con la fachadas pintadas del color de las manchas de humedad y salpicadas de ventanales. Por dentro mejoraba levemente la cosa, y al menos parecía que hubiesen pintado en los 10 diez últimos años, pero los lujos brillaban por su ausencia: las habitaciones apretaban una cama de muelles y colchón amorfo, una robusta mesa de escritorio, un armario de madera astillada y un lavabo que había perdido gran parte del esmalte; y compartiendo en cada planta, una cocina de fogones eléctricos, cuatro duchas de agua normalmente fría y cuatro váteres de los cuáles uno o dos estaban casi siempre atascados.
La primera noche la pasé en su habitación, durmiendo sobre un colchoncito de mantas en el suelo, porque cuando llegué, estaba cerrada la recepción. -¿Qué has pensado para cenar?- Le pregunté mientras sacaba de mi maleta las cosas que podía necesitar aquella noche. –Será mejor que salgamos a comer algo, aunque a esta hora, lo único que encontraremos abierto es un Kebab a un par de manzanas de aquí- contestó con tono dubitativo y apostilló, - estos gabachos cierran todo súper pronto-. Pensaba contestarle que venía molido del viaje, que apenas tenía hambre y prefería tomar cualquier cosa en la habitación; pero me di cuenta que tenía el semblante tenso (y eso que yo no me fijo generalmente en nada), con los ojos rojos y vidriosos, como aguantando una lucha anterior. Lo miré un instante. –Lo cierto es que no tengo nada de comida en la habitación- me dijo con la voz que le fallaba a medias, como si me hubiese leído el pensamiento. –Bueno, tampoco pasa nada- le respondí mientras trataba de encontrarle la importancia aquello. – Es que me da demasiado asco la cocina, en especial el compartimento compartido de la nevera – confesó con voz avergonzada, y siguió, -así que no tengo nada que cocinar, ni sartenes ni platos, ni tan siquiera alimentos que necesiten conservarse en el frigorífico-. Se le derramó una lágrima silenciosa, pero hacía esfuerzos visibles por aguantar una tormenta tropical, y no tuvo más remedio que desahogarse: él nunca había salido de España sin sus padres, sin ellos no se había aventurado más que a irse unos días en la playa con unos amigos; llevaba 10 días comiendo a base Kebabs, hamburguesas y menús del restaurante universitario, casi una semana sin ir al váter porque se le contraían los esfínteres cada vez que pisaba en charquito repugnante que cubría el suelo de los baños; no se enteraba una mierda de la clases porque no tenía ni papa de francés, y tampoco sabía si le servirían de algo, porque probablemente al final no le convalidasen una mierda; y lo que era peor de todo, agobiado por todas aquellas incomodidades e inseguridades, no se sentía aceptado en la comunidad de Erasmus españoles, sino más bien marginado, sin apenas participar en las continuas fiestas universitarias. Sinceramente, pensé que no tardaría más de dos semanas en volverse a casa.
Pero pasaron los meses, y Martín no solo sobrevivía, sino que se iba adaptando, abriendo la mente, integrándose, en definitiva, haciéndose más fuerte. Yo vivía en otro edificio de la residencia, y había hecho piña con algunos compañeros de planta, así que poco a poco se fue integrando en nuestro grupo, se venía a cenar a nuestro edificio (eso sí, nunca cocinó nada… gracias a Dios, y cuando estaba solo se hacía una ensalada), dejó de limpiar semanalmente su habitación con lejía (de hecho, empezó a acumular tantas pelusas como cualquier otro), e incluso, cuando hacía la colada en la lavandería pública, dejó de poner una primera lavadora vacía con lejía, para desinfectarla antes de lavar su ropa. Y lo que era más importante, se fue integrando, encajó su rol cómico de señorito (empezó a encajar bromas sobre “El Marqués”, y después comenzó a bromear sobre sí mismo) y en definitiva, pasó a ser uno más (como éramos todos, con nuestras peculiaridades). Sí que es cierto que, casi hasta el final del año que estuvimos allí, tuve que hacerle de hermano mayor, y al principio era demasiado intenso (varias veces tuve que esconderme de él en la Universidad, para que no me cargase de sus problemas), pero al cabo del tiempo se hizo todo más llevadero.
La gracia es que, en una de las muchas cenas en la cocina de la residencia, de pié sujetando un plato de espaguetis con mantequilla y pimienta, Perico, uno de los Erasmus que estaba allí por segundo año para obtener un doble diploma, empezó a contar historias sobre fiestas, borracheras, aquí todo el mundo liga, ante la mirada incrédula de todos los ilustres comensales, os lo prometo que el 99 % triunfa. Todos nos reímos, fanfarroneamos y contamos historias, pero Martín, que no se había comido ni una rosca, se quedó obsesionado con aquello, joder, me voy a quedar en el maldito 1 %. Y por mucho que redobló sus esfuerzos, estos resultaban a todas luces excesivos, y asustaba a cualquier chica que se acercase; por lo que quedó en el grupo los que no ligaron (eso sí, lo del 99% era un mito…. Y no me atrevería a decir que el éxito fuese mayor de un 60 %).
Y por todo esto estoy tan ilusionado con el viaje, por todo su significado: porque en otros tiempos parecía impensable que Martín pudiese llegar a tener novia; porque el día que lo conocí jamás hubiese imaginado que acabaríamos siendo tan amigos para que me nombrase su testigo de boda; y sobre todo, porque me entra ese pequeño orgullo de pseudohermano mayor, al verlo asentado en Belgrado, a punto de casarse, como Director Comercial de una multinacional, visitando mensualmente Sarajevo y cerrando contratos en varios idiomas. Antes de irse a Lyon, nadie podría haberse imaginado todo esto, pero menos que nadie, Martín.
-Relato 2 de Inmaculada Sanchez
RELATO 2
Durante las vacaciones de semana santa he acudido nuevamente junto a Luis pues, aparte de que somos amigos, desde que lo dejó con Germán su corazón está sediento de amor y de calor humano.
Mientras el avión iba despegando del aeropuerto de Sevilla, experimentaba un profundo cosquilleo y después...¡ah...!, la liberación..., esa sensación de volar por encima de todo y, tras las pequeñas ventanas, las casas, campos y coches, minúsculos hasta perdernos, los viajeros del vuelo VY 2374 rumbo a Tenerife Norte, en un mar de nubes...
En cuestión de tres horas aterrizamos en el aeropuerto de “Los Rodeos”, y, allí, me esperaba la acogida calurosa y sincera de Luis...
Pregunté por Héctor, su nuevo amor, aunque ya sabía la respuesta: estaba “haciendo su vida”...
Recogimos el Alfa Romeo Deportivo del aparcamiento del aeropuerto y ¡a casa!, mientras mis sentidos se aclimataban: a la nueva temperatura, los nuevos olores, colores, y paisajes, de la tierra canaria, mientras, en el radiocd, una canción de los sabandeños:”quiero que el mar me lleve pa las Canarias...”.
Observaba a Luis mientras le bombardeaba con las últimas noticias de la península, sobre todo, las relacionadas con la vida de Germán...,mientras Luis conducía, el aire ausente.
Al llegar a la Quinta Roja, en Santa Úrsula, la acogida fue fabulosa por parte de los amigos de Huelva que viven enfrente y, al entrar en la casa, otra vez esa lucha de Luis por aparentar normalidad cuando lo que ya estaba siendo habitual en él era esa indiferencia fruto de una apatía emocional-Germán se lo llevó todo-.
Se dirigió a Héctor que estaba enfrascado, como siempre, en el televisor. Le reprochó su frialdad para conmigo, su indiferencia.
Héctor miró cansinamente a Luis y me saludó sin mucha gana, no tanto por verme sino por sentirse coaccionado por él...
Después de acomodar las cosas y descansar un poco, me dirigí a Luis en un aparte, y le pregunté que por qué aguantaba esta situación, que adónde quería llegar con una persona que le había demostrado anteriormente que no le quería –había llegado de Colombia “dejándolo todo” pero pasando a mejor vida-. Sin que me contestara Luis y por la mirada de tristeza profunda que me dirigió con sus grandes ojos verdes, comprendí la inacabable e incondicional apuesta de Luis por el género humano y , aunque objetivamente nadie en nuestro entorno lo podía comprender, ahí estaba Héctor: como un niño caprichoso,diríase alguien a quien ha tocado la lotería y no sabe en qué gastar el dinero...
Una tarde fueron a pasear al pueblo de Santa Úrsula y, en un velador, mientras Luis terminaba de pagar la consumición, levantó sus hermosos ojos verdes y preguntó a Héctor si estaba o no enamorado de él...; éste respondió que lo estuvo, hacía tiempo, pero que entre ellos sucedieron cosas sque fueron levantando entre ambos un muro insoslayable..,y empezaron los devaneos nocturnos de Héctor, y los reproches de Luis, y las quejas del primero porque el segundo “quería hacerlo a su imagen y semejanza...”
Entonces Luis explotó y dijo a Héctor que si no les unía el amor, debía marcharse, porque estaba aprovechándose de él y entonces...,¡oh Dios...!, Héctor:”¿quién se aprovecha de quién, Luis...?”.
Y fue la tensión , y el rechinar de dientes, y la vuelta a casa caminando juntos pero cada uno muy, muy lejos del otro...
Un día fueron a las piscinas naturales de Martiáñez, en ellas el agua de mar va entrando naturalmente en unos grandes compartimentos.
Héctor como siempre se estaba quejando: que si el agua está muy fría, que si...; se levanta en un momento dado a beber cerveza-él solo- a uno de los chiringuitos del recinto, y no volvía, y reinaba el temor, y la desconfianza, en los ojos de Luis...; entonces se levantó a buscarlo, estaba solo y lejos de él, como siempre.
Y de nuevo la discusión: “tienes que irte, Héctor...”.
Luis se preguntaba por qué quiere quedarse, a pesar del desamor, a pesar de tantos dimes y diretes...Héctor se defiende diciendo que él no es moneda de cambio, ahora te intereso, ahora no...
Transcurrieron los días y volví a Sevilla. He vuelto, junto a Luis, este fin de semana, ahora en Madrid. No está Héctor y pregunto por él: se halla en Algeciras, con su prima.
Le pregunté a Luis por qué no se va, por qué se queda: todo el mundo se hace esa pregunta.
Y Luis: quiere que le paguen el máster. Y me pregunto: “¿ a qué precio...?”.
Relato 2 - de Jose Antonio Borrero
Isidoro - Relato 2, de Jose Antonio Borrero
Tenía el pelo atigrado, ojos marcianos, orejas de punta y bigotes tan tensos como las raspas de pescado que tanto le gustaban. Como por aquella época pasaban por televisión unos dibujos animados sobre un gato que se llamaba Isidoro, en un ejercicio de originalidad, mis hermanos y yo decidimos ponerle el mismo nombre. Pero Isidoro no era un gato como los demás. Se sentaba a ver las películas con nosotros, sus maullidos se parecían a las palabras, y cuando lo llamabas por su nombre te miraba y se acercaba, como si se prestase a escuchar tus secretos. En unos meses el piso donde vivíamos se le quedó pequeño, así como nuestra compañía, y aprovechaba cualquier momento en el que alguien dejaba la puerta entreabierta, para salir a la escalera, y de ahí descender a la calle, donde se perdía durante horas. Pero lo hacía con tanta elegancia y tanta seguridad, que ni mis padres ni nosotros tratábamos de impedírselo, como si fuese un huésped maduro que tuviese su vida propia. Incluso llegó un momento, en el que él mismo comenzó a solicitar que le abriéramos la puerta. Lo pedía con un amable “miaaaaaau” con énfasis en la “a” (un poco más larga que la de pedir comida y un poco más corta que la de llamar desde el balcón a alguna de sus novias). Pero un día me di cuenta de algo. Una de sus excursiones la hacía a media mañana, y me llamó la atención que su marcha se producía siempre en el mismo momento, a la misma hora, y también era muy puntual a su vuelta. Así un día tras otro. Por entonces mi pequeña vida era muy aburrida y mi única diversión consistía en asomarme al balcón y observar lo que pasaba en la calle. Me fijé en que Isidoro siempre se iba un poco después de que pasara el afilador de cuchillos, y un poco antes de que apareciesen los hombres del butano, y la gente les pidiese a gritos desde los balcones una bombona. Desde que descubrí el momento en el que Isidoro lanzaba su “miaaaaaau” y solicitaba su libertad, pasaba toda la mañana pendiente de ello. Cuando se marchaba, mi imaginación se iba volando con él. Lo veía con una pandilla de gatos jugando a algún juego parecido al fútbol, o saltando por los tejados con sus amigos y sus novias, disfrutando de cien mil aventuras.
Pero un día mi curiosidad alcanzó su límite, y decidí seguirlo. Yo era demasiado pequeño para que me permitiesen salir solo a la calle, pero me consideraba tan capaz de sobrevivir como Isidoro. Además, no pretendía estar fuera todo el tiempo que estaba él, tan sólo quería saber a donde iba. Así que una mañana me dispuse a esperar el cúmulo de eventos tras los cuales Isidoro se marchaba. Mi madre le abrió como siempre, lo dejó irse, y tras cerrar la puerta, su delantal blanco se perdió en la cocina entre pitidos y una nube de vapores de comida que salían de la olla a presión, como en los trenes antiguos. Aproveché el momento y abrí la puerta todo lo silenciosamente que pude, y salí corriendo por las escaleras para alcanzar a Isidoro. Cuando llegué al portal, éste cruzaba el rellano, andando despacio, con el contorneo tranquilo y felino de un pequeño tigre. Allí no encontró ningún obstáculo, porque por entonces las entradas de los edificios solían permanecer abiertas durante el día (los porteros electrónicos no existían todavía en mi barrio). Isidoro no perdió la compostura al salir a la calle y exponerse a las personas que pasaban por ella, y anduvo sin prisas hasta meterse debajo de un coche que había aparcado enfrente. Yo le seguí y me agaché para verlo, pero cuando llegué ya se había pasado al coche que había detrás, y luego al otro, y así se paseó por debajo de los vehículos aparcados en la calle, con el mismo desparpajo que lo hacía por cualquier otro sitio. De ese modo recorrió varias calles. Al principio me agachaba para ver por debajo de qué coche iba, pero descubrí que era más cómodo seguirlo de pié, andando. Aunque de ese modo sólo lo veía en los breves momentos en los que pasaba de uno a otro. A veces, en este instante Isidoro me miraba con absoluta tranquilidad, como si tuviese la confianza de que me podía despistar en cualquier momento, o como si no le importase nada que averiguase a donde iba. De esa forma recorrimos varias calles, y llegamos a una gran avenida, donde Isidoro se quedó parado debajo de un coche. En ese momento sentí miedo. Nos habíamos alejado demasiado de casa, y aquella parte del barrio ya no me era conocida. Me agaché y comencé a hablarle, y a pedirle que volviéramos. Pero mientras trataba de convencerlo, un semáforo cercano cambió a rojo para los vehículos, y la gente comenzó a cruzar. Isidoro se fue tras ellos, y pasó al otro lado de la avenida por el paso de cebra, como si fuese un peatón más. Yo le seguí y traté de atraparlo, pero consiguió meterse debajo de otro coche aparcado, y prosiguió su ruta sin prisas, por debajo de otros coches. Tras recorrer varias calles, por fin llegó a un lugar donde se detuvo. Era un sucio callejón en la parte trasera de un edificio. Sólo había una gran pared blanca y una puerta negra. Me agaché por los bajos del coche, desechando cualquier intento de conversación con el maldito gato, y cuando estudiaba el modo de atraparlo y arrastrarlo hasta casa, de repente, Isidoro comenzó a maullar. Era un maullido largo, un “miauuuuu” con la “u” muy larga, que a veces parecía que no iba a terminar nunca. Pero pronto me di cuenta de que la “u” no era sólo suya, sino de que otros gatos que estaban cerca se habían unido al concierto. Dos coches por detrás había un gato negro, y subido a una tapia uno muy gordo marrón, y en un árbol cercano otro gris guardaba el equilibrio. Poco a poco fueron llegando más y más, y aquello se llenó de ojos marcianos, orejas de punta y bigotes tensos. Me hice a la idea de lo que debía de sentir Isidoro cuando celebrábamos toda la familia algo en casa, siendo él, el único de su especie. Pasado un primer momento de intensos maullidos, luego decrecieron, y más tarde volvieron a crecer de nuevo, como en un coro. Yo estaba expectante de ver que hacían, si jugaban a algo, si se medían en alguna competición, cuando de repente, cuando el nivel de los maullidos llegó a su máximo, tanto que creí que lo estarían escuchando incluso desde mi casa, la puerta negra se abrió. Provocó un estruendo metálico al chocar contra la pared blanca. De la oscuridad del interior del local salieron vapores densos, cargados de olor a comida, como los de la cocina de mi madre, y de entre ellos un hombre grande, obeso, con un delantal blanco y un gran gorro blanco también. Arrastraba un cubo de plástico negro. Lo sacó a la calle con esfuerzo y volcó su contenido en una esquina, mientras mascullaba entre dientes: “cada vez tenéis menos paciencia”. Entonces una multitud de gatos salió de debajo de los coches, de los árboles, de todas partes, muchos más de los que nunca había visto, y cubrieron el montón de desperdicios con sus pieles atigradas. Una de ellas debía de ser la de Isidoro. El hombre desapareció entre los vapores, arrastrando su cubo, y la puerta negra volvió a cerrarse, sobre la pared blanca.
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