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jueves, 3 de mayo de 2012

- Relato 2 de Eva María Torres de los Santos


Cuando la vida es puro sueño



Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear, 
saber gozar y sufrir 
y no dormir sin soñar. 
Descansar, es empezar a morir.

Gregorio Marañón


Natalia decía que cuando alguien que queremos se nos muere, el dolor nos lacera las tripas por eso se nos quita el hambre. Decía también, que es fácil reconocer a una persona que ha padecido mucho cuando te la cruzas de frente porque normalmente las tristezas son como una maraña de pelos que se atasca en la garganta y, aunque te dejan hablar, te quiebran la voz.
Ella era así, no creía en apelativos baratos para clasificar las emociones. Estas, afirmaba, se marcan en el cuerpo porque al fin y al cabo no somos mas que piel, huesos, vísceras y una sustancia rojiza y viscosa que nos riega de pies a cabeza.
Tampoco creía en Dios. Me dijo una vez, que se negaba a aceptar que pudiera estar parado ahí arriba observando impasible como se iba consumiendo. Siempre se preguntaba, ¿Por qué no me despierta de una vez y por toda aunque sea de un tortazo?
En sus últimos días de vida le había dado por retarlo, ¡baja, baja si estás ahí e impide lo que voy a hacer! Dios lo impedía, pero ella volvía a retarlo. Lo hizo tantas veces que al final sin hacer nada, consiguió lo que quería. Y ahora la hecho tanto de menos...

A Natalia la llamábamos en el colegio “la bella durmiente” porque a veces se dormía de pronto en la clase o en el patio de recreo. A decir verdad, estaba muy poco tiempo dormida, mas bien parecía que se hubiera desmayado. Mis compañeros y yo no sabíamos por qué le ocurría eso. Los maestros solo nos dijeron que estaba enferma y que cuando se durmiera no podíamos despertarla solo intentar que no se golpeara si se caía.
Aunque al principio algunos se reían cuando escuchaban de pronto su cabezazo contra el pupitre, a la larga nos acostumbramos a ello y fingíamos que no nos dábamos cuenta.
La mayoría de los maestros la trataban con cierta lástima y hasta paraban unos segundos su explicación para que no se perdiera nada. Digo la mayoría y no todos porque la maestra Consuelo ni le tenía lástima, ni compasión ni nada que se le pareciera. Cuando la veía dormir paraba la clase sí, pero para gritarle con desprecio, ¡despierta Natalia! ¡a dormir a tu casa! Si serás vaga…

Natalia además, era mi vecina. Estaba enamorado de ella en secreto casi desde que empezamos el colegio. ¡Menudo enamoramiento debía ser! Poco sabía yo entonces de los placeres que regalaba la carne de una mujer. Solo recuerdo que me parecía la mas guapa, la del pelo más rubio y los ojos más verdes de todo el colegio y que me peleaba a patadas con mis compañeros de clase cuando se ennoviaban con ella. Tuve que pelearme con muchos porque Natalia cambiaba de novio casi con la misma frecuencia que de calcetines. Algunos ni se llegaban a enterar. Pero yo si que estaba al pendiente de quienes tenían ese fugaz privilegio. Por aquella época nunca formé parte de su lista de novios . Años después se lo reproché mientras la desnudaba despacio. Ella no se excusó. Rió, me miró a los ojos, me mordió el cuello y... Dios, como me duele recordarla...


En verano, su madre montaba una piscina de plástico en la azotea para que se bañara con sus primas. Yo que lo sabía, subía a mi azotea que quedaba un poco más alta que la suya y la expiaba. Mi madre siempre me pillaba en esas andanzas y me daba de collejas para que se me quitara lo pervertido, ¡crío del demonio! ¡pronto empiezas tú!

Recuerdo la primera vez que la vi realmente enfadada. Aún no teníamos ni diez años. Habíamos empezado a hacer las catequesis y el cura don Fernando Botijo (lo de botijo no le venía en la partida de nacimiento sino en los genes que lo habían hecho bajito y rechoncho) nos repartió a todos un pasaje de la Biblia que deberíamos leer el día de nuestra comunión. Nos levantaríamos, nos acercaríamos al atril y lo leeríamos en voz alta delante de todos los asistentes. Al llegar el turno de Natalia don Fernando no le dio ningún pasaje porque temía que se quedara dormida delante de todos los familiares mientras leía.
Natalia se puso roja, luego morada y luego roja otra vez. Parecía que iba a arremeter contra el cura o cualquiera de nosotros, pero no hizo eso. Esperó a calmarse, se levantó de su sitio y se dirigió con desdén hacia don Fernando, me da igual, yo no voy a hacer la Comunión. ¡ya no creo en Dios!
Luego se fue corriendo con los ojos vidriosos.
Tenía tanto carácter que a veces era lo único que la mantenía despierta.

Yo también llegué ese día a casa y le dije a mi madre que no haría la Comunión porque tampoco creía en Dios pero mi madre volvió a darme una buena colleja y acabé creyendo en Dios, la Virgen María, el santoral entero y los tres Reyes Magos si me apuran.

Como no hizo la Comunión, su madre, queriéndola recompensar de algún modo, le regaló un piano de cola. Tres veces por semana venía un profesor a enseñarle. La escuchaba tocar desde mi habitación. Bueno en realidad, se la escuchaba desde toda la casa. Llegaba a ser fastidioso pero nunca nos quejamos a los vecinos. Yo porque hubiera soportado el ruido de una taladradora a los pies de la cama por ella y mis padres porque decían, pobre, habrá que dejarla que se entretenga en algo...

Los años fueron pasando sin que ella se diera cuenta, entre sueño y sueño de que yo existía. Claro que yo no hacía nada por demostrárselo.
En el instituto, nos cambiaban de clase todos los años. Nunca coincidí en la suya. Pese a ser vecinos no la veía a penas. Ni si quiera compartíamos el mismo círculo de amigos. Supe que de hecho, cada vez salía menos. Imaginé que su enfermedad había empeorado.
Poco a poco solo me quedaban de ella rumores y habladurías. Que cuando había excursiones nadie quería sentarse con ella en el autobús porque iba dormida todo el trayecto, que en una clase de arte se había quedado dormida pintando con acuarelas, se había manchado toda la cara y había destrozado la lámina que estaba pintando,...
Aunque intentaba aferrarme al recuerdo de una Natalia altiva que había encarado a un cura cuando era una cría, cada vez me costaba más. Llegó un momento en el que la vi como todos, como una pobre chica que nunca podría llevar una vida normal.
Nunca le confesé que llegué a sentir lástima por ella. Creo que no me lo hubiera perdonado.
Se me entregaba sin reservas pensando que yo era el único que la veía como una mujer no como una enferma a la que compadecer.

Probablemente Natalia no hubiera sido más que un recuerdo difuso de mi niñez, una melodía confusa tocada por unos dedos inexpertos al otro lado de la pared. Puede incluso que la hubiera olvidado sino se me hubiera desmayado un día en los brazos. Aquello lo cambió todo.

Fue una mañana de junio. Entonces yo tenía dieciocho años, estaba terminando el bachillerato. Volvía de clase y al entrar en mi calle la vi, me di cuenta por sus ademanes torpes, que se iba a desmayar. No era capaz si quiera de acertar a introducir la llave en la puerta de su casa.
Me acerqué corriendo, casi por instinto, como lo hacíamos en el colegio cuando intentábamos que no se hiciera daño al caer. Llegué justo a tiempo para que se desvaneciera en mis brazos.
Sentí que una muñeca de goma se me escurría de las manos, era incapaz de controlar sus extremidades aunque intentó levantarse un par de veces.
No había nadie más en la calle porque eran las tres de la tarde y hacía mucha calor.
Mientras algo dentro de ella luchaba por despertarse del todo e incorporarse yo me fijaba en cuánto había cambiado con el tiempo, ya nada quedaba de aquella niña a la que expiaba.
La mujer que guardaba en las tripas finalmente se había deshecho de la niña, le había ensanchado las caderas, alargado las piernas y le había sacado de las costillas un par de senos generosos.
Era preciosa, con esa piel tibia que embriagaba solo con tocarla.
Me enamoré de Natalia de nuevo, no ya como un niño sino como un hombre que soñaba con hundirse en su piel.
Entonces no pude contenerme y la besé levemente en los labios. Tenía dieciocho años... Uno se vuelve valiente a esa edad.

Despertó a los pocos minutos, has visto demasiadas películas de Disney, Carlos. No se enfadó, no me pidió explicaciones y lo que es mejor, ¡aún recordaba mi nombre! Vale, eramos vecinos, eso le quita mérito pero a mí me llenó de regocijo.
En agradecimiento me invitó a pasar a su casa. Tomamos un refresco, luego otro y otro más hasta que se nos pasó la tarde. El haber compartido su último desvanecimiento nos daba una especie de complicidad.
A decir verdad yo casi no hablé aquella tarde. Ella me contó sin que yo le preguntara todo lo que suponía vivir durmiéndose a cada rato.
Por primera vez le puse nombre a la mal que tenía. Era narcoleptica. Yo no había oído hablar de esa enfermedad. Me contó que era una enfermedad genética que producía ataques de sueño incontrolados a la persona que la padecía.
En realidad no se quedaba dormida cuando se caía al suelo. Su cerebro simplemente dejaba de controlar a su cuerpo al igual que lo hace nuestro cerebro al dormir para no escenificar los sueños y hacernos daño. Aunque también se la pasaba con sueño todo el día, luchando por no quedarse dormida.
Aprecié que no solo su cuerpo había cambiado. Parecía melancólica y cansada como si le hubieran tirado en la espalda veinte años más.

Me dijo que su vida era como un teatro muy breve, para que se abriera el telón unos minutos había que montar todo un engranaje detrás. Tomaba anfetaminas como si fueran caramelos de regaliz. Dormía siestas interminables pero al despertar siempre tenía sueño. Había abandonado sus estudios el año antes desesperada pues le era imposible aguantar medianamente despierta por las mañanas y estudiar por las tardes. Apenas tenía amigos porque como compañía era muy complicada. No salía de copas ni a bailar como cualquier chica de su edad.
Escuchándola hablar, sentí que tenía esa bola de pelos atascada en la garganta de la que años después me hablaría cuando la até de pies y manos a la cama de nuestro dormitorio.
Su infancia había sido...¿Cómo la definía ella? Ah, sí. Un jodido vaticinio de lo que sería su futuro.
Nunca pudo ir a un parque de atracciones. Nunca había pasado de la piscina de plástico en su azotea y por consiguiente no sabía nadar.
Lo único que se podía permitir era seguir con sus clases de piano. Se convirtieron en su única ilusión.
El resto del tiempo, decía, soñaba con hacer las cosas que no podía hacer.
Caí en una encrucijada de la que no sabía cómo salir. Quería ofrecerle mi hombro pero tampoco nos unía ninguna relación especial mas que la casualidad que nos había reunido una tarde soporífera de verano.
Hacía pausas breves en su relato para no atragantarse con su propio dolor.
Había conseguido encontrar un pequeño truco para mantener abierto más tiempo el telón en su vida.
Le encantaban los juegos de mesa, durante las partidas no se quedaba dormida. Los médicos le habían dicho que el esfuerzo de concentración al que se veía sometido su cerebro lo mantenían temporalmente “despierto”.
Hasta ese punto de su relato yo no había sabido ni qué contestarle pero entonces se me ocurrió una idea, ¿sabes jugar al ajedrez Natalia?
Fue casi como mostrarle una piruleta enorme a un niño. A Natalia se le iluminó la cara y fue corriendo en busca de un tablero.
Natalia era malísima en el ajedrez aunque jugaba con mucho entusiasmo como si le fuera la vida en ello.
Debíamos resultar una pareja un tanto cómica. Ella concentrada hasta el cansancio por no perder de vista mis movimientos y de seguro por no quedarse dormida justo en ese instante. Yo, batallando en su cuello, intentando no subir la vista a los labios ni bajarla al escote, no me hubiera podido controlar.
Empezó a anochecer sin darnos cuenta. Natalia estaba exhausta, se le notaba en la cara. Se balanceaba en la silla, es que si me quedo quieta sentada me duermo, Carlos.
Le dejé ganar la última partida y le dije que me iba, puedes aguantar una tarde entera sin dormirte, lo has visto. Ella parecía tan sorprendida como yo.

A partir de entonces empecé a visitarla todos los fines de semana aprovechando que no tenía clases de piano. Jugábamos interminables partidas. Se volvió una contrincante buena en el ajedrez y me enseñó a jugar decenas de juegos de cartas. Aquel primer verano que pasé junto a ella, su compañía se convirtió en una brisa fresca de la que me hice adicto.
Poco a poco fuimos cambiando las partidas por besos lentos que llevaban a caricias apresuradas. Sus padres nos dejaban solos en casa, creyendo ingenuamente que se quedaba en buenas manos. Y en parte así era, la dejaban en buenas manos claro que sí, unas manos que se aferraban a su cuerpo en cuanto los padres cruzaban el umbral de la calle.
Jugábamos toda la tarde sin tableros ni fichas. En los descansos se solía quedar dormida.

Cuando terminó el verano, me había convertido en una persona totalmente distinta. Sin aquel verano, hoy sería arquitecto. Ya tenía plaza en la facultad que quería, todo hubiera sido muy fácil. Sin embargo, después de tres meses en los que se me había restregado en la cara una enfermedad tan horrible, no podía olvidarlo y estudiar para construir edificios. No, ya no. Ahora quería ser médico, especializarme en neurología. Era un iluso, qué digo...era un patético iluso. Quería encontrar una cura milagrosa para alargar las horas de vigilia de Natalia.

En septiembre ya no había plazas en la Facultad de Medicina de mi ciudad. Tuve que desplazarme cientos de kilómetros. Estaba dispuesto a volver los fines de semana, pero Natalia no lo quiso. Pensó que tenía derecho a llevar una vida de universitario normal. Quería que conociera gente nueva. En el fondo, lo sé, quería ponerme a prueba, ver si después de conocer a otras chicas la seguía prefiriendo a ella.

Estudié medicina todo lo rápido que pude. Conocí a muchas chicas y, no mentiré, ahora no tendría sentido, tuve algunas relaciones breves. Eran relaciones vacías que no me aportaban nada. Todos los veranos volvía a mi casa, me esperaba mi familia y ese pequeño oasis en casa de los vecinos, Natalia.
Mi familia me apoyaba, aunque a veces escuché a mi madre cuchichear, ese es un noviazgo enfermizo, ojalá no acabe mal.
Lo malo de mi vuelta los veranos era constatar que Natalia se iba desgastando cada vez más. Me agobiaba saber que se había iniciado una carrera contrarreloj.

Finalmente aprobé el MIR y conseguí plaza como Médico Residente en un Hospital de mi ciudad. Llegados a ese punto tenía dinero y tiempo. Estaba cansado de una vida a medias. Así que tomé una determinación. Decidí obligarla a hacer lo que el resto del mundo aunque fuera con ayuda. Se acabó eso de jugar a los amantes en verano. Aceptó a regañadientes. Hicimos algunos pequeños viajes, se dormía en el coche, pero ¿quien no lo hace?
Si visitando algún lugar te desmayas, si te duermes o lo que diablos sea que te pase, yo te esperaré Natalia.
Muchas noches salíamos a cenar cerca de casa, o a dar un pequeño paseo.
La llevé hasta a la playa un par de veces. Paseábamos por la orilla como una pareja como otra cualquiera.
Además se empeñó en dar clases de piano a un par de niños revoltosos que la mantenían bien despierta. Necesitaba sentirse útil, así me lo dijo.
Fue una buena época. Quitando nuestro primer verano, es la mejor que recuerdo con ella. Se la veía feliz. De seguro en más de una ocasión hasta se olvidó de que estaba enferma.

Natalia no hablaba del destino, supongo que como en Dios, no creía. Yo si creo en él. Mi destino era ella y el de ella sufrir. Cuando teníamos veintiocho años, sus padres murieron en un accidente de tráfico, ahí terminó su buena racha. Como no tenía hermanos, se quedó sola. Los familiares van y vienen, eso no cuenta como compañía.
Lo malo de las muertes es que al principio son muy teatrales. Se monta la parafenalia. Todos echan de menos a los muertos y están dispuestos a cubrir su ausencia, pero cuando pasa el tiempo hacer el trabajo de otros se vuelve una labor muy tediosa.
Alguien como Natalia no podía vivir sola. Pululó por las casas de varios familiares hasta cansarse de ser una carga. A la postre decidió volver a su casa. Yo me mudé con ella.

Tenía que dejarla sola muchas horas porque yo trabajaba. Mi madre, por aquello de que las madres están hechas de otra pasta, adoptó a Natalia. No con papeles, sino con las ganas. Nos hacía de comer, nos ayudaba con la casa y la visitaba cuando yo no estaba.

Juro que luché por darle vida a mi manera. La maldita cura milagrosa se me resistía, aún hoy se me resiste. Desde la muerte de sus padres Natalia se fue apagando. Llegó a un punto en el que no podía estar despierta mas de tres o cuatro horas al día. Ni por esas consintió en dejar de trabajar dando clases de piano.
Todavía la amaba tanto que me volví egoísta. Odiaba a esos condenados críos que me arrebataban una hora de las pocas que tenía para estar con ella.

Mientras yo vivía como un mortal más con sus esplendorosas veinticuatro horas diarias que repartía a gusto; ocho para dormir, ocho para trabajar y suman dieciseis, dos para comer y una para ducharme y arreglarme, otra para ir y volver al trabajo y van veinte ¿y las otras cuatro? Una para esperar a Natalia y tres para amarla.
Tres míseras horas diarias era de lo que disponía. Sus familiares concertaban citas para verla y yo los también los odiaba cuando se alargaban y me quitaban parte de mis tres horas. Les quitaba el café de las manos y intentaba echarlos aludiendo a un cansancio que no tenía Natalia sino yo de tanto esperarla.
Todo estaba programado para no perder ni un segundo. Los horarios de la medicación estaban minuciosamente estudiados para mantenerla despierta en las tardes. Si se despertaba en las mañanas que era cuando yo trabajaba, luego se dormía y ya habíamos perdido un día.
Eso de lunes a viernes porque el fin de semana si que era una espera larga. Me levantaba y desayunaba leyendo el periódico. A Natalia le gustaba estar enterada de lo que ocurría fuera de la cárcel, nuestra casa. Rodeaba con un círculo las que me parecían más interesantes o divertidas, no había tiempo para leerle todas. Preparaba sus platos preferidos y me sentaba en el sofá a esperar que despertara. Vivíamos nuestras breves horas hasta que la volvía a su mundo, el onírico y yo me quedaba solo de nuevo.

En sus escasos minutos de vigilia pensaba cada vez más, ¿tiene sentido vivir así?, ¿Carlos tú se lo encuentras?
Lo malo de hacerse preguntas es que a menudo, se encuentran las respuestas.

Se cansó de luchar. Empezó a cometer estupideces, decía que para desafiar a Dios. Un día tenía que coserle las venas y al siguiente lavarle el estómago. Aunque como suicida era pésima, me perocupaba que tarde o temprano pudiera conseguirlo así que por desesperación tuve que atarla a la cama.

La Natalia atada no era Natalia. Por momentos me escupía en la cara lo mucho que me odiaba o me confesaba cuánto me amaba. Algunas veces desvariaba y otras era tremendamente locuaz. En esos diez días en los que permaneció atada empezó a filosofar, que si la bola de pelo en la garganta o las tripas laceradas, que si el sol saldría cada mañana aunque ella estuviera muerta, dejame ser carroña al menos Carlos, que mi cuerpo sirva para algo, casate y ten hijos Carlos, prometemelo Carlos, joder prometemelo, eres un desgraciado ...
Dos veces al día la desataba y la llevaba al baño. No tenía fuerzas para salir corriendo. Como se negaba a comer, la mantenía a base de suero. Hasta en cinco ocasiones se arrancó la vía con la boca, pero no la ataba con los brazos más alejados de la cara por no lastimarla.

A lo mejor no fue buena idea eso de obligarla a vivir diez días más de los que le tenía preparados su propio destino. Solo alargué el sufrimiento. Pero yo no lo sabía entonces. Deberíamos traer la fecha de caducidad tatuada en las palmas de la mano, nos ahorraríamos tantas fatigas...
Tuvo un paro cardiaco mientras dormía. No me di cuenta hasta la mañana siguiente, al fin y al cabo me había acostumbrado a dormir junto a un cuerpo podrido, podrido de sueño y desgana.

No resultó tan romántico como en las películas. No nos despedimos la noche antes, ni yo salí a la calle a gritar desesperado cuando vi que no respiraba. Se rompió el engranaje que abría el telón cada día. Tan simple como eso. Pero el sol siguió saliendo para el resto del mundo como ella había vaticinado.

Ahora que no la tengo, he aprendido a ver como se clavan las emociones en el cuerpo, igual que lo hacía Natalia. Por las mañanas despierto con su recuerdo incrustado en la sien, me baja hasta la tráquea a las nueve con la primera paciente aquejada de migrañas y a las tres cuando me voy de la consulta ya lo tengo macerando con los jugos gástricos en el estómago. Cuando ceno las piernas se me ponen pesadas y hasta me crujen las rodillas pues suele quedarse enganchado en las rótulas. Llego a la cama arrastrando los pies, en los talones su recuerdo pesa mucho. Me cobijo con las sábanas y lo dejo en las babuchas pero al siguiente día vuelta a empezar.


-Relato 2 de Jesús Carbajal


El miedo


Jesús Carbajal





Conocí a Julián siendo un crío. Siendo él un crío. Ya entonces se mostraba asustado frente a todo y tenía la tendencia al llanto fácil que ha vuelto a desarrollar con los años. Había en él, en sus quejidos lastimeros, un punto de rabia que, sin embargo, ha desaparecido con la edad.

Creció siendo un niño confiado, venerado por sus padres, apreciado por sus maestros y querido por vecinos y amigos. Había en él una energía contagiosa, una curiosidad alegre y una forma de dirigirse al mundo que en todos dejaba su impresión. Es difícil intentar explicar cuándo comenzó el cambio. Él mismo explica la sensación que le invadió el día en que, enviado por segunda vez al banco por su padre, ciertamente orgulloso de la confianza prestada en él, descubrió al salir que no estaba su paraguas. El banco era antiguo, lleno de madera noble, y la zona de Banca Privada, donde él permanecía esperando a que lo atendieran, bullía cargada de trabajadores ajetreados, lleno todo del humo de sus cigarros. Y esto lo mantuvo durante unos minutos absorto, en medio de la pequeña cola de hombres de negocios, todos ellos aparentemente respetables. Por eso la sorpresa fue tal: ¿Dónde está el paraguas de mi padre? le preguntó a la joven recepcionista mientras señalaba el paragüero. Y no lo dijo con enfado, sino con una profunda incredulidad que creció mientras la muchacha rebuscaba entre los otros paraguas y confirmaba, con pesar, que algún otro cliente lo había cogido. Pero si es el de mi padre, le respondió, tiene una pequeña cabeza de plata de ánade, le dijo estupefacto. Allí no estaba y, a pesar de mostrar protocolariamente su consternación, los trabajadores insinuaron la ausencia de responsabilidad de ellos en la desaparición y, más bajito, la falta de la misma que él había cometido al dejar un paraguas tan valioso en el paragüero general y no en el de Banca Privada donde, a buen seguro, estas cosas no pasarían.

Coincidí con él en la Universidad donde destacó por su implicación social. Estaba en todo lo novedoso que surgía acerca de la cultura y la solidaridad. Pasó varios veranos en campos de trabajo en países lejanos hasta que tras uno de ellos  —en el que se encontraba a la vuelta más silencioso y meditativo de lo habitual—, abandonó para siempre su tarea relacionada con las organizaciones cooperantes y, posteriormente, tras una agria disolución del grupo de teatro, dimitió de sus pequeños cargos culturales.

En el trabajo se distinguió por sus discrepancias con la autoridad, a la sazón progresista y enfrascada en una tarea de convencer a los ciudadanos de lo que les convenía aún a su pesar. Su denuncia de las irregularidades de los sistemas de contratación, del pago de lealtades y de las corruptelas propias de un sistema inalterable le granjeó el reconocimiento por parte de todos, los  más cercanos como yo, y también los que pertenecían a otros departamentos alejados, hasta que, sin previo aviso, abandonó la institución en un gesto que se entendió como protesta, fruto de la ofuscación.

Durante años supe de su vida rutinaria en diferentes centros de provincias cuando, de nuevo sin noticia previa, volvió, y aunque su entrada se produjo tras batallar con la administración, una vez conseguido aquello asumió un papel poco relevante, sin quejarse de la mediocridad de sus condiciones laborales ni de las pequeñas venganzas de sus antiguos jefes. En aquellos años su hermano falleció de una enfermedad infecciosa de la piel que en menos de dos días lo había devorado, hasta literalmente desollarlo frente a su familia y, pocos días después —siempre ha defendido que no tiene nada que ver—, su mujer  perdió su primer embarazo en los últimos meses.

Sus hijas asistieron a las clases en el mismo colegio donde él se había educado, colegio en el que Julián había sido apreciado y querido. Poco tiempo después del ingreso fueron publicadas en el periódico local dos cartas anónimas que denunciaban abusos por parte de varios profesores, entre ellos,  los que atendían a sus hijas, que fueron inmediatamente apartados de la docencia y no volvieron a ella, a pesar de que todos pudieron leer que las investigaciones demostraron que, si bien proferían comentarios y expresiones malsonantes y alguna de las niñas había querido interpretar miradas y gestos, no había datos reales que dieran credibilidad a los abusos denunciados.

En los años posteriores Julián fue distanciándose de familia y amigos. Una vez viudo sus hijas lo visitaban pero se mostraba tan tímido y reservado con ellas —a veces incluso molesto—   que se veían desconcertadas y sus visitas se distanciaron. En los últimos años de trabajo Julián rehuía cualquier decisión difícil, la más mínima discusión y el menor atisbo de problema, de tal manera que sus compañeros lo respetaban en el trato pero se intuía un cierto desdén y conmiseración en las escasas veces que se dirigían a él, aunque esto no parecía generar vergüenza en Julián, ni siquiera infelicidad.

En los últimos meses Julián no sale apenas de casa, si acaso, en los días soleados, paseamos hasta la plaza, y ahí me confiesa que sólo le quedo yo para recordarle con mi perenne silueta que entre el sol, y el suelo, donde yo habito, se interpone  todavía él, y que ese rastro es, en sí, lo único que permanece inalterable al miedo desde que su historia comenzó.

miércoles, 2 de mayo de 2012

-Relato 2 de Ryotaro Kasai


El recuerdo de Rui

Al principio eramos tres los que vivíamos en el nuevo piso; Mauro, Lupe, la hermana de Mauro, y yo. La primera vez que lo conocí fue cuando nos cambiamos a este nuevo piso en la calle Juárez. Antes, habíamos vivido los tres en la calle Zaragoza, en un piso de una sola habitación. Mauro y yo dormíamos en una litera en el dormitorio, y Lupe en un sofá cama en el salón. A los tres meses de esta convivencia un poco asfixiante y incómoda debida al exceso de la población, decidimos cambiar el piso. Al cabo de dos semanas de búsqueda, encontramos un piso de dos habitaciones -el plan fue una para los hermanos y la otra para mí- considerablemente económico, por consiguiente, bastante cutre pero sin pasarse, en el mismo barrio justo al lado de la universidad. Rui apareció en el día de la mudanza para ayudarnos. Era un amigo de una amiga de Lupe, más bien, el novio de una amiga de Lupe que se llamaba África. Bueno, para ser más exacto, Rui conoció a África por medio de Lupe hacía tiempo. Él vivía en el mismo barrio donde nosotros con África y la familia de ella y trabajaba en una veterinaria. Yo que soy un poco tímido y casi no hablo con la gente que no conozco bien -tal vez por ser extranjero- las primeras impresiones de Rui fueron meramente físicos. Gordo, alto, moreno, grande, la cara de enojón, enorme, patizambo, gigante...

Al cabo de cinco días, el hombre ya vivía con nosotros sin importarle un comino el problema demográfico. La razón fue que tuvo problemas con la familia de África. Según nos contó él, es decir, por lo que contaba en las noches de su embriaguez, o sea casi todos los días, nunca se llevó bien con sus suegros ni con sus cuñados, tampoco con los tíos y ni los primos de África. Bueno, el hombre no era un tipo muy amigable, pero tampoco era malvado. Al dejar la casa de África, terminó la relación con ella, aunque seguían viéndose con mucha frecuencia después de la supuesta ruptura, y cayó a nuestro piso de repente sin llevar nada, ni una maleta traía si no me acuerdo mal. Ese día, cuando llegué al piso de la universidad por la tarde, él ya se había instalado en en el salón con un catre.

Él fue el único que trabaja en nuestro piso de estudiantes, pero me enteré desde el primer día que su mayor afición eran el fútbol y la cerveza. Bueno, tango que aclarar que su amor a la cerveza fue aún mayor que hacia el fútbol. Al llegar a casa del trabajo -por su honor también debo añadir que trabajaba durante muchas horas, por la mañana siempre salía de casa antes que nadie y regresaba muy tarde- se ponía a beber cerveza, sin faltar un día, en la sala y ahí es donde aprendí el español, o más bien, el mexicano coloquial y vulgar. A alguien más malhablado que él no conocía yo aunque él siempre decía que su madre hablaba aún peor que él, el cual yo no creía hasta que un día conociera a su madre. No sé si su borrachera diaria se debía al reciente término de su relación con su novia, o a que se le relajara un poco el estrés del trabajo ya que una buena parte de su oficio consistía en sacrificar animales, o a lo mejor fue un simple borracho y punto. No lo supe. La cosa es que cada noche consumía siete o ocho botellas de cerveza, o más. Después de unas horas de charla y alcohol, ya cuando las camas llamaban a todos nosotros menos a él, tal vez porque fue el único que no dormía en la cama sino en el catre, solía obligarnos a acompañarle con unas botellas más, abusando de su autoridad paternal por ser el mayor de los cuatro. Cuando ya realmente íbamos a dormir Mauro, Lupe y yo, él se quedaba ahí sentado frente a la mesa llena de las botellas vacías, con la cara roja, los ojos hinchados y las miradas tristes.

Fue Rui el que organizó mi fiesta de despedida, bueno, mejor dicho, una de las interminables fiestas de despedida las cuales no me dejaron dormir durante la última semana de mi estancia en México. Fue esa tarde en que hice por la primera vez, y quizá la última, el conejo asado. Si no hubiera sido por él, jamás en mi vida habría asado conejos enteros a brasa. No sé de dónde sacó la idea, pero compró la parrilla y carbón, preparó la salsa especial para conejos asados, según él, y trajo cuatro conejos enteros, con los cuatro extremidades completas pero sin cabeza ni cola, para hacer la barbacoa en el patio interior del piso. Dijo que los consiguió en el mercado del barrio, pero lo sospechamos y hasta hoy en día no supimos si fueron gatos sacrificados de su veterinaria, ya que sería capaz de hacerlo, digo yo. Lo importante es que nos la pasamos muy bien y nadie se enfermó ni soñó pesadillas con los gatos rencorosos.

Después de la barbacoa, seguimos la fiesta en el piso. Más tarde llegó más gente. Esa misma noche, Rui conoció a Gimena, una chica rubia con el vestido elegantemente arreglado, algo que no se veía con frecuencia en nuestro piso. Apenas la conocía yo, y creo recordar que Rui ni siquiera la había visto antes. Fue una de las mejores amigas de Lupe, así que sin que a nadie extrañara, ella se quedó hasta muy tarde en el piso con nosotros. Esa noche, o tal vez ya por la madrugada, fui primero en ir a la cama, ya que no aguantaba más cerveza que Rui me estaba ofreciendo desde las dos de la tarde sin cesar, por mucho que brindáramos por la supuesta causa de mi despedida. El día siguiente al despertarme, me enteré por medio de Mauro que a Rui y Gimena se les calentó el asunto mientras yo estaba en mi quinto sueño y fueron a acostarse juntos a la habitación de los hermanos.

Después, ya no me enteré de la pareja exprés, ya que me fui a mi país, hasta que tras volver a México después de seis meses -esta vez no como estudiante, sino para trabajar en la oficina de una aerolínea japonesa- me dijeran que se iban a casar los dos puesto que Gimena quedó embarazada en la mismísima noche de la fiesta. Lo primero que pensé fue sobre África, es que a pesar de las broncas que tuvo Rui con su familia, yo pensaba que todavía se querían.

La boda fue dos semanas después de mi regreso a México. El día de la boda, en la iglesia, vi a Rui muy nervioso. El ver a ese hombre grandote en tal estado me causó una inquietud inexplicable, aunque tuvo la justificación de que fue la primera boda para sí mismo, naturalmente. La otra razón fue que la novia no llegaba al tiempo, hasta tuvimos que esperar unos treinta minutos dentro de la iglesia a que empezara la misa atrasada. Cuando llegó Gimena con sus familiares en una furgoneta negra, en vestido de novia, encinta, no se veía nada feliz, ni contenta. Tampoco su familia. Ya no tuve oportunidad para preguntarle si en realidad hubiera preferido a África, y no a Gimena. O a lo mejor, aunque hubiera tenido oportunidad, no me habría atrevido.

La última vez que lo vi fue después de su divorcio. El matrimonio solo duró dos meses, y cuando terminaron lo que, a mi parecer, ni siquiera había empezado, todavía no había nacido el bebé. Rui, que había sido tan gordo y robusto, se había adelgazado increíblemente aunque conservaba su cara viril, pero conservaba sus miradas tristes. Parecía más joven. Ese día fuimos a un restaurante los cuatro, Rui, Mauro, Lupe y yo. Rui, en lugar de cerveza, pidió un vaso de agua y nos contó que acababa de ir a consultar con un abogado para poder ver a su hija que hasta ese momento solo había visto una vez. Lupe dijo en broma que por la culpa de Rui se estaba quedando casi sin amigas. Rui preguntó a ella por si le presentaba otra amiga. También dijo que estaba planeando escribir un libro con el título de La receta para adelgazar veinte kilos en nueve meses. Nos reímos todos, y después terminamos el postre y café en silencio.

-Relato 2 de María Atanes

La casa
De pequeña me caí por el hueco de unas escaleras.
Tenía 6 años y estaba jugando a que era la máquina de un tren, recorría el tercer escalón del segundo tramo de las escaleras de un extremo a otro, de la pared hasta el borde y regresaba hacia la pared cubierta con papel pintado de flores, mi imaginación la trasformaba en un campo de amapolas como los que veía pasar ante la ventana del coche cuando viajábamos en verano al pueblo de mi padre. Pero al girar la máquina de mi cuerpo descarriló, de espalda en el aire, di una vuelta campana y arrastre en mi caída un enorme jarrón con el que mi abuela intentaba adornar el rellano.
Rodé todo el primer tramo de escaleras, la puerta cerrada de la calle frenó mi caída, aunque el portón superior estaba abierto y una vecina que pasaba por allí buscando a su perro se asomo al interior de la casa para ver que había ocurrido, en ese momento mi madre y mi abuela bajaban desde la cocina gritando mi nombre y yo sentada en el suelo las miraba sin atreverme a llorar porque ya me habían avisado que no debía jugar en los escalones.
- Tened cuidado con la niña, a ver si le va a pasar lo mismo que al tío Daniel- Les recriminó la vecina.
-¿Quien es el tío Daniel?- Pregunté levantándome del suelo, mientras mi madre me examinaba por si me había roto algún hueso..
-Uno que se quedó tonto de una pedrá en la cabeza- Me respondió mi abuela malhumorada dándome la espalda y regresando a la cocina donde el café hervía dentro del puchero.
Yo no le gustaba a la casa, en realidad no le gustaba ni a mi abuela ni a mis tías. Era la nieta de en medio, ni lo suficiente mayor ni lo bastante pequeña. Era la única hija de mi padre, su único hijo varón y no podría continuar con el apellido tan extraño e impronunciable como extraña era aquella casa de color gris construida con piedras y estructura de madera como todas las casas del pueblo.
En la planta baja, separada de la calle por dos gruesas persianas metálicas, la tienda de mi abuela convertida ahora en el salón. Como las persianas nunca se levantaban teníamos que tener siempre la luz encendida. Sobre el sofá un espejo rectangular mal pulido que reflejaba monstruos en vez de mi cara infantil y la de mis primos. Junto a él, unas cortinas camuflaban la entrada al almacén de la antigua tienda, una pequeña cueva sombría y húmeda cavada sobre la piedra como una enorme boca hambrienta que intentaba devorarme y por eso siempre me negué a entrar ya fuera sola o acompañada.
En el primer rellano la cocina y tras subir otro tramo de escaleras, la planta primera donde se distribuían los dormitorios, unos dentro de otros, como si fueran piezas de puzzles que se van ensamblando. El cuarto de mi abuela tenía un balcón, el único punto de la casa por donde la luz lograba filtrarse e iluminaba una Virgen que la abuela había escondido durante la guerra y tras terminar ésta, se había negado a devolver al cura.
A mis 6 años recién cumplidos la Virgen, con sus bucles oscuros ocultos bajo una toca naranja y su manto blanco con ribetes dorados, me subía la cabeza, a sus pies dos tazas de porcelana con los filos negros contenían agua y aceite donde flotaban mariposas encendidas y pétalos de geranios. Nunca le recé a esa Virgen. Tenía una expresión demasiado resignada, demasiado enigmática. Me la imaginaba de noche andando de puntillas por la casa, probándose mis vestidos y examinando mis cosas. A veces incluso llegué a sentir sus pasos y entonces me tapaba la cabeza con las sábanas y cerraba muy fuerte los ojos.
En la casa había una tercera escalera de peldaños muy altos, tan altos que solía subirlos a gatas y que llegaban hasta el desván. Allí jugaba con mis primos, nos disfrazábamos con la ropa vieja que estaba guardada en unos baúles y leíamos novelas del oeste. Esto era un misterio porque mi abuela aunque analfabeta, aseguraba haberse leído todas esas novelas. También decía que arreglaba los huesos rotos. Yo no la creía pero en cierta ocasión mi primo el mayor se rompió un brazo. La abuela ordenó que le quitaran la escayola: -¿Por qué no me habéis avisado en vez de llevarlo al médico?- Le gritó a mi tía ante la cara aterrorizada del niño. Roció sus manos con alcohol de romero y mientras murmuraba una oración masajeaba la extremidad rota . A los pocos segundos mi primo dejó de sentir dolor y comenzó a mover el brazo.
El tío Daniel, al que de pequeño le habían dado la pedrada, fue el primer paciente de la abuela. Durante la guerra era el único hombre del pueblo, si exceptuamos a los muy viejos, lo habían rechazado por tonto, era incapaz de manejar un fusil. Vivía con su madre en una casa con una huerta. Mi abuela la convenció del carácter curativo de sus manos, solo pedía a cambio comida para sus dos hijas. A ojos del pueblo el tío Daniel siguió siendo igual de tonto no fuera a ser, que lo mandaran al frente de batalla, pero la abuela recibía todos los días un cesto con huevos, leche, higos secos, hortalizas y alguna vez incluso una liebre con un perdigón dentro, tanto es así, que las mujeres del pueblo empezaron a murmurar. Aunque a la abuela le dio igual, sus hijas no pasarían hambre y el abuelo nada supó de los rumores, no regresó, ni tampoco llegó a conocer a su último hijo, mi padre.
Mi abuela guardaba los perdigones en una caja de polvos de Madera de Oriente. Cuando cumplí los dieciocho años mandó engarzarlos, es el único recuerdo que tengo de ella.
Finalizada la guerra y como tantos otros, el tío Daniel emigró. Lo se porque le enviaba a la abuela postales desde distintas ciudades alemanas. Estaban escondidas en el desván, entre las páginas de las novelas del oeste.
Como todas las abuelas un día se marcho con sus baúles llenos de ropa vieja, se dejó olvidada la virgen aunque creo que una de mis tías la tiene sobre su mesita de noche, tendrá que seguir esperando, resignada, que la devuelvan a alguna iglesia y la casa tardó en venderse, no es que los fantasmas ahuyentaran a los compradores, es que mis tías no se ponían de acuerdo en como repartir la herencia.



Relato Nº2 de Guillermo Muñoz Pedrosa

Un diario en el Guadalquivir.
Hacía ya dos meses que iba de visita a la casa de aquel hombre. Francisco Mejías, un profesor ya jubilado de la facultad a la que pertenecía, había tenido un accidente en su casa, y necesitaba ayuda para hacer su vida hasta su recuperación. Yo mismo, por la buena amistad que nos unía cuando era mi profesor en la facultad, me ofrecí a ayudarlo a caminar hasta que los doctores dijesen que estaba recuperado del todo y pudiese hacer de nuevo su vida normal.
Aquel hombre, casi ya anciano del todo, con el pelo corto y canoso, ojos marrones y rostro cansado, ya se había preparado cuando llegué a la casa, vestido con su traje de corbata de siempre. Mientras yo me iba acercando, el se ponía en pie ayudado con aquel aparato que le dieron los médicos cuando ocurrió el incidente. Le ayudaba a caminar y a llevarlo a la entrada, ay hijo, hoy hay mucho que hacer y después me gustaría dar una vuelta, me dijo. Fuimos a muchos recados, mientras me hablaba sobre los tiempos que él había estado en la facultad, por lo que no fue una mañana fácil, pero lo que sea por ayudar al que ha sido un buen amigo.
Casi hemos recorrido toda Sevilla esta mañana, le dije, bah, bobadas, solo hemos recorrido todo el barrio, y si quieres ser un buen estudiante, más te vale aprender a resistir caminatas, me dijo esa vez y me lo repitió cada vez que me quejé. La verdad es que para ser mucho más viejo que yo, era más resistente a la hora de andar, incluso hubo veces en las que parecía que me llevaba el a mí en lugar de yo a él. Era bastante cómico, a decir verdad. En fin, tras recorrer lo que a mi parecer era la ciudad entera y parte de la segunda quiso que lo llevara a dar un paseo por el Guadalquivir. De verdad que no sabía de dónde sacaba las fuerzas ese hombre.
Al llegar, parecía que disfrutaba viendo el río a su alrededor mientras caminábamos. La brisa también estaba bien, por lo que insistía en que paseásemos un poco más. Era como si el río le hiciese rejuvenecer unos años y le curase de su accidente para que pudiese correr y dejarme atrás. Venga ya, hombre, que necesitas ejercicio, me decía a carcajadas mientras le ayudaba a caminar el insistiendo para ir deprisa y yo tratando de frenarlo, señor, que vida, pensé para mis adentros.
No pasó mucho tiempo, hasta que se separó un poco de mí, y decía que yo debía de ir más deprisa, que al final se puso tan pesado que le seguí con una pequeña carrera, pero con tal mala suerte, que el divisó como me tropezaba con algo y caía al suelo. Se carcajeo bastante, pero vino a ayudarme, aunque cuando llegó ya estaba de pie. Hijo, que te duermes en los laureles, me decía mientras buscaba lo que quiera que fuese que me había hecho caer, y dio con un libro que había tirado en la orilla del rio. Me hizo señas para que me acercara, mira este libro, parece que haya venido flotando por el rio. Parece que el anciano no se equivocaba con sus palabras, las páginas estaban mojadas, el texto era ilegible casi en su totalidad y no había casi nada que pudiese identificar al propietario, es un milagro que haya llegado con algunas pocas palabras legibles, y fíjate, parece que se ha salvado parte de una firma, me dijo, haciendo de abuelo de Sherlock Holmes.
Estuvo parado en un banco bastante tiempo, leyendo lo que quedase del escrito. Era como si lo que estuviese leyendo le resultase familiar, o al menos la página de la firma, donde se centraba mucho tiempo. Mire, déjelo, le insistía, solo es un libraco mojado en medio del rio, no creo que importe mucho, pero el tío no lo soltaba por más que le insistía. Parece por el medio día se cansó de aquel libraco y se puso en pié para que nos fuéramos. No quiso deshacerse del libro, y no me decía por qué. Tampoco me importaba, ya era mayorcito para saber lo que hacía.
Para mi suerte, cuando ya nos habíamos ido del Guadalquivir dijo de coger el autobús. El parecía serio sin percatarse de mi alegría por sus palabras. Subimos al primer autobús que llegó a la parada sin darme cuenta de que el anciano me había hecho subir a otro autobús. Me percaté cuando vi que íbamos en dirección contraria, tenemos que ir a otro sitio a hacer un recado, me respondió, sin dar credibilidad a sus palabras. Estaba serio, pero parecía que sabía lo que se hacía, así que continuamos en el autobús.
Me sorprendió ver que el lugar que había escogido para bajarse era mi facultad, su antiguo lugar de trabajo. Se bajó lo más deprisa que pudo y se fue rápidamente al edificio principal, casi sin esperarme. Por suerte, esta vez no resultaba difícil alcanzarle, pero no quería decirme el motivo por el que habíamos venido hasta aquí. Cuando lo alcancé, tiraba de mí y me condujo hasta la biblioteca.
Se paró delante del mostrador, en el cual había una recepcionista, quiero ver si sería posible que restaurasen este libro, dijo y sacó el diario del bolsillo. ¡¿Todo esto solo para que le restauren ese diario roto?! Refunfuñaba para mis adentros mientras la mujer de la recepción examinaba el librito. El anciano permaneció ahí mientras yo me sentaba a esperar por ahí cerca.
La recepcionista tenía cara de no saber qué hacer, y le insistía que era imposible arreglarlo, este libro está borrado casi por completo y sería imposible recuperar lo que dice casi sin destruirlo, le decía la mujer, pero aquel viejo tozudo no cedía en su empeño. Al final viendo que no podía hacer nada para convencer al viejo, llamó al director para que hablase con aquel hombre, a ver si pueden convencerlo de la realidad, pensé mientras venía.
Apareció un hombre trajeado y gordo, que parecía ser el director de la biblioteca. Yo nunca lo había visto, pero parecía que conocía bien al anciano. Se saludaron y estuvieron hablando un buen rato, como si yo y la recepcionista no existiéramos, hasta que el viejo se decidió a ir al grano y le mostró el diario mojado que encontró a la orilla del Guadalquivir. Aquel hombre estuvo ojeando las páginas, sorprendiéndose de que aún se pudiese leer algo. Al final cerró el libro, Francisco, no te prometo nada, pero pondré al personal de la biblioteca a trabajar en ello, la sorpresa que nos llevamos yo y la recepcionista con la respuesta del director, pásate en unos días y tendré los resultados y de paso nos tomamos una cervecita, concluyó el director y se despidió dándole la mano. El anciano volvió hacia mí para que nos fuésemos de aquel lugar.
Tenía la típica sonrisa de alguien que había salido victorioso de una partida de mus. Supongo que le apasiona vivir aventuras como ésta durante su jubilación. En fin, fuimos al autobús, ya verás cómo es algún tratado importante del siglo XIX, ya veras, me decía sonriente. Se habría llevado una desilusión si le dijese en este momento que me acaban de enviar un SMS diciéndome que el libro no tenía remedio, pero en fin, de sueños también se vive.
A la vuelta a su casa, se despidió de mí, todavía entusiasmado con lo que creía que iba a descubrir. Mejor dejarle disfrutar del momento, ya su amigo de la biblioteca sabrá cómo darle las malas noticias, me dije a mí mismo. Se despidió de mí y cerró la puerta, estando todavía contento.

-Relato 2 de Cristóbal Ruiz Cuadra

LA CRÓNICA EGEA
por C. Ruiz

No me parece bien estar esperándole aquí, junto a este tapial, en lugar de haber ido con él. Ulises ya está algo mayor, pasa de los treinta y ocho, y sus viejas heridas le han otorgado un andar poco agraciado, sobre todo en su pierna izquierda, que arrastra levemente. Algo atrás queda el apuesto galán que enamoraba a tirios y troyanos en el asedio de Ilion, y por el que más de un bello efebo o una pudorosa doncella hubiera dado un brazo o su virtud. Y, como no podía menos que reflexionar, atrás quedaron también todos sus amigos, compañeros de correrías en los dominios de la maga Circe, y con los que superamos el olvido en tierras de lotófagos. Todos han caido. Desaparecidos o muertos. Todos menos yo.

Parece que aquí viene. Una pequeña nube de polvo lo delata. El disfraz de mendigo y la edad no consiguen disimular los restos de su fortaleza, y los jirones que le caen sobre el rostro, a modo de capucha, no ocultan tampoco el brillo inteligente de sus ojos grises.

“No creo que me sigan, pero esta vez han estado cerca. Argos me ha reconocido sin problema, y alguno de los miserables se ha quedado sorprendido de ver como lo que tenían por un perro agonizante se ha puesto en pie, pese a su ceguera, y le ha hecho fiestas a un desconocido. Mañana volveré con más cuidado.”

Se apoya en mí, yo sé que dolorido por las cicatrices, y juntos volvemos al embarcadero. Cerca del mar se le cambia la mirada, y el color de sus ojos vira al azul. Atravesamos despacio la pasarela de madera. La tripulación ha bajado a puerto, y estará con sus hidromieles y prostitutas, o jugándose sus pocos dracmas a los dados en algún apestoso tugurio. Sólo hay un hombre de guardia, dormido junto a un rollo de cuerda.

Desisto de despertarle y abroncarlo; no tiene sentido. Acompaño a Ulises hasta su cámara, le ayudo a reclinarse sobre las pieles ya ajadas, y, tras un gesto suyo, lo dejo solo, reflexionando en esa penumbra sonora, acunado por las olas.

Tengo un par de horas por delante, hasta que vuelva a requerir de mi. No soy amigo ni de burdeles ni de mesas de juego, por lo que aprovecho el tiempo para consignar por escrito lo nuevo que he descubierto sobre sus historias. No sé por qué, pero tengo la sensación de que el nombre de Ulises perdurará por los siglos. Por eso, sin ser impuesta, me he asignado esta tarea: ser su cronista, su registro, para que cuando él ya no esté yo pueda decir “las cosas fueron de este modo, porque así me las contó”.
Sentado en cuclillas en cubierta, con la tersa superficie del papiro egipcio virgen ante mi, y la extensión infinita de la mar como prolongación de mi tablilla, es fácil concentrarse y disolverse entre las rasgaduras negras que van llenando las hojas.

Hoy quería relatar, antes de que huyesen los detalles de mi memoria, una de las historias que compartimos anoche, mientras planeaba la escapada de hoy a palacio, tras acodalar el último cabo para que durmiera el navío.

Fue en la tierra de Tinacria, la isla del Sol, tras la huída precipitada de las voces de las sirenas. Yo, recién llegado al grupo, huérfano de padres cimerios, y por lo tanto, aparentemente bárbaro, fuí aceptado por los compañeros pese a mi corta edad porque sabía escribir. Y, también, por supuesto, porque Ulises así lo dijo. Nadie osaba enfrentarse a su afilada inteligencia, y los camaradas aceptaban de buen grado esta primacía entre iguales. Conocía que él no había tenido parte en la desgraciada muerte de mis padres, y por eso respetaba y agradecía que me hubiese integrado en la compañía. De hecho me tomó aprecio, me trató como su ayudante, y por eso se me permitió conocer cosas de primera mano, que luego otros deformarían a su antojo.

Recién arribados a la isla, muy necesitados de víveres y de agua fresca, Ulises ordenó establecer el campamento justo al lado de la nave, en un promontorio natural que aseguraba una sólida defensa en el caso de ataque. Las noticias nos hablaban de que era posible que los lugareños no fuesen amistosos. Desde la segunda fila, y colaborando en levantar y afilar alguna de las defensas, veía a Ulises debatiendo con Euforbo y Gelanor, sobre una maqueta del terreno hecha apresuradamente con piedras y arena. Tras un asentimiento uniforme de los tres Ulises se ajustó la capa de pieles, enfundó en su talabarte la espada, y con un movimiento de cabeza me llamó. “Vamos”.

A unos estadios de la colina comenzaba el esbozo de un camino, no una senda en firme, sino una trocha que el paso de pies y ganado había ido dibujando entre la maleza. El trayecto parecía deshabitado. Ulises avanzaba con pie firme unos pasos por delante de mí, seguro de su caminar.

Tras un buen rato de avance el camino parecía cada vez más delimitado, más firme, e incluso alguna marca en la tierra hablaba del paso de carros cargados. Nuestro andar era por tanto mas cauteloso, con frecuentes paradas al rebasar cualquier loma y con la atención centrada en que apareciera algún ser (humano o enviado por los dioses) en los alrededores. No vimos a nadie. Seguimos avanzando de esta guisa, ya con el sol a medio camino entre el orto y su ocaso, hasta que vimos en lontananza el perfil de una ciudad. Con todas las precauciones posibles proseguimos acercándonos, sin hablar, entendiéndonos sólo con gestos. La villa no era muy grande, pero tenía una gruesa muralla en rededor extraña, con mampostería vieja y abundantes huecos en su labra. La puerta principal, abierta según nos parecía desde nuestra lejanía, estaba flanqueada por dos animales en piedra, como sujetando la clave. A ambos les faltaba la cabeza, pero el cuerpo parecía ser el de un león.

“No parece esto muy normal, Antímaco; esta ciudad abierta, sin habitantes visibles, en mitad de un camino por el que no hemos encontrado a nadie, y a esta hora del día… Es como si estuviera deshabitada o sus moradores hubiesen huído, pero…¿por qué?. No se aprecian signos de saqueo, sino de abandono, ni peligro alguno parece cernirse sobre la comarca…”
“Si, es raro” Siempre fuí de pocas palabras habladas.

Proseguimos caminando, y en poco tiempo nos encontramos en el umbral de la ciudad. La natural prudencia nos debería haber hecho detener, pero en esa época Ulises era joven, valeroso y no le temía a la muerte, así que con pasos cuidadosos nos introdujimos en la calle principal. Casas a ambos lados se encontraban abiertas, unas, como si el amo hubiese salido al mercado a comprar un ingrediente de última hora. Todas eran iguales en cuidado y conservación, con los yesos de fachada caídos, y ninguna daba señal de ser de alguien principal. La calle parecía acabar en una plaza, un ágora que esperábamos tan desierta como el resto del entorno. Pero no era así.

En la porción de plaza que nos estaba oculta por la hilera de casas junto a la que avanzábamos se elevaba, majestuoso y solemne, el pronaos de un templo. Las columnas no pertenecían a ninguno de los tres órdenes, sino que eran extrañamente orgánicas, como troncos de árbol. En su culmen, las previsibles hojas de acanto eran ramas, que entretejidas unas con otras daban soporte al techo de madera. Y, sentados en círculos entre las columnas, los niños.

Había más de dos centenares, con sus clámides albicelestes de niños recién salidos de las escuelas, haciendo corrillos. Y parecian venir de todas partes del orbe, pues los había de tez más oscura, con los ojos claros, con cabellos de sol, con pelo rizado...Con expresión grave, apenas hablaban entre sí, sino que escuchaban en cada grupo a uno de ellos, mientras el resto asentían como adultos. Pese a que algunos de ellos nos habían visto claramente, no se detuvieron las conversaciones, como si nuestra llegada hubiera sido algo esperado o inevitable.

Ulises no se arredró. Siguió avanzando entre los grupos, en dirección a la puerta del templo. Allí, frente al grupo más numeroso, se detuvo. Uno de los niños, el que parecía estar más próximo a la entrada, fue quien tomó la palabra. “Viajero, ¿qué quieres de nosotros?. No le está permitido a los mortales pisar este suelo, pues es suelo libre de ambiciones.”


“Perdona nuestra osadía, ilustre. Soy Ulises, de Ítaca, y mi compañero es Antímaco, al que Zeus ha dotado del don de la escritura, por lo que me acompaña como cronista. Hemos llegado a vuestra isla en el viaje de regreso a casa, de la que llevamos mucho tiempo ausentes, porque necesitábamos tomar agua y algunos víveres. ¿Quiénes sois?. ¿Sobre qué departíais?”

Ya no había conversaciones en los corrillos; todas las miradas estaban centradas en Ulises, y alguna recaía sobre mí, que permanecía unos pasos atrás, apoyado en una columna.

“Somos los hijos de Helios. Cuidamos de los rebaños sagrados en su nombre, y aquí nos educamos los unos a los otros antes de volver a nuestras tierras, donde nos convertimos en oráculos, siempre inmortales”
“¿Tenéis por tanto, noble niño, el don de la adivinación?”

“Podemos ver tendencias en lo oscuro o en lo claro. Cada uno de nosotros desarrolla un arte especial. Pero al final sois vosotros, los mortales, los que con vuestros actos le dais soporte a esas visiones. El destino, como sabemos los avisados, no está escrito, ni es invariable. Pero también es cierto que igual que el agua de la clepsidra no retrocede jamás, cada paso que se da va conformando una linea, que nos señala a cada uno y a la que ni dioses ni hombres escapan. No se puede desandar lo andado”

Ulises reflexionó unos instantes. Yo conocía cuando estaba pensando profundamente, pues las arrugas de su frente formaban un pequeño valle. Pero no podía imaginar lo que estaba elucubrando; las veces que intente conjeturar algo de ello me equivoqué estrepitosamente.

“¿Quién mantiene la ciudad?¿Quién ha labrado los sillares de esas murallas?¿Cómo os defendéis de quien os quiera invadir?” - Era buen orador, y lo sabía - “Yo soy Ulises, hijo de Laertes, de regreso a mi patria tras muchas guerras y huídas; sé que Ítaca no está lejos de aquí. Ayudadme a llegar y todos mis hombres conmigo a la cabeza nos pondremos a vuestro servicio para reconstruir la ciudad. O si preferís os puedo enseñar sobre la naturaleza humana, sobre las historias que nos han ocurrido a mí y a mis compañeros. Eso completará vuestra formación con realidad”

“El trato con los hombres sólo ha traído desgracias, redobladas por la furia de Helios cuando ha descubierto que se nos ha hecho algún daño.”

“Ponnos a prueba. Envía un mensaje a nuestro navío, indicándoles que estamos bien. Y departe con nosotros algunos días. Si no te termina de convencer nuestra oferta, nos iremos en paz; si la ves de utilidad, nos ayudaréis a regresar a casa”

Así fue como nos quedamos con ellos. Ulises, el del verbo fluido, les contó todas sus historias desde el comienzo. Les habló de todos los compañeros, los que se fueron y los que aún están, de como los dioses actúan como hombres, y como los hombres tienen a veces destellos de divinidad. De traición y de lealtad. De amor. De los aqueos y de las negras naves. De la bella Helena. De lo que mas abyecto y de lo más celeste. Y todos los niños, los hijos de Helios, pudieron ver como lo oscuro puede ser a veces claro, y que la valentía y la cobardía no están tan lejanas en el corazón humano.

Les sirvió. Me han dicho después que de aquellos días salieron de la isla los mejores augures, las sibilas más renombradas, incluso algún profeta de las tierras del desierto. Fueron apenas tres días, pero durante ellos los pequeños círculos se convirtieron en uno solo, y decenas de ojos atentos guardaban en su interior los sucesos de mi amigo.

“Antes de marcharnos, noble niño, me gustaría saber tu nombre, para poder contar estos días a mis nietos”

“No tenemos nombre aquí dentro, todos somos iguales. Pero para satisfacer tu curiosidad de humano, antes de venir aquí, y posiblemente también cuando me vaya, me llamaban Homero”.

Termino ya de emborronar estas hojas. Ulises me llama, oigo sus toses desde aquí; posiblemente quiera comer algo. Y planear el acercamiento de mañana al palacio. Sufro por él. Los pretendientes de Penélope son muchos, y fuertes. Pero él sigue contando con el favor de los dioses. Y el favor, no menos desdeñable, de una inteligencia que sencillamente ha vivido.

- Relato 2 de María Marín Álvarez



                                                                     

          Cuando entré a trabajar al hotel la Gobernanta me dijo que me pegara a las faldas de Adela como si fuera su perrito faldero, ella me enseñaría todo lo necesario para sobrevivir allí. Y así fue, salvo por un detalle: yo no era un perrito faldero sino más bien un big foot y Adela…es que no sé si podíamos catalogarla de perrito. Adela era más bien como una hormiguita. A pesar de que yo corría siempre detrás de ella, con mis grandes zancadas y ella con su metro cuarenta y sus movimientos ágiles y rápidos, nunca llegaba a caminar a su lado, hombro con hombro.  Pasábamos casi todo el día juntas, pues éramos además compañeras de habitación. Todos los días a las 6:00 de la mañana sonaba el despertador, ay el despertador, niña, vaya música, que parece que sale de una tinaja. Todos los días tardaba un cuarto de hora en salir de aquella cama, tan pegajosa como antes de haberme duchado la noche anterior. La humedad de Menorca es insoportable, pero uno se acostumbra. De igual forma, todos los días me duchaba, me ponía las lentillas y aquel uniforme sacado de una de esas películas del calvito ese que nunca recuerdo el nombre, niña, una película de la época del destape. Todas las camareras de piso bajábamos la cuesta como en manada en dirección al hotel. Siempre pensé que me gustaría haber visto aquella mancha azul, bulliciosa y alegre, desde el cielo, deslizándose poco a poco por la cuesta más empinada de toda la isla, hasta desaparecer por la puerta de atrás de uno de los hoteles más caros de Cala Galdana. El día prometía ser de lo más estresante: 35 salidas y 20 entradas. La gobernanta repartió las hojillas para que cada una se fuera organizando, colocándose los walkis en el cuadril, preparadas para una jornada de dura limpieza, que por fin se van los franceses de la 499, aleluya, niña.  A las 7 la marea azul ya no era tal, puesto que cada una se había colocado en su puesto para comenzar el día limpiando las zonas comunes del hotel. Silenciosas, frotábamos plata, limpiábamos alfombras, barríamos pasillos y abrillantábamos cristales hasta las 8, que era la hora del desayuno. Los clientes no podían vernos por allí. Teníamos que ser como fantasmas, hacer nuestro trabajo sin que nadie nos viera, las apestadas del hotel, ¡serán desgraciados!
          El desayuno era abundante pero aunque Marcial y Joaquín lo intentaban con ahínco, sobras, son sobras, y eso no se puede disimular, ¿habrá que ser rastrero?, con el dineral que tienen. Todos los días empezaban así, porque todos los días son iguales cuando una se va de su casa a echar la temporada: los únicos días diferentes son el primero y el último, cuando llegas y te vas. Los demás, son como un sueño que se repite una y otra vez, una y otra vez…Días con la promesa de la playa asomando por cada ventana, subiendo y bajando las escaleras para llegar a la azotea y tender cientos de trapos sucios, docenas de uniformes, toallas y sábanas del balneario. Lavadoras delicadas con la ropa de los clientes, muchos lavados a mano y alguna que otra fullería, ¿o es que se pensaban estos ricachones que iba yo a lavar a mano los tangas de sus respectivas?
          Yo, aunque no hacía nada sin la supervisión de Adela, siempre estaba muerta de miedo por aquellas trampas sin importancia, los entresijos de un hotel de 5 estrellas a los que yo no estaba acostumbrada a ver desde dentro. Es lo que tiene pasarse al otro lado, cuando ves como funciona realmente la cosa, se te quitan las ganas de irte de vacaciones. Siempre me decía lo mismo. Adela tenía más vitalidad que todo el equipo de pisos junto. Cuando se remangaba había que prepararse para lo peor. Aquella pequeña mujer era todo chispa, pues las horas pasan volando, que el tiempo es oro y yo de eso no tengo mucho. Yo la seguía de un lado para otro: ahora a lencería, luego a la caldera, que hay que repasarla que hoy viene el dueño, ahora a recepción pero por detrás, que a los clientes –ni a Manuel- les gusta ver nuestros uniformes por su gran escenario, para recoger las bolsas de los clientes que Nuria no se ha dignado a bajar a nuestra cueva, hija de puta, otra catalana. ¿Qué se creerá la niñata esa? ¿Que porque trabaje en recepción es más que nosotros? Que aquí la que más y la que menos es licenciada, ¿eh niña? Más de 10 horas de trabajo sin descanso al lado de aquella mujer durante los cuatro meses que me quedaban por pasar allí serían una locura. Yo, una muchacha torpe de casi dos metros, me sentía abrumada por el ritmo de sus palabras al explicarme cómo se limpiaba de verdad un inodoro, toda una farsa eso de la desinfección; lo más importante es poner bien estirado el precinto que pone desinfectado, tirar de la cadena y listo; de sus de sus manos cuando de rodillas en el suelo frotábamos alfombras, con amoniaco, como se ha hecho toda la vida, como si pretendiéramos encontrar allí jeroglíficos escondidos en una época anterior. 
          Cuando entrabamos en una habitación, ella se paraba en el marco de la puerta, para mirar el panorama con perspectiva, y tras unos segundos de análisis, me daba las directrices. Jamás pensé que se podría limpiar una habitación a fondo tan rápido. Lo primero era abrir las ventanas y ventilar la habitación, ventilar bien, que a los ingleses parece que le cobran un extra por el aire fresco, y hacer la cama. Si no toca cambio, no se cambian las sábanas y si toca…eso depende del cargamento de sábanas limpias del carro. A veces basta con estirar bien. Yo desde los pies de la cama le iba lanzando los extremos de las sábanas que ella acomodaba dibujando un embozo que ni el mismo Zurbarán. Sábana bajera, sábana de arriba, colcha; dos puñetazos en los cojines y lista. Había que mirar muy bien antes de estirar las sabanas por si acaso la inquilina se había dejado una sorpresita entre ellas, que luego pasa lo que pasa,  que demasiada guasa es ya que con este cuerpo la acusen a una de robar ropa interior de los clientes aunque ladronas haberlas, hailas. Una vez terminada la cama, yo limpiaba los cristales y ella quitaba el polvo. Así me protegía de las posibles acusaciones por robo. Aunque éramos supuestamente uno de los equipos de trabajo más competentes en el hotel, entre las camareras de piso había mucha rivalidad y mucha envidia, así que ándate con ojo y no te pongas esos pendientes tan monos, que ya he escuchado yo más de un comentario, y cualquier ocasión era buena para cargarle a una compañera con el muerto de una cremita de las caras desaparecida o una barra de labios usada. Yo intentaba decirle que no, que la gente no es mala por naturaleza y ella me miraba y se reía, angelito. Después, yo barría la habitación mientras ella se metía en el baño, sacaba las toallas sucias de la bañera y las llevaba al carro para cambiarlas por unas nuevas. Repasaba todos los amenities del baño, que si jaboncito por allí, que si un peinecito por allá, que si la cremita…todo nuevo, porque la gente no espera a irse para cometer estos pequeños hurtos que a veces le alegran más a uno que las propias vacaciones, qué infelices. El baño no se moja hasta que se barra el suelo, que luego los pelos no hay quien los quite de la fregona. Liquido mágico en las paredes de la ducha, barrido, fregona y a otra. ¿35 salidas? Quien dijo miedo.
          Éramos una pareja divertida, según decían todos, no tan divertida como Jordi y Manuel Pablo, los de mantenimiento, que esos dos si que parecen Tip y Coll y además, son catalanes. No sé si la inquina que les tenía era causada por su procedencia, porque con Nuria le pasaba igual, o por las incesantes bromas que se dedicaban a soltar por los walkis cada dos por tres. Ella se reía socarronamente, jurando devolvérselas todas juntas antes de que acabara aquella temporada. Yo no podría verlo, ya que mi estancia estaba planeada solo hasta septiembre y por eso le pedía siempre que adelantara su venganza. Jordi y Manuel, cuando menos se lo esperen…cuando menos se lo esperen Adela se va a vengar y se van a enterar estos chuminosos.
          Adela era de Jaén. Su aspecto físico, a pesar de lo que ella dijera, era estupendo, aunque  estoy segura de que rondaba ya los 60. Se cuidaba mucho, porque la vida de camarera de piso es muy dura y te pasa factura. Era menudita, pero resultona. Sus ojos verdes y redondos encajaban perfectamente sobre aquellos cachetes siempre, por fortuna, porque tener mal color es una tortura, sonrosados. Su boca siempre estaba medio abierta, dejando asomar unos dientecillos muy pequeños. Se pintaba los labios muy discretamente, al igual que los ojos, en cuyos párpados dibujaba una a penas visible línea verde. Las uñas, solo se las pintaba los días que libraba, que no hay nada más feo que una limpiadora de la que no se pueda saber si tiene las uñas negras. Era rubia, natural, y siempre recogía su pelo rizado con una pinza de colores, siempre distinta. Todos los días se compraba una pinza para el pelo cuando volvía del trabajo, siempre en un puesto distinto, que hay que repartir beneficios. Se daba ese capricho, ese único capricho, al volver a subir a los barracones que el hotel nos cedía gratuitamente por trabajar a destajo, los muy rastreros, que no hay día que no tengamos que apañarnos algún arreglo, o bien de una ducha o bien de un váter. Yo nunca la veía elegir su pequeño tesoro porque después de trabajar me quedaba en la playa, cosa que no estaba muy bien vista por las compañeras, todas unas envidiosas, créeme. Nunca había estado tanto tiempo viviendo cerca del mar y a pesar de que siempre fui tajante en mi opinión sobre la playa, me parecía pecado vivir en aquella paradisíaca isla y no disfrutar de ella, al menos y si terminábamos pronto, de 5 a 8, porque a las  8 era cuando de nuevo la marea de limpiadoras, esta vez sin uniforme, bajaba de nuevo para cenar, sobras otra vez, en el Hotel y yo salía de mi paraíso para volver a entrar por la puerta de servicio del hotel.
Siempre iba sola a la playa, salvo un día que conseguí que Adela me acompañara. La paya le daba morriña y tardé mucho en descubrir la razón, porque según tenía entendido, ella siempre había vivido en Jaén. Nadie quería acompañarme porque allí se iba  atrabajar, no a ponerse morena, que donde esté una siesta en la habitación, que se quite una toalla arrugada en la playa. Y aunque no me lo reprochaban abiertamente, yo creo que en el fondo si. Ninguna de mis compañeras aprobaba que yo, la nueva, la universitaria que ha venido aquí a ganarse unas perras solo para poder salir más de marcha este invierno, que ha venido aquí a probar, como si fuera esto un experimento sociológico, tuviera la valentía de mezclarme con los clientes tomando el sol en la playa o me atreviera a tomar un café en aquellos chiringuitos tan caros. Yo, pese a los intentos, nunca conseguí entenderlo y antes de salir, mientras colocábamos las jaulas de ropa sucia en la puerta para que cuando vinieran los de la lavandería no se entretuvieran mucho, los únicos que tienen prisa en este mundo, los lavanderos de Homeo Lavanderías, siempre soltaba al viento mi invitación, que caía olvidada a los pocos segundos de ser pronunciada. Pero Adela, siempre me sonreía y me daba una palmadita en el culo cuando me veía salir del vestidor, transformadita por completo, como la Cenicienta cuando iba al baile, solo que sin baile y cambiando el vestido por un bikini.
Cada noche, cuando Adela y yo nos encontrábamos en los barracones, me enseñaba su nueva pinza y me hablaba de los motivos por los cuales aquella pinza era mucho más bonita que la anterior. Cuando la veía venir, cerraba mi libro, aunque lo dejaba bien visible porque ya me había dado cuenta de que a Adela le gustaba ojearlo, no porque me interese, es solo para ver la foto de la autora y le sacaba un cigarrillo que aunque ella no fumaba, conmigo siempre se le antojaba. Siempre empezaba la conversación hablando de lo cansada que estaba, de lo que costaba ganarse el pan…y así, poco a poco, no sin trabajo, Adela me fue desgranando su vida. Era muy charlatana, hablar es de las pocas cosas gratis y placenteras que nos quedan, aunque hablar de la vida privada es muy peligroso, porque nunca sabes si la otra persona te escucha por compromiso o porque de verdad le interesa, así que la mayoría del tiempo hablábamos de mí, porque ella hacia muchas preguntas y de las pequeñas anécdotas que iban sucediéndose en el hotel. Tras un mes de charlas, solo pude tener claro que Adela nació en 1942 en Fuensanta de Martos, en la sierra sur de Jaén, a 36 km de la capital y salió de su casa con 10 años, en el año 52, dios mío, cómo pasa el tiempo, para ir a servir a Barcelona.  Por eso la playa le daba morriña, porque durante su infancia, porque por mucho que llevara una casa para delante, 10 años son 10 años, no pudo ir nunca a la playa, que le quedaba justo delante de la casa donde trabajaba, ya que su señora así lo consideró oportuno. Una vez hizo el intento y el señor de la casa le dio tal paliza cuando finalmente le tuvo que confesar su plan para esa tarde, que era solo una niña, una niña que no había visto más que olivos, que se le quitaron las ganas de si quiera pensar en agua salada. Más de 7 años viviendo frente al mar y sin poder pisarlo, cuantas noches he llorado yo.  
En su casa no había dinero ni para pan,  así que como muchas otras muchachas de su edad, tuvo que hacer lo propio y salir a trabajar para ayudar a la familia. Nunca se había casado, no por no poder, sino porque no me ha dado la gana y aprendió a leer con 16 años. Eso era casi todo lo que sabía de Adela. Eso era todo lo que sabía hasta que un día, Adela se enfrentó con la gobernanta. No sé por qué ni como fue, lo único que recuerdo es ver a Adela decirle cuatro cosas bien dichas a la gobernanta, que no sabía ni donde tenía la nariz, y que se creía con el derecho de explotarnos  y humillarnos por su cara bonita. La gobernanta era una chica joven, de unos 35 años, que no se había hecho la cama en la vida y que jamás estaba en su puesto cuando se la necesitaba. Aquel día había saltado la alarma de incendios y la gobernanta estaba departiendo amigablemente con los de animación, tomándose un coctel en la piscina, tranquilamente, cosa que se repetía más de lo recomendable. Por su culpa, el protocolo de incendios no se pudo llevar a cabo y aunque todo fue un error, la cosa podría haber terminado en masacre ya que, en caso de incendio, las camareras de piso, éramos las encargadas de desalojar las plantas baja, primera y segunda, pero como la gobernanta no había pasado por lencería en todo el día, ni había abierto los offices ni nos había dejado las llaves maestras…no pudimos hacer nada. En fin, que cuando supimos que el incendio no era tal, gracias a dios y a la virgencita de la Capilla, la susodicha gobernanta tuvo el valor de decir, delante de todo el personal, que estaba muy decepcionada con nosotras porque éramos las únicas que no habíamos llevado a cabo correctamente el protocolo de actuación. 
  Yo, como siempre, estaba al lado de Adela, y la empecé a ver secándose las manos en su delantal y después frotándose las palmas en él de una manera un tanto obsesiva. Seguí mi mirada sobre sus brazos y noté como encogía los hombros poco a poco, a la par que iba escondiendo la cabeza entre ellos. Su cara se puso roja, con una mueca de dolor y enfado que no había visto en mi vida. De repente, y delante de más de 150 personas, la voz de Adela sonó como un trueno. Nadie sabía al principio qué cara poner cuando Adela se dirigió por primera vez a la gobernanta, señorita Ruiperez, hay que tener valor, ¿decepcionada con nosotras? Que nosotras nos partimos la cara por usted cada día, tapándola de sus meteduras de patas, que no sabe usted ni encender la plancha hombre, pero desde luego que si tuvimos claro el aplauso final que todos, al menos todas las del departamento de pisos, las olvidadas, las que tienen que soportar las cargas de trabajo más duras de todos los colectivos que hay en la hostelería, señorita Ruiperez, le dedicamos a Adela.  Adela puso voz a más del  30 % de la plantilla del hotel, porque ya estábamos cansadas, cansadas de ser consideradas las últimas monas, cansadas de ser las únicas del hotel con horario de entrada, pero no de salida, las que tienen que aguantar los malos modales de clientes ricachones que se creen poderosos porque van a un hotel de 5 estrellas y luego se hartan de comer bocadillos, que he visto yo pocas bolas de papel de plata por las habitaciones. Porque señorita Ruiperez, ya lo sabemos todos, vino usted al hotel de la mano de su padre, muy amiguito del gerente, gerente que no iba perdido y que esperaba recibir mucho apoyo y comprensión de esta señorita  y saltándose a la torera el convenio, claro, que cobra lo que le da la gana, y es la que menos hace. En su discurso, que soltó sin titubear, mirándonos bien a los ojos a todas, incluso al gerente y a la señorita Ruiperez, Adela habló de explotación, del derecho a huelga, de la lucha obrera, de discriminación, de patronato responsable, del sindicato de las camareras de piso, de dignidad, de protección legal, de orgullo, que a muchas de las presentes les da vergüenza reconocer que trabajan quitando mierda y sin nosotras este hotel se va a pique. El discurso fue apoteósico y cuando terminó, simplemente se sacudió el uniforme, volvió a su sitio y metió las manitas en el bolsillo del delantal.  La cara de la Ruiperez era para haberla grabado. Y el gerente…al gerente se le vio el plumero rápido y no tuvo más remedio que disculparse ante nosotras y bajarle los humos a la señorita Ruiperez. Adela era una pieza intocable, me había dado cuenta, porque el gerente no hizo otra cosa que darle la razón, hombre, si es que no hay derecho, señor Gago, no hay derecho, pero no lo entendí del todo hasta aquella noche en que me contó, con todo lujo de detalles, quién era ella. 
Resulta que aquella mujer menuda, fue una de las primeras empleadas de hogar en salir a la calle en los años 80 a reivindicar sus derechos como trabajadora aunque en aquella época, todavía siendo esclavas de señoritos y tontainas, todo estaba aún por hacer. Resulta que Adela había participado en las primeras Comisiones Obreras juveniles, se marchó a Francia durante tres años donde se hizo militante del PC y cuando volvió, se matriculó en derecho, especializándose en derecho laboral y siguió trabajando como empleada de hogar, ya sin ser interna, que una necesita su espacio y su independencia, lo que le permitió trabajar, bueno, hacer voluntariado, porque de dinero nada, en un bufete de abogados dando asesoramiento a los pobres obreros explotados de la época. Adela era una caja de sorpresas y yo la estaba descubriendo en aquel instante. Aquella mujer incansable había sido una de las pioneras en la lucha sindical de las empleadas de hogar en su época como Secretaria de la Mujer en CC.OO; luchó para que las chicas de servir que llegaban, como ella misma, a las capitales desde sus pueblecitos, consiguieran unos derechos mínimos en su trabajo, un trabajo que no se valoraba nada, que era el patito feo, que creaba complejos entre las mujeres que se dedicaban a ello. Ay…de repente sentí que estaba delante de una mujer diferente, que posiblemente la había infravalorado, que yo también había sido una condescendiente, en menor medida pero lo había sido, sintiéndome un poco superior con mi licenciatura y mi máster y mis idiomas…y en el fondo no era más que una niña tonta, que si Adela, que sí, que no he sido justa, que tampoco sabía hacer bien las camas, que me había entrampado hasta las cejas y que no había encontrado otro trabajo más que de camarera de pisos, a pesar de toda mi preparación y que no había tenido más remedio que cogerlo, aunque a mis amigos, claro, nunca se lo había dicho, si, que yo también me avergoncé en su momento.  Aquella noche aprendí la lección más grande de mi vida y nunca olvidaré como Adela me abrazó, como a una niña pequeña, que no pasa nada mujer, que tú no eres una niña mala, que es normal, que estás aguantando mucha presión en este trabajo, que ya verás como en seguida está aquí septiembre y vuelves a tu casa, con ese bronceado tan bonito y ese tipín que se te está quedando.
Pasó el verano, nos despedimos, te echaré de menos mucho, escríbeme por favor, y ven a verme cuando quieras. Seguimos llamándonos durante unos años, incluso fui a visitarla varias veces a su casa de Fuensanta de Martos en los meses de invierno, diciembre y enero, que es cuando puedo disfrutar yo de mi pueblo, que la vida de temporera te divide el corazón y tengo medio en la isla y medio aquí. Su casa era, entre otras cosas, un pequeño museo de sus años de militancia. Fotos con distintos dirigentes del partido colgaban de las paredes junto con recortes de periódico que daban fe de los avances en la lucha. La bandera Republicana te daba la bienvenida nada más entrar al salón, sobre la chimenea, para que no pase frío, que ya bastante pasaron en la sierra. Además, que ya no hay que esconderse de nada, ya no. Adela olía a melancolía. Cuando iba a visitarla, la noche nos cogía desprevenidas sentadas en la lumbre, ella hablando y yo escuchando que ya hay cosas que no se cuentan en los libros y no se pueden olvidar, mi niña, no se pueden olvidar, que fuimos muchas las que pusimos el puño en alto por no estampárselo en la cara a alguno. Nunca disfruté tanto de la conversación de una persona como lo hice con ella. 
 Ayer recibí la noticia de su muerte. Me llamó el gerente, el señor Gago, con el corazón compungido. No sabía que conservaba mi teléfono después de tanto tiempo. Adela murió en la isla, el último día del verano, en la playa, en Cala Turqueta, cosa extraña… porque ella no era de playa, que cuando quiera agua salada, me trago las lágrimas, cierro los ojos…y listo, niña.